Un año más de Edgardo Rivera Martínez, autor de “País de Jauja”

Hoy se celebran 87 años del natalicio del escritor que plasmó en sus obras la convivencia armónica entre lo andino y lo occidental.

Edgardo Rivera Martínez nació un día como hoy en la primavera de 1933, en su querida Jauja, ciudad serrana de la que nunca se desligó y a la que dedicó gran parte de su obra literaria. En sus cuentos y novelas, Rivera Martínez escudriñó la identidad amalgamada de los peruanos y propuso el país soñado, en el que conviven armoniosamente lo andino y lo occidental.

Edgardo Rivera Martínez, jaujino, peruanísimo, fue un poeta, cuentista, novelista, doctor en Literatura y docente universitario. Un personaje egregio que dejó una huella imborrable en la tradición literaria peruana.

Su producción literaria fue mayormente cuentística. Su primer cuento: La cruz de piedra, fue publicado en la revista Xauxa del colegio donde cursó la secundaria. Y su cuento de mayor prestigio, ganador de la primera edición del Concurso del Cuento de las mil palabras de la revista Caretas fue Ángel de Ocongate (1982). Es este último cuento, junto a su novela País de Jauja (1993), las obras cumbre de su literatura.

País de Jauja

Su primera novela fue País de Jauja y le valió ser finalista del Concurso de Novela Rómulo Gallegos de 1993; además, fue considerada por la crítica, en una encuesta de la revista Debate en 1999, como la más importante de la década de los noventa. Esta novela faro, fue escrita en medio del conflicto armado interno (en el período de 1991 a 1993), y en ella, el autor se permite plantear esta narración bella, utópica, como respuesta a la coyuntura caótica, bélica que atravesaba el Perú.

País de Jauja está clasificada en el subgénero de novela de formación y cuenta la historia de Claudio Alaya y la de los inusuales personajes, casi helénicos, que viven en Jauja. Las andanzas de este muchacho de quince años ocurren durante las vacaciones en el transcurso de cuarto a quinto de media y parecen ser contadas con la nostalgia palpable de alguien que recuerda su edad de oro, su juventud, divino tesoro.

Es en esos meses, en los que Claudio aprende a fondo sobre la música clásica y los huaynos de su tierra, sintiendo que puede transcurrir armoniosamente, junto a su madre, de un mundo musical al otro; además, descubre su amor por la literatura y así decide su vocación; aprecia, y casi estudia como personajes literarios, a sus paisanos; conoce y afirma su identidad a través de los recuerdos de los mitos y leyendas que conocía desde pequeño; se enamora perdidamente de Leonor Uscovilca, quien se convierte en su musa; explora su sexualidad; y así, desarrolla diversos y complejos aspectos de su naturaleza que lo llevan a comprender su identidad. 

Y esto es una constante en su obra; se podría decir, incluso, que la cuestión “¿quién soy entonces?”, pregunta que el mismo Rivera se hizo en Ángel de Ocongate años atrás, es la que responde Claudio al final de sus vacaciones, con la consciencia de haber conocido lo que debía conocer, y amado lo que debía y a quien debía amar.

Edgardo Rivera Martínez, con País de Jauja, forma parte de esa tradición literaria de novelas de formación que tiene entre sus grandes exponentes a Martín Adán con La casa de cartón (1928), José María Arguedas con Los ríos profundos (1958), Julio Ramón Ribeyro con Crónica de San Gabriel (1960), Alfredo Bryce con Un mundo para Julius (1970), y  Laura Riesco con Ximena de dos caminos (1994); mas, la narración evocadora en segunda persona de la novela de Rivera tiene un aire singular.

El “tú”: la narración en segunda persona

En su ponencia llamada “Las fisuras de la utopía: veinte años de ‘País de Jauja”, como parte de una mesa redonda organizada por la Casa la Literatura Peruana, el escritor Jeremías Gamboa señaló que el “‘tú’ que usa Rivera es un hallazgo que sirve para generar la utopía”, pues la novela es narrada así, como hablándole al lector; y, a la misma vez, como si el narrador se contara a sí mismo su propia historia.

Según Gamboa, esta forma de narrar los acontecimientos propicia la “afirmación de la memoria, casi como si el personaje se estuviera diciendo: ‘estas cosas pasaron así’”; y es el “tú” evocador, el mismo que limpia los recuerdos de cualquier tipo de conflicto. Así se genera la utopía de País de Jauja: con su temática, el desarrollo de sus personajes y la misma narración. Todo la convierte en una novela peruana de lectura feliz y necesaria.

Además, la narración en segunda persona le da el toque de nostalgia preciso que hace de la obra una celebración; en palabras de la escritora Françoise Aubès: “[País de Jauja] acepta el reto de ser la novela de la felicidad, un himno al mestizaje (…)”.

Y este volver al pasado de uno mismo para afirmarlo con calidez, lo explica Rivera Martínez, en una entrevista con el escritor Sandro Bossio, de la siguiente manera: “Creo que los hombres cuando vamos avanzando en la edad vamos acercándonos más a nuestra infancia.”.

Es el momento propicio para volver a Edgardo Rivera Martínez, para buscar el optimismo, la luz y la felicidad de su obra, ahora que estamos tan lejos de su utopía, de su país soñado. Es la forma que nos queda de rendirle homenaje en tiempos difíciles: imaginando, como imaginó el, un Perú mejor. 

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