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El Cantante de los Cantantes

Lavoe en el corazón

El tiempo pasa a favor del “Cantante de los Cantantes”. Héctor Lavoe se ha convertido en un ícono de la música popular latinoamericana.

Abatido por una extraña enfermedad, el 29 de junio de 1993, murió Héctor Lavoe, uno de los clásicos de la música popular latinoamericana. Desde entonces el tiempo, que siempre entierra en el olvido a los que se van, juega a su favor. El Perú siente un cariño especial por este salsero como por sus hijos más queridos de la música.

Hacia 1986, con su tristeza a cuestas y de madrugada, Héctor Lavoe llegó al Perú. Desafiando al frío, en mangas de camisa floreada, pantalón blanquísimo y oscuros anteojos inmensos vino a calentar las noches de agosto. Fueron seis sus presentaciones en el desaparecido “gran estelar de la Feria del Hogar”, y a las seis, “El Rey de la Puntualidad”, nunca llegó tarde sino, religiosamente, una hora antes. Así lo recordó Luis Delgado Aparicio (‘Saravá’), quien, además, tenía grabado en su memoria a Lavoe rezando antes de saltar al escenario, entonado con ron Bacardí.

Quien espera, desespera, mas la desesperación de su gente peruana se acabó aquel año y en invierno. Pero Lavoe ya no era el mismo. Había perdido la voz que brillaba al lado de la de Willie Colón, y en el escenario comprobó que como bailarín era “El Cantante de los Cantantes”. Sin embargo, el público peruano le mostró un cariño inmenso.

El canto fue lo suyo. Sonero de siempre, Héctor Lavoe fue un facundo enamorador con su voz; un intérprete sensacional. “El cantante”, escrita por Rubén Blades, por ejemplo, no es “El Cantante” sino la canta “El Cantante de los Cantantes”; ni “Juanito Alimaña”, de Tite Curet Alonso, será nunca el mismo Juanito, si la canta, por decir, Oscar de León. La voz de Lavoe hizo de las canciones himnos tropicales para la posteridad.

Hugo Ábele, quien arriesgó dinero para traerlo y quien le hizo conocer casi todos los barrios de Lima, cuenta que Lavoe tenía un buen sentido del humor, que parecía ironizar hasta de sus propias tragedias y que se quedaba pegado a la pantalla para reírse con “El Chavo del Ocho”. Una noche entre amigos, agrega Ábele, Héctor Lavoe, quien ya se había enamorado del peruanísimo pollo a la brasa, quería comprar la isla San Lorenzo para hacer su casa ahí y que decía: “El mar del Perú es más sabroso que el mar del Caribe”.

Fueron pocos los días que estuvo en el Perú y no hubo tiempo para la pedantería y la arrogancia que se le conocía. El Chico malo de la salsa aprovechó su tiempo para disfrutar del mar y sus sonidos, para hacerse devoto de San Martín de Porres, para deleitarse con mariscos y con más pescado que salsa, pues la salsa la disfrutaron los miles de fanáticos que llenaron sus conciertos. Todo un récord. Alegre, socarrón, fue en Lima, ciudad de la cual no quiso partir. Cuando estuvo por irse, con ojos de soledad y tristeza, Lavoe le confesó al padre de Hugo Ábele: “Lima es un rincón extraño entre espina envenenada, sueño u orgía”.

Héctor Lavoe vivió al lado de la muerte; y la muerte, que ya es trágica, fue más trágica con él, y siempre lo tuvo en jaque. En 1987, días después de que el fuego consumiera su casa, su suegra fue asesinada a puñaladas en Puerto Rico; y al poco tiempo de esto, su hijo, de 17 años, murió de un disparo que él mismo, por accidente, se propinó en el pecho. Se suman también a esta lista la muerte de su hermano Luis como consecuencia de una sobredosis de drogas en las calles de Nueva York; igualmente la muerte de su padre, pero, quizá, lo que le dejó una herida perenne fue el deceso de su madre cuando Héctor apenas tenía cuatro años.

Como destinado para la tragedia, Héctor Lavoe nació en Ponce (Puerto Rico) el 30 de septiembre de 1946. Luego, muy inquieto, a los 17 años, huyó a Nueva York con un par de maracas de cuero hechas a mano y con la ilusión de hacerse cantante y famoso. Imitando a los maestros aprendió el arte de la música. Daniel Santos, Ismael Rivera, Cheo Feliciano fueron sus paradigmas. Así su talento fue madurando y su improvisación empezó a cautivar al público que pronto se enamoró de su música.

Apoyado por Johnny Pacheco y junto a Willie Colón desde 1966 hasta 1973 (su mejor época) descubrió el éxito, alcanzó el prestigio y cantó para el futuro. La música de Héctor Lavoe saltó la barrera de lo que se llama salsa, pues los entendidos señalan que su música es una combinación de sonidos afrocubanos originales, con las puertorriqueñas: bomba, plena, risa, baquine y aguinaldos, también de bolero, cumbia, merengue y, cómo no, del jazz.

Con sus virtudes y defectos, sus luces y sombras, Lavoe se hizo querer y si no cantó hasta el final de la fiesta fue porque sus cuerdas vocales murieron antes que él. El 12 de septiembre de 1990, ya muy enfermo, se animó a cantar con “Las Estrellas Fania” en Nueva Jersey. No pudo llegar sin ayuda hasta la tarima y cuando intentó cantar “Mi gente” en vez de cautivar aplausos originó lágrimas no solo entre sus seguidores sino también entre sus mismos compañeros. Tenía la mitad del rostro paralizado y el pecho no le servía.

Tres años después, el 29 de junio, abatido por una extraña enfermedad, después de haber sobrevivido a las drogas y de una caída libre desde un noveno piso, Héctor Lavoe murió flaco, triste y abandonado en un hospital de Nueva York. Se apagaba así la voz que para Willie Colón, fue la combinación perfecta de los estilos de Carlos Gardel, Felipe Pirela y Cheo Feliciano.

La muerte, sin embargo, jamás le llegará. En su honor, en el Callao, sus fanáticos construyeron una inmortal efigie de bronce y la ubicaron en el Bulevar de la Salsa, en el barrio de Corongo. En este barrio también hay un mural con su rostro, bares, esquinas y equipos de fútbol que llevan su nombre y personas que aseguran que Héctor Lavoe vive en alguna esquina rumbera. Mas esto es una fe ciega de admiradores del máximo ídolo de la salsa que vence a la muerte como la luz a la noche.

Nadie sabe qué le faltó a Héctor Lavoe para ser feliz. Se conoce, sin embargo, que, a veces, triste y vacío, buscaba horas felices en los caminos de la vida. Huérfano de amor y amante de la esquina, solo encontró pedazos de felicidad. Fue un caminante por la vida que iba y venía, tratando de hallar lo que no encontraba: la felicidad completa. No obstante, era difícil verlo triste y deprimido. El salsero cubano Alfredo de la Fe, quien vivió seis meses con él en Cali (Colombia) lo recuerda como un hombre feliz entregado a la alegría que le daba su gente, para él, lo más grande de este mundo. Atormentado, sin embargo, Héctor Lavoe, ayudado por las drogas, siempre caminaba hacía un final nada alentador.

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