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viernes, 3 de abril de 2026
Made in Qatar para mostrarse al mundo desde el Festival de cine de Doha (DFF)

Made in Qatar para mostrarse al mundo desde el Festival de cine de Doha (DFF)

Made in Qatar dentro del festival de cine de Doha, muestra lo mejor del cine local con 10 propuestas de calidad.
Participantes del Made in Qatar durante la rueda de prensa del DFF 2025. Foto David Sánchez
Participantes del Made in Qatar durante la rueda de prensa del DFF 2025. Foto David Sánchez

Made in Qatar para mostrarse al mundo desde el Festival de cine de Doha (DFF). Por David Sánchez.

La edición 2025 del Doha Film Festival volvió a demostrar que la sección Made in Qatar es el espacio donde el país se mira sin atenuantes. Diez cortometrajes financiados por el Qatari Film Fund ofrecieron una panorámica íntima de preocupaciones sociales, heridas personales y transformaciones silenciosas. Entre ellos destacan tres obras que revelan la evolución de un cine que empieza a reconocerse a sí mismo: A Palm Branch, de Mahdi Ali Ali Al-Sharshani; Theatre of Dreams, de Fatma Al Ghanim; y Villa 187, de Eiman Mirghani.

Mahdi Ali Ali es una figura central en el desarrollo audiovisual de Catar. Habla con la calma de quien ha dedicado años a tender puentes. Recuerda sus inicios “construyendo la infraestructura del brazo educativo” del Doha Film Institute, momento en el que se encargó de atraer a mentores regionales e internacionales para orientar a las nuevas generaciones. Su cortometraje parte de un gesto ritual que hoy sobrevive apenas en la memoria oral: mujeres que, tras perder a familiares en la pesca de perlas, se acercaban al mar con una rama de palma quemada para pedirle clemencia. “Veían el mar como un enemigo”, explica, y su película reconstruye esa relación ambigua entre duelo y resistencia.

Mahdi sitúa esta narrativa en un contexto más amplio. Recuerda que “el primer festival de cine en la región del Golfo ocurrió en Catar en el año 2000”, un punto de partida para la expansión cultural del Golfo. Desde entonces han surgido festivales en Dubái o Abu Dabi y, más recientemente, en Arabia Saudita, lo que a su juicio modificará “el mapa de la industria cinematográfica en la región”. El entusiasmo convive, sin embargo, con un desafío persistente: la actuación. “El mayor reto es cómo dirigir actores”, admite, aludiendo a la ausencia de escuelas formales y a la necesidad de formación específica para elevar el nivel interpretativo de los cortos locales.

Participantes del Made in Qatar dentro del DFF. Foto Cortesía festival
Participantes del Made in Qatar dentro del DFF. Foto Cortesía festival

La historia de Fatma Al Ghanim avanza por un camino distinto, marcado por el deporte y la exposición pública. Recibe al público “con un perfecto español”, herencia de sus años de estudio, y habla de Theatre of Dreams con una mezcla de ironía y nostalgia. Fue capitana del primer equipo femenino de fútbol de Catar, un conjunto que comenzó jugando en espacios reservados para mujeres hasta que un partido emitido en directo desató un inesperado rechazo social. “La reacción fue muy fuerte porque somos una sociedad conservadora”, recuerda. Aquel episodio, que debía representar un avance, terminó alejándola del deporte: “Los obstáculos fueron tan grandes que tuve que dejarlo”.

El Mundial 2022 trajo recuerdos difíciles. Mientras el país se volcaba en un acontecimiento global, ella veía “todo el marketing para los hombres” y pensaba en los sueños que su equipo nunca alcanzó a cumplir. Reconoce que el torneo dejó transformaciones sociales, pero admite que muchas expectativas quedaron en el aire, sobre todo en lo relativo al deporte femenino. Durante el rodaje del documental, la directora y protagonista se vio obligada a enfrentarse a su propia historia. “Casi en cada punto del rodaje lloré”, reconoce. Su intención ahora es que el mundo sepa que Catar tuvo un equipo pionero que merece permanecer en la memoria.

La tercera mirada llega desde la fragilidad del hogar. Villa 187, de Eiman Mirghani, nace del momento en que su familia recibió la orden de abandonar la casa en la que ella había vivido más de treinta años. Hija de inmigrantes sudaneses, explica que su residencia dependía del contrato laboral de su padre: “Dependemos de nuestras ocupaciones para poder quedarnos en el país”, dice. La notificación cayó como una sentencia que abría un abismo, más aún cuando en Sudán “hay una guerra” que hacía imposible imaginar un retorno seguro. Su película es, como ella misma define, “una carta de amor a ese hogar que estábamos perdiendo”.

Mirghani ya había abordado asuntos íntimos en The Bleaching Syndrome, donde exploraba el uso de cremas aclaradoras en su comunidad, un tema considerado tabú y que decidió filmar ella sola. En aquel trabajo, cuenta, el cine fue “una forma de sanar”. Hoy defiende una identidad afro-árabe que se ha negado a invisibilizar y que atraviesa de lado a lado sus propuestas.

Las tres películas, juntas, dibujan un retrato emocional de un país que empieza a mirarse con mayor honestidad: rituales olvidados, sueños deportivos interrumpidos y hogares en riesgo. Un cine que nace desde la vulnerabilidad para reclamar su lugar.

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Colaborador de EL PERFIL
Crítico de cine, especializado en cine latinoamericano. Es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) y de l'Académie des Lumières, de la prensa internacional en Francia.