Hoy, 3 de febrero, la Iglesia católica honra en su santoral a San Blas, un obispo y mártir, cuya vida y legado han dejado una huella significativa en la historia del cristianismo. Junto a él, también se celebran las festividades de otros santos como San Óscar, San Celerino y Santa Wereburga, entre otros.
San Blas fue un médico y obispo de Sebaste, en la antigua Armenia, hoy parte de Turquía. Vivió durante el siglo IV, una época marcada por intensas persecuciones contra los cristianos bajo el imperio de Licinio. Su valentía ante la adversidad le llevó a ser martirizado, particularmente debido a su fe inquebrantable. La tradición indica que San Blas poseía un don especial para curar enfermedades, especialmente aquellas relacionadas con la garganta, lo que le ha conferido el título de protector de esta parte del cuerpo. Se dice que, en una ocasión, salvó a un niño que se había atragantado con una espina de pescado, lo que ha contribuido a su veneración como el santo de la garganta.
Su significado ha perdurado a lo largo de los siglos, evidenciado por tradiciones como la de bendecir rosquillas en su honor, celebraciones que se llevan a cabo en distintas regiones el día de su festividad. Estas rosquillas son consumidas por los fieles como un acto de devoción y agradecimiento por las gracias recibidas a través de la intercesión de San Blas.
En el día de hoy, también recordamos a San Óscar o Ansgario, quien fue un importante misionero del siglo IX. Nacido en Francia, se trasladó a Hamburgo y posteriormente a Brema en el actual Alemania, donde desempeñó un papel fundamental en la evangelización de Escandinavia. Nombrado por el Papa Gregorio IV como legado para las tierras del norte de Europa, San Óscar logró establecer comunidades cristianas en Dinamarca y Suecia, llevando el mensaje del Evangelio a muchas personas. Su fallecimiento ocurrió en 865 y es recordado por su incansable labor y dedicación a la propagación de la fe cristiana bajo circunstancias difíciles.
- Santos Simeón y Ana de Jerusalén
- San Celerino de Cartago
- San Leonio de Poitiers
- Santos Teridio y Remedio de Gap
- San Lupicino
- San Adelino de Celle
- Santa Wereburga
- Santa Berlinda de Brabante
- Beato Helinando de Froidemont
- Beato Juan Nelson
- Santa María de San Ignacio (Claudina) Thévenet
- Beata María Ana Rivier
- Beata María Elena Stollenwek
¿Qué es el santoral?
El santoral católico es un compendio de los nombres de los santos y beatos reconocidos por la Iglesia, organizados y clasificados en un calendario. El Martirologio Romano es el texto base que incluye cerca de 7,000 nombres, proporcionando a los fieles un marco para la conmemoración de estos santos a lo largo del año litúrgico. Este documento no solo enumera a los santos, sino que también narra sus vidas y las características que los hicieron dignos de veneración.
¿Por qué se celebra el día del santo?
La celebración de cada santo en su respectivo día tiene un carácter de memoria y veneración. Es una oportunidad para reflexionar sobre sus vidas, sus virtudes y el impacto que tuvieron en la comunidad cristiana y la sociedad. Esta tradición busca inspirar a los creyentes a seguir el ejemplo de esos hombres y mujeres, quienes a menudo enfrentaron adversidades por su fe y testimonio. Además, es una ocasión para que los fieles pidan la intercesión de los santos en sus vidas diarias.
¿Cómo se convierte alguien en santo?
El proceso de canonización es un camino riguroso y sistemático que sigue la Iglesia católica para reconocer a una persona como santo. Este proceso implica varias etapas: la primera es la declaración de "siervo de Dios", seguida de una investigación exhaustiva sobre su vida y virtudes. Posteriormente, se debe confirmar al menos un milagro atribuido a su intercesión. Una vez que se cumplen estos requisitos, el Papa puede canonizar oficialmente a la persona, permitiendo que los fieles la veneren en el culto público. Este proceso refleja no solo la devoción popular hacia la persona, sino también el reconocimiento formal de su santidad por parte de la Iglesia.








