Libro imaginario

De la crónica a la novela

Como si pasara de la sala a la cocina o de una habitación a la sala, con esa facilidad, pasa del narrador autodiegético (tal vez con la ayuda sus vivencias en Ayacucho) al narrador homodiegético y también al narrador heterodiegético.

Acaba de aterrizar en las librerías Cicatriz rencorosa (Pluma con filo, 2022) del escritor peruano Adrián Plasencia Camarena. Es su tercer libro; su primera novela.

Los libros iniciales son crónicas de conversaciones con dos escritores famosos: Francisco Umbral y Rosa Montero. Estos textos han llamado mucho la atención por los personajes y tal vez porque los títulos también son frases de Jorge Luis Borges. El crítico Albert Chillón los enmarcó con acierto dentro del periodismo literario, esa cuna dinámica de la hibridación. Recomendó no usar frases de los clásicos como títulos de libros. Ya vemos que Adrián Plasencia Camarena soslayó esa sugerencia.

En la novela, Adrián Plasencia Camarena, de 37 años, nos relata que un miércoles del 2020, durante el tiempo más peligroso de la pandemia, Ernesto Mitma inicia una caminata de 30 kilómetros desde el barrio tradicional de Jesús María donde vive hasta el distrito de San Juan de Lurigancho, en los confines de Lima. Camina porque tiene miedo de contagiarse en el ómnibus. Mientras realiza la ruta es mordido por un gran danés de pecho nevado. Al parecer, el ataque no es grave. Lo raro es que el can parecía no tener dueño, no ladró en ningún momento, mordió y desapareció en la calle corriendo como un caballo. Aquel día, Ernesto Mitma se había levantado con un extraño presentimiento que lo empujó a visitar a su mamá porque intuyó, por su voz ronca cuando hablaba con ella por teléfono, que se había contagiado del coronavirus. Mientras camina, Ernesto Mitma describe una ciudad segregadora y narra acciones palpitantes de las atrocidades que él y su familia vivieron en Ayacucho entre el fuego cruzado de los terroristas de Sendero Luminoso y el Ejército.  Al final de la ruta, su madre no había estado contagiada; sin embargo, ella le dio la noticia que su mejor amigo Luis había muerto de manera repentina la madrugada de aquel miércoles. Extrañamente, el día anterior Luis había sido mordido por un perro que no ladraba y que corría como un caballo. Su madre lo describió como un perro grande que tenía el pecho muy blanco. Le dijo que le había dejado una marca, una herida leve en la pierna, como una cicatriz. Una huella muy similar a la que le acababan de hacer a él.

Adrián Plasencia Camarena seguirá cosechando lectores. Es un libro recomendable de un autor que pasa con facilidad de la crónica a la novela.

En esta nueva entrega, después de dos años del último libro, el estilo de Adrián Plasencia Camarena no ha cambiado. Su prosa es clara, con sorpresas y un gran desfile de figuras retóricas; puede notarse las influencias de García Márquez o Gay Talese.

En los 20 capítulos de las 200 páginas de la novela hay dignidad literaria en cuanto al manejo del lenguaje, es preciso en relatar las acciones más importantes de los personajes, el manejo de los tiempos es adecuado porque no perjudica a la claridad. Como si pasara de la sala a la cocina o de una habitación a la sala, con esa facilidad, pasa del narrador autodiegético (tal vez con la ayuda sus vivencias en Ayacucho) al narrador homodiegético y también al narrador heterodiegético. Resalta en el libro el punto de vista de la tercera persona. Tal vez faltó una investigación más profunda para referirse a los embates del coronavirus y la violencia terrorista en su país; pero creo que logrará atrapar al público.

Adrián Plasencia Camarena seguirá cosechando lectores. Es un libro recomendable de un autor que pasa con facilidad de la crónica a la novela.

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