Este artículo es de hace 3 años

Cuando el regalo pierde su esencia

En Navidad, como diría Gabriel García Márquez y otros "ya nadie se acuerda de Dios".
Angelli Gomez

Recordar cómo llegó a mí mi primer regalo es una misión imposible, incluso para mis padres. Pero, el que más recuerdo, me acompañó hasta cuando yo tendría seis años. Fue el mejor regalo de todos: mi Po.

Hace 20 años, en canal 9, se transmitía el baile, los cuentos y las travesuras de cuatro muñecos de diferentes colores: Tinky Winky, Dipsy, Laa-Laa y Po. Este último era la más pequeña de los Teletubbies. Su color rojo, su antena con forma de círculo o, tal vez, su scooter, fue lo que más me impactó en mi infancia.

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Fui una de millones en obtener un peluche de Los Teletubbies. No recuerdo el día o el momento, pero sí cuando lo tenía en mis manos. Mis padres y yo la llamábamos Po. Yo jugaba con ella, comía con ella, paseaba con ella y la bañaba. Era mi fiel acompañante. Mis padres se cansaban de llevarla a todos lados porque si no yo lloraba, tenía solo tres o cuatro años. Desde los siete, la olvidé.

Las nuevas tendencias de juguetes me alejaron de ella. Años después, la encontré en una bolsa, carcomida por los ratones, y luego pasó a la basura. A pocos días de cumplir mis 15, la quise devuelta a mi lado. El motivo: entregar un peluche a una niña, en mi ceremonia de 15 años, como símbolo de abandonar mi niñez y dar paso a la adolescencia. Fueron cinco horas de búsqueda con mi padre en el Centro de Lima, no la encontré, los tiempos cambiaron y los gustos de niños y niñas, también.  

En un regalo encuentras un sinfín de emociones. Si te gusta, estas feliz. Si no te gusta, triste y si es repetida, reniegas. Y así, cuando vas abriendo la envoltura, aparte de encontrar el regalo, nace una sensación extraña dentro de ti. No sabes si agradecer o no, no sabes cómo lo usarás o dónde, incluso si te puede servir. No siempre un regalo es lo que en verdad deseas, pero para mí, bueno o malo es un acompañante.

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Entre las opciones de regalos, tenemos peluches, juguetes, ropa, joyería, accesorios, libros, vales y hasta dinero. Cualquiera de estos está contigo. Te pueden acompañar en la billetera, en tu dormitorio, en el closet y demás. El tiempo varía con el gusto de cada persona y, sobre todo, con la duración del obsequio. Puede ser fugaz, pero en ese pequeño instante el regalo está a tu alcance, para rechazarlo, botarlo o disfrutarlo.

En estos tiempos navideños, los típicos personajes para entregarte un regalo son los Reyes Magos, Papa Noel o el amigo secreto. Son ellos quienes, se supone, deben conocer tus verdaderos deseos. Pero en pleno siglo 21, los deseos pasan a un segundo plano para dar paso al costo del regalo. Existe, también, el regalo por obligación. Solo por cumplir haces un pequeño esfuerzo por comprar, pagar y envolver.

En Navidad, como diría Gabriel García Márquez y otros “ya nadie se acuerda de Dios”. Esta festividad, con el paso de los años, perdió su esencia, al igual que el concepto de un regalo. Ya no se entrega como muestra de afecto o de consideración, sino por compromiso con la fecha.

El regalo es el más esperado los niños y el último comprado por los padres. A pocos días de la noche buena, los centros comerciales y el Centro de Lima están repletos de gente, quienes buscan regalos a último momento y en pandemia, no será una excepción.

Esta Navidad continuará siendo la fecha más consumista, como los años anteriores. Pero, el regalo que ahora muchos esperan, no será material. Desean tener en casa a su familiar sano, visitar a la familia, a los abuelos. Desean también despedirse bien de un ser querido o encontrar un momento de paz, para recordarlo, y aunque suene difícil, aprender a decir en la media noche del 24 de diciembre ¡Feliz Navidad!

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