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Opinión

Gonzalo Espino Relucé
Gonzalo Espino Relucé
Filólogo, profesor universitario de literatura y poeta peruano. Desde 2020 es Decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Autobiografía de un lector

Siempre recuerdo tres lecturas, Donde no hay lector, la Constitución del Perú y La Biblia que se hacían en los valles de Cajamarca.

No tengo certezas respecto a ese ser humano en extinción: el homo lectore, ni sé si la conquista de la lectura será de la misma manera como la hicimos nosotros. Siempre he tenido una relación amable con la lectura y voy a responder a la pregunta que plantea este artículo tono testimonial.

Mi padre nos motivaba la lectura, los libros llegaban y viajábamos por esos mundos de fantasía que la lectura traía. Recuerdo una lectura que nos parecía rara por los universos distantes de personas a quienes llamaban “salvajes” y que reducían cabezas (“jíbaros”), lo vivimos primero por entregas, luego ya en el libro, era un texto que hablaba de la “tribus” de la selva peruana. En casa, esa letra pasaba por otra, la voz de mis abuelos que nos hacían ver aquello que nunca veíamos a primera mirada, pero lo vivíamos como reales (ahogados, tesoros escondidos, trenes que pasaban a medianoche, carbunclos, aldeas dentro del cerro, diablos que se aparecían en las carreteras, peleas de los héroes moches, etc.).

Llegué tarde a la lectura. En mi vieja escuela las lecturas se hacían los sábados, me mataba la timidez y cada vez que estaba al frente me bloqueaba y tartamudeaba, por esos días prefería escaparme para ir a escuchar al pastor evangélico con lo cual me justificaba. Cuando terminé la primaria, me tocó dar el examen final. En mi Jurado participó la profesora más temida por los pequeños. Era una mujer excesivamente seria y robusta, su sola presencia intimidaba. Esa profesora fue parte de mi Jurado. ¡Qué tal suerte la mía! En ese examen me ocurrió algo singular. Respondí a las preguntas positivamente; luego del oral, vino la lectura que la empecé con voz debilucha y dudosa, poco a poco tomé las palabras y la realicé como solía hacerlo en casa, como lo hacía con el periódico para mi abuelo. De pronto, la profesora habló. Aquella que creíamos que era la más dura, la más aburrida, la que sacaba la palmeta y daba duro a los alumnos. En ese instante pensé que había desaprobado, que me iba “llamar la atención”. De pronto escucho: “Oiga, lea, lea, no le tenga miedo. Te va a gustar”. Ese verano llegó a casa un libro de 500 páginas que mi hermano compró, recuerdo lo leí. Con seguridad no era ningún clásico ni nada por el estilo. Era un libro del momento que hablada de la vida de los jóvenes. Desde entonces, tengo apego a los libros, a la lectura.

Estudiantes leyendo
Estudiantes leyendo y trabajando. (Referencial)

A veces me pregunto por qué los profesores de escuela matan la imaginación.  Es lo que encuentro en los manuales de formación y en libros de texto que llega a la alumna o al alumno. ¿A qué me refiero? Al goce de la lectura. La literatura es una hechura estética de la palabra. La propia palabra es en sí misma una celebración. Y más todavía cuando esta nos ofrece universos inimaginables (personajes, espacios, tramas) o sentimientos. El expediente del docente de aula parece ser una orden castrense: “¿de qué trata el texto?”, “¿cuál es el personaje principal?, “¿qué nos ha querido decir el autor?”. Creo que esto anula al futuro lector porque no lo pone en relación con lo vivido como experiencia lectora, es decir, no deja que el diálogo silencioso que uno establece con la magia de la palabra, esa relación en la que uno construye sus calles, sus árboles, sus voces, etc., que nos son suyas, propias y que no corresponde al maestro, a la maestra. Yo planteo que tenemos que volver a ese instante maravilloso que es el goce de la lectura, demos, aunque sea treinta segundos para el lector se reconcilie consigo y con lo que acaba de vivir. Luego, que venga lo que la escuela pide.

No niego la utilidad de la lectura, para nada. Al contrario, pienso en cómo ampliaremos el número de lectores. De hecho, lo que ocurre con las, los, estudiantes, si el profesor no los gana para la lectura, este será siempre un lector pésimo de resúmenes. El dato salta a la vista, son escasos los lectores en el Perú. El hábito lector no es todavía un asunto masivo, fue y sigue siendo un asunto de minorías. En eso compartimos la urgencia de la calidad de la lectura. No se ampliará el número de lectores si continuamos con ese tipo de estrategias, si no se repiensa la lectura como un derecho ciudadano (acceso al libro). Lo que implica una reformulación del Plan Lector en sistema educativo: repensar la difusión de autores locales, incluir lo mejor de la tradición literaria universal y a nuestros clásicos, más allá de lo que Italo Calvino (1981) recomienda, en tanto también forman parte de nuestro imaginario y memoria (Ciro Alegría y José María Arguedas, para un peruano y latinoamericano).

Siempre recuerdo tres lecturas, Donde no hay lector, la Constitución del Perú y La Biblia que se hacían en los valles de Cajamarca. Al principio por qué eran tan solicitados, qué de atractivo tenían. Me preguntaba por qué se constituían en las más leídas en las bibliotecas rurales, que dirige Alfredo Mires en Cajamarca. Pronto fui cayendo en cuenta de un detalle, que el primer texto suplía las ausencias y con ello se respondía en el nivel básico a problemas de salud. En el segundo, la Constitución, siempre estuvo vinculado con los derechos ciudadanos; así se entiende que la carta magna expresa, art. 23, que “Nadie está obligado a prestar trabajo sin retribución o sin su libre consentimiento” (Congreso 2019: 26). 

Esto fue un hallazgo para los campesinos de Cajamarca como fue también para otros pobladores de las zonas andina y sustento para reclamos frente a ciertos abusos de las autoridades, por ejemplo, hacer faena obligatoria, sin que se les pague el trabajo realizado, sobre todo cuando esta no era parte de los rituales y tradiciones andinas. El tercero, sospecho que tiene que ver con la profunda religiosidad que caracteriza a nuestros pueblos, en todo caso, con una palabra que da fe, tranquilidad a la gente que lee y cree.

oscar colchado lucio
Óscar Colchado Lucio (Casa de la Literatura Peruana)

En el ámbito urbano me evoco los días en que leíamos a Oscar Colchado el autor de Cholito en los andes mágicos, Cordillera Negra y Rosa Cuchillo que fue una lectura en los años 90 entre bibliotecas populares en barrios de Villa El Salvador o el Cono Norte de Lima. Recuerdo que leímos Cholito en los Andes mágicos y decidimos invitar a Oscar Colchado que amablemente aceptó, ya en la conversa aparecieron varias cosas, la primera fueron preguntas en torno a Cholito fue si él iba a venir a vivir a la costa o no; de allí se salieron de la novela para preguntarle al escritor, si Cholito era él o no. Y Cholito, al final, eran también los propios niños y adolescentes que participan de los Talleres de Lectura en las bibliotecas populares. Le preguntaron, también si le gustaba jugar fútbol y si sabía cocinar. Ellos habían imaginado al escritor como un hombre viejo, por eso se sorprendieron, cuando vieron llegar a una persona amable y que cautiva a los niños y niñas en los barrios populares.

Terminaré contraponiendo el dato cierto del puesto que ocupamos en las mediciones de comprensión de lectura en la Prueba Pisa 2018, esto es las últimas posiciones y la antepenúltima en América Latina (OECD 2019: 137), el impacto de la peste de la covid a la lectura y la falta de calidad de nuestra lectura, para reivindicarnos con una fabulación de las del norte de este país donde vivo. Se trata de un hombrecito llamado Tío Lino, de él se fabula muchos relatos orales por lo exagerado que suelen ser sus historias. Referiré solo una: Un día el Tío Lino vino a Ascope, un pueblo cercano al mío, a vender sus cosechas, esto con seguridad ocurrió a inicio del siglo XX, y en la feria se encontró con algo raro, cartillas de abecedarios. Preguntó “¿y esto para qué sirve?”. El paisano le respondió “para leer y escribir”. Entonces, dice, las compró para que todas las niñas y niños de su pueblo aprendan a leer y escribir, y en eso que retornaba, le agarró la noche, hizo una fogata, pero pronto se sintió un viento atrevido, mientras el Tío Lino acomodaba su poncho para abrigarse, vio como volaban los abecedarios. Solo uno logró coger para su pueblo.  “Y desde aquel tiempo, veli, la población entera del Perú aprendió a leer y escribir, gracias al ventarrón y a las cartillas diseminadas por todas partes” (Florián 2008: 45). Sí, desde entonces, en el Perú, sabemos leer y también escribir, aunque sea un sueño de permanente renovación.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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