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martes, 17 de febrero de 2026
Jihan K.: “El cine me reconstruyó mientras yo intentaba reconstruir la historia de mi padre”

Jihan K.: “El cine me reconstruyó mientras yo intentaba reconstruir la historia de mi padre”

En la primera edición del Doha Film Festival, Jihan K. estrenó "My Father and Qaddafi", un documental íntimo sobre la desaparición de su padre, secuestrado en 1993 por el régimen de Gadafi.
Jihan K. en el DFF. Foto David Sánchez
Jihan K. en el DFF. Foto David Sánchez

Jihan K.: “El cine me reconstruyó mientras yo intentaba reconstruir la historia de mi padre”. Por David Sánchez.

En noviembre de 2025, durante la primera edición del Doha Film Festival (DFF), en Catar, la directora Jihan K. presentó My Father and Qaddafi, un documental que investiga la desaparición de su padre, el diplomático libio Mansur Rashid Kikhia, visto por última vez en El Cairo en 1993 tras oponerse pacíficamente al régimen de Muamar el Gadafi. El filme sigue también el recorrido vital de su madre, que dedicó casi dos décadas a buscar respuestas en medio de la impunidad regional. Pero la película, que mezcla investigación, memoria familiar y reflexión política, acabó transformando también a su autora. “Mientras rodaba, creía que yo estaba construyendo una película. Al final descubrí que la película también estaba construyéndome a mí”, afirma.

La cineasta recuerda que tomó la decisión de filmar sin saber con exactitud a dónde la llevaría el proyecto ni si encontraría certezas. “Desde el primer día me impuse terminarlo, incluso si el resultado me incomodaba”, dice. No buscaba cerrar heridas, sino comprometerse con un proceso creativo capaz de sostener un relato profundamente íntimo y doloroso. La desaparición de Kikhia continúa envuelta en sombras y sospechas, pero la directora asumió que quizá nunca obtendría una respuesta definitiva. “No esperaba curaciones milagrosas, pero sí quería ser honesta conmigo misma durante el camino.”

Jihan reconoce que la experiencia terminó generando una fuerza interior inesperada. Para ella, el rodaje se convirtió en una especie de viaje iniciático donde cada encuentro, cada archivo, cada conversación, funcionaba como una pequeña victoria personal. “Investigar a mi padre me hizo entenderlo más profundamente como ser humano”, explica. Más que certezas, halló un vínculo renovado con él, un puente construido a través del trabajo cinematográfico y de la confrontación con una historia familiar marcada por la violencia política.

El trauma, señala, deja una huella confusa que altera la percepción de la realidad. “Durante años tuve la sensación de que la vida ocurría detrás de un velo”, admite. Rodar no eliminó ese desajuste, pero sí le permitió observarlo. En la pantalla, la memoria se convierte en herramienta y refugio, y el documental funciona como una forma de ordenar lo que la historia oficial se empeñó en borrar.

Además de ser un retrato familiar, My Father and Qaddafi es también una reflexión sobre las dictaduras modernas y la manera en que sus tentáculos se extienden más allá de las fronteras. Kikhia fue secuestrado en Egipto, un recordatorio de que el poder de los regímenes autoritarios puede alcanzar a sus opositores incluso cuando se encuentran fuera del territorio nacional. Jihan lo expresa de manera elocuente: los sistemas represivos no necesitan que sus críticos estén dentro del país para silenciarlos. La persecución trasciende pasaportes y geografías, se desplaza allí donde convenga y se camufla entre alianzas regionales.

Cuando se le pregunta si existe una fórmula para enfrentar a los dictadores, la directora evita las respuestas fáciles. Cree que no hay estrategias universales ni recetas aplicables a todas las realidades, pero sí un principio común: la obstinación por mantener viva la esperanza. “La esperanza no se delega”, insiste. “Se alimenta a través del conocimiento y se transmite entre generaciones.” Para ella, la resistencia comienza en la esfera íntima, en la manera en que las familias educan para la dignidad y la empatía, antes de traducirse en posiciones políticas.

En otro momento de la conversación, va más allá y sugiere que para comprender a los líderes autoritarios basta con observar dinámicas más cercanas. Las familias, dice, ofrecen microescenarios donde se reproducen patrones de control, lealtades tóxicas o silencios cómplices. “Si queremos entender cómo surge un tirano, miremos primero nuestras propias estructuras afectivas”, sostiene. Esa mirada antropológica, más que moralista, propone una comprensión profunda de cómo se construye el poder y cómo se acepta.

Interrogada sobre si se reuniría con Gadafi en caso de que siguiera vivo, Jihan sorprende con su respuesta: sí, hablaría con él. Solo pondría una condición: la seguridad. No iría a exigir explicaciones inmediatas ni a repetir acusaciones conocidas, sino a intentar entender su historia personal. Le gustaría indagar en su infancia, en aquello que podría ayudar a descifrar al hombre detrás de la figura política. No se trataría de un gesto de reconciliación, sino de una búsqueda de contexto.

En cuanto al futuro de Libia, la directora evita la especulación. No se siente preparada para ofrecer diagnósticos cerrados sobre el presente ni el porvenir del país. Aspira a ver una Libia democrática y estable, pero admite que desconoce los mecanismos internos que la mantienen en tensión. En todo caso, considera legítimo que algunos libios expresen nostalgia por la estabilidad que vivieron bajo Gadafi, aunque ella no comparta esa visión. “Lo importante es escuchar para entender por qué existen esas percepciones”, reflexiona.

En el DFF, donde el filme tuvo su estreno regional, Jihan llegó como cineasta pero también como heredera de un relato trágico. El festival, organizado por el Doha Film Institute (DFI), fue uno de los primeros apoyos financieros que recibió el proyecto. Para ella, presentar allí la película funcionó como un cierre simbólico: regresar al lugar que creyó en su historia cuando aún era solo un boceto. “No lo doy por hecho. Que te apoyen no significa que vayas a entrar en el festival”, explica. Por eso, estar en esta primera edición tiene un significado especial.

My Father and Qaddafi es, en definitiva, un filme sobre la memoria, la ausencia y la fragilidad de la verdad en contextos de violencia política. Pero también es un retrato íntimo de una mujer que decidió enfrentarse al silencio y a la historia para reconstruir un vínculo familiar truncado por la represión. Su fuerza reside en el equilibrio entre lo personal y lo político, entre la búsqueda de respuestas y la aceptación de que quizás nunca aparecerán completas.

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Colaborador de EL PERFIL
Crítico de cine, especializado en cine latinoamericano. Es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) y de l'Académie des Lumières, de la prensa internacional en Francia.