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Se rumoreaba el inicio de otra guerra mundial y llegó el coronavirus

Un peruano, confinado en Madrid, cuenta de cómo se está defendiendo del mal.

Fue algo piña como se dice en Perú, haber llegado a Madrid y comenzar la cuarentena, paralizando mi documentación, mi trabajo recientemente conseguido, la mudanza y ocasionándome gastos más elevados que un simple “extra”.

Cuántos inmigrantes han quedado en esta condición, esos individuos que están al margen de los más de 6 millones de habitantes de la capital española. Cuántos de ellos ya habrán enfermado y cuántos, por su lenguaje o por ignorancia del sistema, aún no entienden a dónde acudir.

Las cifras oficiales nos muestran a más de 22 mil muertos en el país, superando así a China, epicentro inicial, que ya desciende desde su pico más extremo en el diagrama mortal. En cuanto a los números por día, España ondea un vaivén de records y bajadas, siendo la más penosa el 2 de abril con un total de 950 muertos.

Desde que pisé suelo madrileño el 25 de febrero, el rumor del coronavirus se había vuelto palabra altisonante.

Había estado viviendo en Italia, exactamente en Milán, en el barrio de San Siro. Al contabilizar su cuarto caso de contagio, la Comune di Milano decidió cerrar los hospitales donde estos se encontraban. El rumor de que el contagiado número cero estaba en plena libertad, mantenía en estado de alerta a mis familiares, casi todos ocupados en el sector salud, y a mí, un principiante de migrante.

Antes de salir de Perú, en fines del año pasado, se rumoreaba el inicio de otra guerra mundial. Los titulares lo narran: Irán vuelve a producir uranio y rompe los tratados nucleares, “El segundo ataque a petroleros en un mes en el Golfo Pérsico enciende la alarma de un conflicto militar”, “EE.UU. culpa a Irán de estar detrás de los ataques a buques petroleros”, “Irán derriba un dron de EE.UU. y Trump habla de ‘un gran error’ en medio de las crecientes tensiones entre ambos países”, “Un ataque con drones a las instalaciones de Arabia Saudí reduce su producción a la mitad”, “Un estadounidense murió en un ataque a una base militar en Irak”.

Ya que Corea del Norte había firmado un tratado de paz y desnuclearización el 2018, tenía que llevar otro país la posta, una que ya la había dejado otro mucho tiempo atrás y otro mucho tiempo atrás.

Se podía ser indiferente a esa clase de noticias porque la tercera guerra se viene anunciando desde el término de la segunda. La tensión crecía en el 2020, pero lo que nadie esperaba era ver a todos los países en cuarentena, a causa del descontrol de un virus.

Quizá previniendo una autodestrucción.

En esta modernidad nuclearizada y separada en bandos geopolíticos el hashtag WWIII (Tercera Guerra Mundial) se convertía en tendencia internacional. La comprensión por parte de Gran Bretaña y Alemania para con EEUU por “la reacción a una serie de provocaciones militares” se contradecía con los espaldarazos de Rusia y China a Irán que lanzaban mensajes de paz, especialmente sobre la conflictiva zona del Medio Oriente.

Ahora, ¿esas palabras se las habrá llevado el viento? ¿La tensión habrá desaparecido, o al menos, mermado luego del coronavirus?

En un plano más individual y terrenal se han visto una serie de cosas, desde las más egoístas hasta las más nobles. En mi primer viaje a Europa, buscando una nueva vida, el golpe de este virus se ha ido agrandando antes mis ojos paulatinamente.

Los restaurantes chinos en Milán sintieron el principio de esta crisis, tan populares y sin clientes, por el estigma, por el racismo y por sus productos importados desde el país donde se inició todo esto.

En la clausura de un evento sobre el papel de la mujer en la cultura de Milán, sirvieron comida china, ni idea de los nombres de esos platos, quizá muchos de los asistentes ignoraban lo mismo que yo, pero nadie podía pasar por alto el contexto. ¿Lo habrán hecho a propósito para saber si dentro de este ambiente habría estigmatización?

Mi profesor de italiano preguntó una vez a la clase qué plato pedir si iba a un restaurante peruano, los cuatro compatriotas, dimos varios nombres que iban a su libreta, hasta que se detuvo en uno, el arroz chaufa. Al explicarle que se prepara con un producto chino, la salsa de soja, amagó borrarlo de su lista con media sonrisa en la cara, obviando el chiste.

En medio de esa cotidianidad, en San Siro y en cualquier otro barrio que iba, veía a personas notoriamente provenientes de China con tapabocas y guantes, mucho antes que los nativos occidentales y de las regulaciones preventivas obligatorias.

En esos días viví un poco de Calcio, primero con el Atalanta – Valencia, que se jugó en el estadio San Siro a unas cuadras de mi casa. El partido fue clave para la propagación del virus. Alrededor de 40 mil hinchas se dieron cita para presenciar el histórico 4 a 1. Yo estuve ahí, codeándome con ellos, que llegaban desde Bérgamo en el metro. Días después, a ese partido se le tildó de “acelerador” por Walter Ricciardi, representante italiano de la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero fue Fabiano di Marco, jefe de Neumología del hospital de Bérgamo, el que puso un término más acorde a la ficción que nunca pensábamos ver real: “bomba biológica”.

Luego de tres semanas se jugaría la vuelta a puertas cerradas.

A los días fui a ver a un sobrino en un torneo de menores, la familia completa alentaba en las tribunas, casi todo el público ahí éramos latinos y los menores, la descendencia italiana. El partido terminaría con pelea de los padres, en español perfecto, y con el deseo de cobrarse revancha. Sin saber que en menos de un mes dejarían de ver y de vivir más Calcio.

Mis escenas en los últimos días en Italia las recuerdo como esos inicios típicos de una película postapocalíptica donde, en medio de una carretera con mis tíos se conversaba de estos casos. De sus rumores, de los posibles síntomas y de lo que ocurrirá más adelante. De fondo, el locutor de la radio, con esa voz por defecto vintage de La guerra de los mundos. La oscuridad de la atmósfera penetraba en nuestro subconsciente y descifrábamos que se venía algo.

Un día antes de partir, un noticiero de la RAI daba información especial sobre el coronavirus. La introducción a esa sección tenía un collage de situaciones recientes: supermercados sin abasto, las calles desiertas, militares con armas en mano en frente de hospitales y una música que se puede juzgar como espeluznante. Mi tío formuló una pregunta que todos en casa estábamos pensando: “¿Metralletas para vencer al virus?”

Mi salida era desde el aeropuerto de Bérgamo. La casa del Atalanta era la ciudad con más infectados de todo Europa en la última semana de febrero. El bus desde Milán atravesó esos paisajes abiertos de la carretera, que ahora tenían un tinte de incertidumbre y desolación. Los datos en mi destino, Madrid, mostraban ya 100 casos.

Las semanas fueron pasando y los infectados aumentando. Cuando comentaba que llegaba de Italia a mis convivientes del hostal donde me hospedo, tomaban cierta precaución, más llevada hacia la broma, a la cual también me prestaba. Cuidao’. Ojo con eso. Ve más pa’lla. Curiosamente había una compatriota que también había llegado de Milán, una psicóloga que me acomodaba la mente en esos momentos en que las emociones te traicionan. Pudo nunca irse, porque la cuarentena sería una realidad, primero Italia la decretó, luego el coronavirus ya era oficialmente una pandemia anunciada por la OMS y antes de que España anuncie el confinamiento, mi psicóloga de sesiones gratis partió.

A puertas del encierro era usual ver gente tosiendo o estornudando, en el metro, en las aceras, en las iglesias, incluso en el mismo hostal donde vivo.

Un tiempo se me complicó, tuve estornudos y un ligero malestar. Fui al servicio sanitario y me recomendaron no salir, que tome unas pastillas para la congestión y que si tenía fiebre que llame a un número para que me realizaran el test del Covid 19. Por suerte mi complicación no pasó de 37.4 grados. Sin embargo, me ha quedado la incógnita si es que habré tenido el coronavirus y si es que mi sistema inmunológico lo ha neutralizado.

En los días posteriores, aún sin cuarentena, otros compañeros del hostal cayeron con los mismos síntomas. Así que las bromas cayeron con ellos. Nos repartimos medicamentos, limones, naranjas, recomendaciones y advertencias en general.

Estos días fueron en pleno cambio de estación donde, me explicaba la doctora que me atendió: hay demasiado polen en el ambiente. Así que la alergia colaboraba al miedo contextual.

La cuarentena nos pescó a los hospedados con mascarillas y guantes y tomando agua con limón un domingo tranquilo en la quincena de marzo.

Fue el último día en que respiré hondamente en medio de un parque inmenso, relajado, sabiendo sin saber lo que se venía.

Ya se cumplió el primer mes de la cuarentena y hace unos días decretaron 15 más. He tenido que ver qué fecha estamos y su relación con el confinamiento porque ya perdimos la orientación del calendario. La rutina, si podemos llamarlo así, nos despierta a cualquier hora y solo nos movemos cuando se nos acaban los insumos. A veces como civilizados y otras veces como hienas carroñando lo que queda en los stands los fines de semana.

Afuera es todo un tema para resaltar. Algunas veces aparecen colas en los supermercados y en las tiendas de frutas, especialmente los lunes y los sábados, ya que los domingos la mayoría no abren. Lo bueno es siempre ver el respeto a la distancia.

Sin embargo, la cantidad de gente sigue siendo un problema, lo único distinto son las pistas vacías. Alguna vez pasan los buses públicos y en algunos lugares hay un puñado de taxis.

Lo más difícil de encontrar son los agentes de transacción de dinero. RIA y Western Union, que son los más usados, han mermado sus servicios por que los locutorios asociados a ellos han cerrado. Para encontrar un Western Union tuve que llamar a la central de Madrid sin resultado. Llamé entonces a una oficina de un país aleatorio y tras varios anexos, me contactaron con una oficinista bilingüe de Bélgica, me dio el dato de uno abierto en Sol, el centro de la capital, a 45 minutos en Metro desde mi hostal, según Google Maps.

Ciertamente estoy viviendo en un espacio con gente de toda Latinoamérica, en una ciudad donde se paga más de 400 euros por habitación, yo pago 300, oferta solo por cuarentena, y donde la comida en general es barata dependiendo de lo que quieras comer, unos 8 euros a la semana en promedio si no eres un sibarita.

Desde que se inició la cuarentena ninguno de los hospedados hemos escuchado algún tosido de nuevo, pero sí estornudos, seguimos bromeando con eso porque no nos queda nada más que hacer, sabemos que estamos en peligro desde un comienzo si es que caemos en pánico y en desalientos, que es lo que les digo a mis familiares, no caer en miedos. Vamos a estar bien y esta parálisis terminará muy pronto. Les parafraseo “siempre que llovió, paró”.

Aun así, nunca se puede dejar de pensar, con estos reclamos de la prensa española al gobierno por no dar información precisa, en que la incertidumbre nos está costando una paciencia sobrehumana: nuestra más preciada arma para esta moderna supervivencia.

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