Leoncio Bueno Barrantes, una de las voces más singulares de la poesía social peruana, falleció este viernes 31 de julio a los 106 años. Su muerte fue confirmada por sus familiares. Con él desaparece uno de los últimos representantes de una generación que hizo de la literatura un instrumento de denuncia social y de la experiencia obrera una materia poética.
Poeta obrero
Nacido en 1920 en la hacienda La Constancia, en Chocope (La Libertad), Bueno creció en un entorno donde el trabajo agrícola convivía con la música y la tradición oral. Su padre era cortador de caña, guitarrista y domador de caballos; su abuela improvisaba versos y su abuelo respondía con coplas. Esa herencia popular, recordaría décadas después, fue decisiva para despertar su sensibilidad literaria.
Su propia historia comenzó con una curiosa paradoja. En enero de 2020, cuando Paco Moreno lo entrevistó para “La voz cantante”, un bloque de entrevistas de EL PERFIL (antes Perfil), con motivo de su centenario, Bueno recordó que siempre sostuvo haber nacido el 2 de enero de 1920, aunque durante años su documento de identidad consignó otra fecha porque su padre no pudo inscribirlo a tiempo tras ausentarse de la hacienda para resolver asuntos familiares. Aquella anécdota terminó convirtiéndose en parte de su biografía pública.
A los 19 años llegó a Lima. Trabajó como obrero textil, constructor, mecánico, periodista y dirigente sindical. Nunca abandonó esos oficios ni renegó de ellos. Por el contrario, los convirtió en el centro de una obra que habló de los trabajadores, los migrantes, la desigualdad y las luchas sociales desde la experiencia directa y no desde la contemplación.
Su trayectoria política fue tan intensa como su vida literaria. En su juventud se acercó primero al anarcosindicalismo y luego al aprismo, cautivado por los discursos de Víctor Raúl Haya de la Torre. Más tarde militó en el Partido Comunista y finalmente en el trotskismo, convencido de que la búsqueda de una sociedad más justa exigía mantener una actitud crítica incluso frente a las organizaciones de izquierda. Ese recorrido ideológico terminó reflejándose en una poesía inseparable de su compromiso político.
Poesía y lucha
Lejos de los reconocimientos oficiales, Bueno siempre defendió una idea de país fundada en la igualdad. Soñaba con una sociedad sin racismo ni caudillismos, donde la educación y la salud estuvieran garantizadas para todos y donde hombres y mujeres vivieran en libertad. Sabía que ese horizonte parecía lejano, pero insistía en que la esperanza era irrenunciable. “La poesía”, dijo en EL PERFIL, permite encontrar “posibilidades de un momento feliz”, incluso en medio de un mundo marcado por la corrupción y la injusticia.

La Casa de la Literatura Peruana reconoció esa trayectoria en 2016 al destacar “la calidad de su obra literaria, cuya poesía constituye una de las voces más singulares y comprometidas de la literatura peruana”. El homenaje sintetizaba una vida en la que el trabajo manual, la militancia y la creación literaria caminaron siempre de la mano. Una década después, en junio de 2026, recibió la Orden de los Grandes Maestros de la Cultura Peruana, uno de los mayores reconocimientos otorgados por el Estado a figuras de la cultura nacional.
Pese a esos homenajes, conservó hasta el final una humildad poco frecuente. Al final de aquella entrevista en “La voz cantante”, Paco Moreno le pidió definirse en pocas palabras. Fiel a su carácter, el poeta obrero evitó cualquier solemnidad. “Si alguien cree que soy poeta, muchas gracias”, respondió entre risas.
Leoncio Bueno será velado este sábado 1 de agosto, de 10:00 a. m. a 7:00 p. m., en la Sala Nazca del Ministerio de Cultura, en San Borja. Su partida deja una obra que hizo de la poesía una forma de memoria y resistencia, escrita desde la vida de quienes rara vez ocupan el centro de la literatura.










