El cine suele apartar la mirada cuando el deseo envejece. Maspalomas, dirigida por Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi, hace exactamente lo contrario: se queda mirando. No para provocar ni para moralizar, sino para mostrar una realidad concreta y reconocible que rara vez ocupa el centro del encuadre. La película se presenta en el Festival DIAM de Toulouse, en Francia, certamen de cine queer que se celebra del 30 de enero al 8 de febrero.
La acción se sitúa en Maspalomas, lejos del imaginario turístico. El lugar funciona como un ecosistema del deseo: zonas de ligue, hoteles, bares, cuerpos que se observan, se evalúan y se descartan. En ese contexto aparece Vicente, un hombre maduro que viaja solo y que intenta encontrar sexo, afecto o simplemente contacto humano en un entorno donde la edad marca una frontera silenciosa pero implacable.

La película no construye un relato de redención ni de caída. Acompaña. La cámara se mantiene cerca del protagonista y registra encuentros, silencios, expectativas y rechazos sin subrayados. Como explica Goenaga, “es un viaje emocional que no se apoya en un momento concreto, sino en la acumulación; al final algo se remueve”.
Maspalomas habla de sexo, pero sobre todo habla de poder: de quién puede desear y ser deseado, de quién queda fuera del mercado, de cómo el dinero y la juventud reorganizan las relaciones. Esa dimensión política atraviesa toda la película. “Todo es político, o casi todo”, señala Arregi, “y aquí se habla de una problemática bastante desconocida para la mayoría de la sociedad”.

El recorrido internacional del film confirma que esta mirada conecta con públicos diversos. Francia ha sido un territorio especialmente receptivo al cine de Goenaga y Arregi, responsables también de Loreak, La trinchera infinita o Marco. “El público francés tiene ganas de ver historias que no sean solo francesas”, apunta Arregi, destacando además el interés que generan los coloquios tras las proyecciones.
En el Festival DIAM, Maspalomas encuentra un contexto idóneo: no solo como cine queer, sino como cine que incomoda porque observa con atención aquello que suele permanecer fuera de campo. Vicente no pide compasión ni comprensión. Solo existir. Y eso, en el cine, sigue siendo un gesto profundamente político.










