Este artículo es de hace 4 años

Merecido homenaje al gran escritor Gregorio Martínez en la Feria del Libro de Ica

Este viernes, a las 5 de la tarde, hablarán sobre su obra Roland Forgues y Víctor Campos Ñique.
EL PERFIL
Por EL PERFIL

El gran escritor Gregorio Martínez nació en Coyungo, Nasca, el 12 de marzo de 1942 y falleció en Virginia el 7 de agosto de 2017 después de una vasta obra.

Sobre el trabajo de este gigante de las letras, este viernes, a partir de la 5 de la tarde, conversarán Roland Forgues y Víctor Campos Ñique en la Feria de Libro de Ica, de manera virtual. Click aquí.

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Gregorio Martínez ha escrito ficción, pero también periodismo. EL PERFIL ha encontrado esta joya que fue publicado en la página 19 de “La República” del sábado 31 de enero del 2004 y que es muestra de su prosa.

¿Derecha? Puro cuento

Por Gregorio Martínez 

Me causó estupor, y hasta podría decir estupro mental, el reclamo del ministro del interior Fernando Rospigliosi. “Soy de derecha y qué?”. Luego, el aludido, se echó más cobijas encima. “Yo apoyé a Vargas Llosa y no me vengan con cuentos”. Como si Vargas Llosa fuera piedra de toque. No la que se bota sino la que ansiaban los alquimistas que querían trocar chatarra en oro. 

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Para ser de derecha, señor ministro del interior, se debe tener un pensamiento y una trayectoria semejantes a lo que caracteriza a Hernando de Soto. O ser un empresario conservador con ambiciones políticas. Pero Fernando Rospigliosi no es ni lo uno ni lo otro. Si su nombre tiene cierto relieve es porque escribió y opinó en lo que fue la izquierda peruana. Si no, díganme, dónde puedo leer su ideario derechista. Entonces, Fernando Rospigliosi es solo un tránsfuga. 

Claro, un tránsfuga no tiene escrúpulos frente a la diferencia de pensamiento. Lo importante es la vitrina donde exhibirse. Por eso Fernando Rospigliosi se declara derechista por un lado y liberal por el otro. El ministro del interior cree, confundido por la paporreta del boliviano Evo Morales, que la derecha es neoliberal. La derecha, señor ministro, es cavernaria, racista, enemiga de la modernización y alentadora de limpieza étnica. 

Aun cuando el derechista sea de raíz indígena. Ahí está el caso de Francis Fukuyama que en Estados Unidos se opone a la diversidad cultural en las universidades. El monetarismo de Keynes o Friedman, la inserción en el mercado internacional, son corrientes económicas, no planteamientos de la derecha. Por otro lado, eso de neoliberal es monserga de idiotas. 

A Fernando Rospigliosi, el izquierdoso, recuerdo haberlo visto en el proyecto de esa prensa idealista que fue “Marka”. Raro, aunque estuve metido de cachos y de barbas en dicho quehacer, con Antonio Cisneros, Tito Hurtado, César Lévano, Ricardo Letts, Eduardo Ferrand y tantos otros, nunca crucé palabra con el actual ministro del interior. Debe ser porque se parapetó entre el grupito que se consideraba la crema chantilly y evitaba a la mayoría que éramos gente de pastel chimango. Quizás Fernando Rospigliosi admira a Diógenes, el Cínico, y quiere imitarlo. En tal caso también está confundido. Los cínicos de la antigua Grecia iban contra la corriente. Tanto que Diógenes vivía en una barrica, desnudo, y se la corría en público para desafiar la moral. Un ministro decente no hace eso. Cínico viene de cynos que significa perro. 

Eudocio Ravines, por ejemplo, fue una tránsfuga. De comisario de la tercera internacional comunista resultó de la noche a la mañana alabando a Estados Unidos. Sin embargo, mucho de lo que dijo en su libro novelado “La gran estafa” era verdad. Pero Ravines, por tránsfuga, ya no tenía crédito. 

Su revista “Vanguardia” y el programa equivalente en la televisión estaban financiados por la Fundación Fairfield, mampara de la CIA. Eso sí, Ravines la pagó caro. Fue despreciado como una alimaña repugnante. Incluso, Genaro Carnero Checa irrumpió en el programa televisado y le metió un quiñe. En cambio, Fernando Rospigliosi, quiere que aplaudan su osadía de tránsfuga. Bueno, sería excesivo compararlo con Ravines. Empinándose, apenas le llegaría a la cintura. En astucia, digo.

Prefiero quedarme con el recuerdo de Lucho Rospigliosi, el rey de la salsa, a quien entrevisté para “La República” en su restaurante del Callao. También con la memoria de don Pío Rospigliosi, mago de aldea, que se metía en las verijas víboras venenosas para que le hicieran caricias. Ellos no eran tránsfugas. Siempre asumieron lo suyo con plena convicción.

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