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Relato

Pitín y los amigos

"Las borracheras tras los partidos de fútbol a Pitín le trajeron consecuencias nefastas. Una noche se pasó de copas y así se subió a su moto para regresar a casa. Envalentonado por el alcohol, aceleró al máximo y no pudo controlar la máquina cuando un perro se le cruzó por delante".

A Pitín le gustaba el fútbol. No solo veía en la tele todos los partidos importantes (era hincha acérrimo de Alianza Lima), sino también jugaba. Era hábil con la pelota y todas las tardes, después del trabajo en el taller de motos de don Checho, solía jugar con los amigos en una canchita de tierra. Su mujer y la madre de esta no veían con buenos ojos esa afición. No es que jugar al fútbol fuera malo, sino que le robaba el tiempo que bien podía pasar junto a Sonia (así se llamaba su mujer) y la hijita de año y medio que tenían, y, sobre todo, porque esas pichangas siempre terminaban en borrachera. Sin importar si ganaban o perdían, él y sus amigos igual bebían cerveza.

De la plata que Pitín ganaba a diario como mecánico de motos, la mitad se la gastaba en cerveza. Y si perdía los partidos con apuesta, regresaba a casa con menos dinero aún. Por supuesto, Sonia le armaba lío. “Eres un irresponsable, no tienes remedio”, le espetaba furiosa. “Con esa plata pudiste comprarle ropa a tu hijita”. Él se metía a la ducha en silencio. Para hacerse perdonar, lavaba las ollas y los platos de la cena. Pero a menudo, Sonia se dormía enojada. Su madre solía meterle cizaña. “Con ese marido nunca vas a progresar”, le decía. “Debería ahorrar en vez de malgastar la plata en juegos y borracheras que a nada bueno le llevarán”. Y Sonia presionaba a Pitín. “Este mes debemos comprarnos un ropero, una refri”. Pitín respondía: “Sí, amor”. Pero al rato se olvidaba cuando con los amigos se ponía a hablar de fútbol.  Sonia trabajaba de mesera en un restaurante. Dejaban a la hija con la abuela. 

Se habían conocido bailando cumbia en la fiesta de aniversario de un mercado, en Comas. A él le gustó el pelo ondulado y los ojos grandes de ella. Y a Sonia, el cuerpo atlético de él y sus movimientos sensuales al bailar. Desde entonces se veían por las noches. Él dejó de lado por un tiempo el fútbol y se dedicó a pasear con ella, a meterse en un hotelito una que otra vez. Cuando alquilaron un cuarto y se fueron a vivir juntos, ella estaba embarazada de tres meses.

Pitín pronto volvió al deporte y a las reuniones sociales. No podía vivir sin sus amigos. Sabía en qué fecha cumplía años cada uno de ellos y visitaba al cumpleañero llevándole una caja de cervezas. Si alguno hacía pollada u otra actividad para recaudar fondos, era el primero en colaborar.

Desde el principio, la madre de Sonia vio a Pitín con menosprecio, pero terminó resignándose. Ella hubiera querido que su hija se casase con algún viejo platudo que le brindara una vida cómoda. Pitín notaba el rencor que le tenía su suegra y, para no verla, prefería irse a jugar fútbol. El día que Sonia dio a luz, él estaba borracho en un bar y no había plata para el hospital. Su suegra tuvo que hacer de partera.

Pitín venía trabajando en el taller de don Checho desde que era adolescente. A un individuo que se accidentó le compró la moto estropeada, y él mismo la reparó para trasladarse en ella, desoyendo a los compañeros que le advertían: “Moto accidentada trae mala suerte”. De don Checho aprendió el oficio, y uno que otro mal hábito. “Mecánico que no chupa es mal mecánico”, solía decir el viejo. Y poco a poco, Pitín se acostumbró a empinar el codo más de la cuenta.

Las borracheras tras los partidos de fútbol a Pitín le trajeron consecuencias nefastas. Una noche se pasó de copas y así se subió a su moto para regresar a casa. Envalentonado por el alcohol, aceleró al máximo y no pudo controlar la máquina cuando un perro se le cruzó por delante. Quiso esquivarlo desviándose hacia la orilla, pero su pierna impactó contra un poste de luz. Cayó estrepitosamente y se raspó buena parte del cuerpo. Unas personas que tomaban caldo de gallina en un puesto cercano corrieron a auxiliarlo.

La pierna quedó destrozada y tuvieron que amputárselo. La suegra se regocijaba en secreto, convencida de que en adelante Pitín solo se dedicaría al trabajo y a ahorrar. “¿Ves lo que has conseguido?”, le reprochaba Sonia. “¿Dónde están tus amigos ahora?, ninguno ha venido a verte”. Y Pitín hundía la cabeza entre los brazos, decepcionado de la ingratitud de sus amigos y añorando los partidos de fútbol que nunca más habría de disputar.

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