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Historias

El laico venezolano que lleva esperanza al cementerio

"El coronavirus ha modificado toda nuestra cultura funeraria", explica el laico Ronald Marín, quien desde el inicio de la pandemia ha rezado por las víctimas del coronavirus que ingresan al cementerio de Belaunde.

Toda familia que ha llegado con algún féretro al cementerio Mártires 19 de julio, en Belaunde – Comas, ha encontrado al laico consagrado Ronald Marín (31) dispuesto a rezar por las almas que se llevó el nuevo coronavirus. Desde hace tres años, el hermano Ronald anda y desanda los caminos del camposanto, luego de haber llegado de su natal Venezuela, donde fue maestro. Cuando lo abordé en la mañana del sábado previo al día de las madres, me explicó solo es un siervo de Dios “que no sabe más que rezar, acompañar y consolar”.


En lo alto de este cerro de Belaunde todos conocen a Ronald Marín. En esta mañana, de las últimas en las que el sol quiere engullirlo todo, él me cuenta que para llegar a ser laico consagrado y poder realizar los responsos, decidió profesar sus votos de pobreza, obediencia y castidad en la ciudad de Valencia. En dicha ciudad, algunos miembros de su familia y él han sido cargadores y devotos acérrimos de la imagen del Santo Sepulcro, que es en Venezuela una devoción casi tan extendida como lo es la del Señor de los Milagros en Perú.


El hermano Ronald, quien se licenció y ejerció como educador con mención en Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo, llegó al Perú hace 3 años. Luego de protestar por casi una década contra el régimen dictatorial enquistado en su país y contraer tuberculosis, un médico le indicó que debía migrar para que así pudiera mejorar su salud.

“El entierro covid es mil veces más doloroso”

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Los nichos sin nombre de los fallecidos por COVID son comunes en las zonas más altas del cementerio.

“El coronavirus ha modificado toda nuestra cultura funeraria”, me dice el hermano Ronald. Luego, aguantando el sufrimiento del recuerdo, enumera las razones que hacen al entierro covid mil veces más doloroso que uno por cualquier otra causa.


“Aquel que muere en el hospital, normalmente, muere solo, y esto le genera más dolor a la familia. Además, en los entierros del año pasado, al inicio, los cajones venían sellados, embalados, y quienes los enterraban tenían la incertidumbre de no saber quién descansaba en aquellos féretros. Por último, ni siquiera estaba permitido velar a los difuntos; el acto del velatorio es sumamente importante para cerrar lo que llamamos el duelo, por eso, desde que el hombre es hombre, los muertos nunca han sido enterrados directamente. Es necesario despedir a los que se van”.


Inicia en los barrios aledaños las tonadas de un huayno. Es una banda ambulante que, por ser hoy la previa al Día de la madre, está interpretando “Madre”, el tema de Dina Páucar. Al recordar las letras de ese huaynito, se puede sentir el recuerdo de las madres que ahora son luz en el camino de sus hijos, aquellas que se llevó esta cruenta enfermedad.


El laico Ronald prosigue: “Es muy frustrante para mí cuando me dicen: ‘no pudimos despedirlo como se merece; sin pandemia, yo le hubiera traído banda, cohetes, flores’”. El huaynito aún resuena en el viento, solo su eco sobrevive a la lejanía. En esta tierra del eterno sincretismo (en la que, según el último censo del 2017, el 75% de la población se identifica como católica), no es insólito que a los muertos se les despida con las ceremonias y grandilocuencia del amor que se le tuvo al que se va. Sin embargo, el coronavirus también nos arrebató esa posibilidad. Especialmente durante la arremetida de la primera ola.


Mi abuelita, cada que escuchaba a Haydee Raymundo en alguna celebración familiar, solía decir que cuando ella muriera quería que la recordáramos con alegría, bailando a su nombre ese huayno lúgubre llamado “La orquesta”. En esos días, ni ella ni nadie, pensaba en la muerte como una posibilidad tan cercana. Con la llegada de la pandemia, por el miedo, ella dejó de mencionar aquella sentencia tan dolorosa y reivindicativa, casi contradictoria.

Mártires 19 de julio

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Fundado hace medio siglo, este cementerio es uno de los que más muertos ha recibido en la zona norte desde marzo del 2020.

El cementerio Mártires 19 de julio, ubicado en Belaunde – Comas es uno de los que más entierros por COVID-19 ha recibido en toda la zona de Lima Norte. Estamos en la parte oeste de Lima: el sol sale por este lado, entre los picos de los dos cerros pelados donde se ha fundado esta nueva ciudad de muertos. El área que abarca esta necrópolis, cuyo único muro es el arco de ingreso, es igual al área ocuparían tres Estadios Nacionales. Los nichos más altos pueden verse desde la avenida Túpac Amaru, en la falda del mismo cerro, a casi tres kilómetros de distancia.


Mártires 19 de julio fue fundado hace medio siglo y obtuvo su nombre en honor a los caídos en el paro nacional de julio de 1977. En plena dictadura del general Morales Bermúdez, se llevó a cabo el paro encabezado por la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) y muchas otras federaciones independientes. El pedido principal era el retorno a la democracia, mas la represión fue atroz y se cobró la vida de seis trabajadores. Hoy se erige en medio del tráfico un monumento en conmemoración de aquel suceso, en el km. 12 de la avenida Túpac Amaru.


Marín me comenta que por estos días el promedio diario de fallecidos ha disminuido. “En la primera ola, entre mayo y junio, sí se notó un aumento considerable en el número de entierros; en la segunda, la sensación fue similar. Ahora estamos teniendo unos bajones igualmente importantes; el cementerio recibe, más o menos, lo que solía ser el número normal de entierros antes de la pandemia y esperamos en serio que estos no aumenten”.


La gerenta de salud de Comas, Georgina Pérez, dijo que, de enero a abril del 2021, en los tres cementerios del distrito: Paz y libertad, de La Balanza; Luz eterna, de Collique y Mártires 19 de julio, de Belaunde, se había registrado un aumento del 40% de entierros con respecto al número total del año pasado. El aumento sostenido, sin embargo, empezó a perder ritmo desde mediados de abril.


En el Perú aún hay un subregistro grave en el número de fallecidos. Existen dos conteos simultáneos: el del Ministerio de Salud (MINSA), que solo toma en cuenta los casos en que el paciente dio positivo a alguna prueba de descarte; y el del Sistema Nacional de Defunciones (Sinadef), que cuenta tanto los confirmados como los sospechosos y compatibles con la enfermedad. Al cierre de este reportaje, el MINSA indicaba que la cantidad total de muertos, a nivel nacional, ascendía a 65 316; mientras que el Sinadef registraba 176 933.


El resultado es el siguiente: El Ministerio de Salud solo reporta el 36.9% de lo que contabiliza el Sinadef. Al respecto, el Gobierno, tras reconocer el desfase, conformó un grupo de trabajo cuyo principal objetivo es “proponer los criterios para actualizar la cifra de fallecidos por la COVID-19”.

Albert Camus, en La Peste, escribió que “el modo más cómodo de conocer una ciudad es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama y cómo se muere”. Y, bueno, el laico Ronald Marín ya está empapado de esta realidad, repleta de desfases, aumentos y bajones.

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El área que abarca esta necrópolis, cuyo único muro es el arco de ingreso, es igual al área ocuparían tres Estadios Nacionales.

“La medida de la grandeza es el amor”

Son las once de la mañana y el hermano Ronald acaba de llegar al panteón de la familia Parra Ramos, donde se encuentran los deudos de Antonia Parra, quien falleció en febrero de este año. La misma foto que se encuentra en la lápida de la señora Antonia es llevada con orgullo en el pecho de los doce familiares, como botón de muestra del cariño que tuvieron todos por la madre que no podrán agasajar al día siguiente.


Antes de empezar la ceremonia de 20 minutos, el hermano Ronald acondiciona con cuidado el espacio. De su mochila salen el parlante, la botella de agua bendita, su arperjador, una pequeña cruz y el libro de tapa roja llamado “Ritual de Exequias”, el mismo que contiene los rezos para las honras fúnebres que realiza todos los días.


En su corta prédica, Marín, con esa voz cálida de profesor benevolente, incita a los presentes a recordar el modelo de vida que les legó la señora Antonia: su entrega, su amor y su servicio al prójimo. Luego, al terminar el rezo, deja que retumbe en las entrañas de los oyentes la canción “Hoy he vuelto”, cuyos versos suelen quebrar hasta los talantes más hostiles.

Que el regalo más hermoso que a los hijos da el señor
es su madre y el milagro de su amor.


Hoy ha llegado mucha gente al cementerio. Muchas familias que visitan a su madre conversan, comen, recuerdan. Aquí el polvo baña por igual las flores marchitas, los nichos, las casas. Hoy, aquí, la esperanza trata de abrirse paso entre la angustia. A lo lejos, en una cruz blanca, alguien ha atado dos globos rojos que se mecen al vaivén del viento y que muestran deslumbrantes sus “Te amo, mamá”.

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Amor más allá de la muerte.

Más tarde, Marín me diría que “la medida de la grandeza es el amor”. Yo no lo entendí bien al principio, pero al salir del cementerio, esa frase volvió a mi cabeza para reafirmar que aquel hermano venezolano de verdad lo hacía todo con amor. Él, que responde con una sonrisa a los “hermano, ¿qué tal?” que le llueven al andar; él, que visita a los enfermos en los hospitales y los acompaña a morir; él, que sube y baja los cerros, con el paso apresurado entre el polvo y con su sombra que lo persigue agitada, y la fe como bandera; él, definitivamente, hacía y hace lo mismo todos los días por el amor real que siente por aquellos dentro de los cuales ve a Cristo: sus hermanos.

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