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El castillo del disgusto

El castillo de Chancay medieval, edificado entre los años 20 y 30 del siglo pasado, luce hoy como si fuera un antro en donde reina el desorden y el bullicio.

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Cuando la expectativa es devastada por la realidad, no queda más remedio que armarse de valor para soportarlo o, mejor aún, para denunciar tamaña villanía.

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El mentado castillo de Chancay, ubicado en el distrito del mismo nombre y que pertenece a la provincia limeña de Huaral, es catalogado como uno de los principales atractivos de la zona.

Si tuviera un octógono como se estila colocar ahora a los alimentos, diría: alto contenido de atracción. Sin embargo, las imágenes que hallamos en la internet son realmente diferentes a lo que la triste realidad ofrece.

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El castillo medieval, edificado entre los años 20 y 30 del siglo pasado, en honor a la memoria de un esposo muerto y que tiene como escenario un acantilado rocoso frente al mar, luce hoy como si fuera un antro en donde reina el desorden y el bullicio.

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En los aproximadamente 15 mil metros cuadrados de este recinto, compiten una vetusta y descuidada edificación con otras improvisadas y de mal gusto. Dentro del castillo se han edificado espacios temáticos completamente disímiles a lo que fue el estilo original de la construcción.

Muchos de los ambientes que debieran utilizarse para ofrecer un turismo vivencial, hoy albergan a más de una decena de humeantes restaurantes, carnavalescos quioscos y hasta animales exóticos privados de su libertad para ser fotografiados junto a los visitantes, de manera casual, y generar ingresos económicos.

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El desorden visual y auditivo dan la bienvenida y despedida al visitante. Los altos decibeles de la musiquilla popular sirven de fondo para que los locutores hagan peculiares invitaciones a consumir de todo. Nadie podría imaginar que aquel espacio servía para albergar a los 6 hijos de la bisnieta del virrey Manuel Amat, doña Consuelo Amat y León.

Quién podría presagiar que los pasillos ideados por esa viuda emprendedora hoy darían posada a mercachifles que improvisan los precios de sus bienes de acuerdo con la facha de su incauto cliente.

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Juan Barreto Boggio, nieto de doña Consuelo Amat y León, luego de que el castillo estuviera abandonado por 30 largos años, decidió restaurarlo y convertirlo en un atractivo turístico.

Sin embargo, no se trata de que el ojo del amo engorde al ganado, sino de que este se convierta en un vigilante receloso para la conservación de las características originales de tamaño legado.

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Un poco de orden y lógica vendrían bien. Fidelizarían mejor si al visitante no se le viera como la próxima víctima a desvalijar. Todo podría suceder, pero al castillo del disgusto no vuelvo más.

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