Tras agresión de "La Resistencia"

Solidaridad con Avelino Guillén

El fascismo crece en Europa, también en el Perú. Unos desadaptados de tinte naranja insultaron al exfiscal Avelino Guillén en las inmediaciones de un centro comercial, al mismo estilo de los matones que agredieron a autoridades electorales en la segunda vuelta. Avelino Guillén es uno de los peruanos más valiente este país y merece toda nuestra solidaridad.

El fascismo crece en Europa, también en el Perú. Unos desadaptados de tinte naranja insultaron al exfiscal Avelino Guillén en las inmediaciones de un centro comercial, al mismo estilo de los matones que agredieron a autoridades electorales en la segunda vuelta. Avelino Guillén es uno de los peruanos más valiente este país y merece toda nuestra solidaridad.

Hacia mediados de la década del 50, el niño Avelino Guillén, siguiendo el ejemplo de don Pelayo, su padre, soñaba con ser policía para ayudar a encarcelar a los ladrones y hacer de este mundo un lugar más seguro donde vivir. Le gustaba acompañar a don Pelayo a las dependencias policiales y las ganas de ser policía le aumentaban porque le parecía genial que hombres uniformados y disciplinados trabajaran para hacer de este país un lugar más justo. En aquel tiempo, el niño Avelino jugaba en los patios del colegio primario particular San Pablo de Surquillo y era felicitado por sus altas calificaciones.

Cuando saltó a la secundaria del colegio nacional Ricardo Palma, también de Surquillo, la idea de ser policía se le empezó a desvanecer poco a poco. Don Pelayo envejecía mientras él crecía; y le causaba rabia que, a su héroe, que era además la autoridad, sus inquilinos no le pagaran por el alquiler de pequeñas habitaciones que arrendaba en Surquillo. “Cuando terminé la secundaria, ya no acompañaba a mi padre a las comisarías, sino a sus diligencias judiciales para lograr que le pagaran sus inquilinos o para desalojar a los que querían adueñarse de sus propiedades”, me dijo Guillén hace algunos años.

Ayudando a su padre en sus ajetreos judiciales, el joven Avelino entonces empezó a notar cómo se manejaba la justicia en el país. Don Pelayo, a veces, no conseguía justicia a pesar de que su reclamo era totalmente justo y esas cosas construían en el joven Guillén, a punta de indignación, la vocación de ser hombre de leyes para enderezar las cosas. Por eso decidió estudiar derecho en la Universidad San Martín, donde se enamoró perdidamente del derecho penal. No hay evidencias de que haya militado en ningún partido político en sus épocas de universitario; pero existen pruebas de que integró un círculo de estudios cuyo punto de coincidencia era el rechazo a los excesos del gobierno del general Juan Velasco Alvarado.

“Recuerdo que para encontrar ejemplares de algún periódico distinto al que le gustaba al general, caminábamos kilómetros y kilómetros porque no teníamos para el pasaje. Había que buscar a la prensa independiente, porque el gobierno del general también era experto en requisas. Yo estudié entre 1973 y 1979 y eran tiempos duros, pero pasé bien el trance”, me contó.

Con gran mérito, el joven Guillén concluyó sus estudios en la San Martín en diciembre de 1979 y, pocos días después, con apenas 25 años, fue nombrado juez de paz en Villa el Salvador, que era, en aquel tiempo, un arenal donde los provincianos soñaban construir una gran ciudad. En 1981, Guillén saltó a ser secretario en el Juzgado Penal de Andahuaylas (Apurímac) y trabajó ahí hasta finales de ese año, cuando ingresó en el Ministerio Público como abogado auxiliar, luego de aprobar un examen riguroso. “Para dar aquel examen vine, de Andahuaylas a Lima, en camión. ¡Aquellos tiempos!”, recordó.

En 1982, fue nombrado fiscal adjunto antidrogas de Pucallpa y su trabajo fue ayudar a encontrar la verdad, porque su lema siempre fue “trabajar en la Fiscalía es servir a la sociedad”. Después de ese encargo, hizo las primeras investigaciones importantes de su carrera. De aquel tiempo es, por ejemplo, la investigación de los seis evangelistas asesinados en Ayacucho. También, el caso del “Comandante Camión”. Tras una ardua investigación en Huanta, Ayacucho, entre 1983 y 1984, junto a su maestro y amigo, el fiscal José Luis Mejía formalizaron una denuncia penal contra el oficial Álvaro Artaza, el famoso “Comandante Camión”. Cuando el juez abrió instrucción con mandato de detención por el caso, el joven Guillén pensó que era el mejor trabajo que haría a favor de los derechos humanos, sin imaginar siquiera que décadas después iba a ser uno de los artífices de la denuncia penal contra el exdictador Alberto Fujimori y, ya en el juicio, su acusador más efectivo y contundente.

Una mañana remota de 1991 fue la primera vez que Guillén vio en persona a Fujimori, cuando este tomó juramento al entonces designado fiscal de la Nación, Pedro Méndez Jurado. En aquella ceremonia solemne, Fujimori le pareció un profesor universitario acomodándose con esfuerzo al supremo cargo de la República. Desde aquella vez, no estuvo cerca de él hasta el juicio, de cuyo éxito el fiscal Guillén fue una pieza clave. Guillén es el hombre que mostró al país quién fue realmente Fujimori y fundamentó por qué el socio de Montesinos debía ser condenado. Su trabajo fue notable y prueba de ello es el Premio Nacional de Derechos Humanos “Ángel Escobar Jurado” que le concedió la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

¿Por qué usted fue uno de los elegidos para investigar a Fujimori?

—Porque había hecho algunos méritos. A partir de 2000, luego de investigar casos de derechos humanos en Ayacucho en la década del 80 y casos de delincuencia comunes en el 90, yo he visto todos los procesos de corrupción vinculados al gobierno de Fujimori, de modo que, en 2007, además de los casos de corrupción de la dictadura, yo conocía bien los expedientes de las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta y de los secuestros en el sótano del Servicio de Inteligencia del Ejército. Bueno, fue un equipo que investigó el caso, yo fui el fiscal adjunto del fiscal supremo José Peláez Bardales. Fue un equipo extraordinario.

¿Qué pensaba usted cuando Fujimori estaba en Japón?

—Me parecía inviable que ese país lo entregara. Pero cuando comete el error de viajar a Chile, vislumbramos una posibilidad de tenerlo aquí, entonces comenzamos a preparar una estrategia. Fue un gran éxito no solo para el Ministerio Público, sino para el país. El trabajo fue descomunal, exclusivo y excluyente. Solo teníamos hora de ingreso; de salida, nada. En ese afán, nos dimos cuenta de que la estrategia de Fujimori iba a ser negar todo, decir que no recuerda, que no sabía.

Fue fácil de contrarrestar.

—Nada es fácil. Dijimos: vamos a hacer que el señor Fujimori recuerde. Recopilamos todas sus declaraciones a la prensa, todas las cosas que había dicho él y las dichas sobre él. La prensa fue fundamental en esto. Por ejemplo, todo lo que negó en relación con las Fuerzas Armadas. En el juicio, dijo que él no daba órdenes a los militares, que se expresaba a través de normas.

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