Opinión

El retorno

Los dos años de pandemia fueron suficientes para que los padres y madres de familia entendieran que, en verdad, “la educación encierra un tesoro”.

Con una mezcla de esperanza, recelo, miedo e inseguridad, las escuelas, los colegios y las universidades abren sus puertas después de dos años. El receso de las aulas, a raíz de la pandemia, no sólo ha provocado la ansiedad por el reencuentro, sino que ha puesto sobre el tapete el problema de la calidad de la educación y el rol del Estado. 

Sin embargo, la atención de los medios de comunicación y de los líderes de opinión se centra en el cumplimento de los protocolos sanitarios y en el estado de los locales y edificios, y casi nadie se preocupa por las estrategia y contenidos de la enseñanza-aprendizaje. 

El primer desafío a los investigadores y profesores es dilucidar qué ha ocurrido en el cerebro de los estudiantes durante estos dos años de encierro. Artículos científicos, aparecidos en publicaciones especializadas, dan cuenta de cómo el torrente de emociones (miedo, ansiedad, agresividad, ira, culpa, etc.) que capturó a la familia, con gran impacto en los hijos, ha alterado el curso normal de la cognición (multitarea, desorden, dispersión de la atención, etc.) e impedido el flujo normal del pensamiento. Esto ha limitado severamente la actividad generadora de aprendizajes (apraxia, dispersión, disminución de eficiencia). Pero en nuestra primera universidad, San Marcos, la Decana de América, se ha desatado una corriente retrógada que niega la validez de esas publicaciones científicas. 

Los dos años de pandemia fueron suficientes para que los padres y madres de familia entendieran que, en verdad, “la educación encierra un tesoro”. Hay preocupación por la infraestructura física y digital de las entidades estatales. Se dice que el 40 por ciento de estudiantes carecen de computadoras y los que sí cuentan con ellas están lejos de la conexión apropiada. Y si tienen ambas cosas, faltan contenidos apropiados diseñados y ensayados. Hasta ahora nadie ha presentado el planeamiento, sistema de control y evaluación que las modalidades presencial, “mixto” o digital exigen. Se dice que el Estado ha pagado costosas consultorías, aunque no se sabe quiénes las han desarrollado. El ministro de Educación ha prometido publicar la lista. 

El propósito primordial de la escuela es que los estudiantes aprendan y que los profesores enseñen. No debe perderse de vista que no existe aprendizaje sin memoria y, que ambos consisten en conexiones neuronales provocados por estímulos y experiencias apropiadamente diseñados. La escuela debe activar el cerebro y sus mecanismos: el exponencial crecimiento de las que conexiones neuronales. Lamentablemente el cerebro ha sido desterrado de los enfoques y sistemas educativos. De otro lado, se ha abandonado la capacitación de profesores, no sólo en el manejo de “herramientas tecnológicas” sino en elaboración de contenidos actualizados, que no consiste en copiar sitios web. 

Aún no existe una teoría del cerebro aplicada sistemáticamente al proceso enseñanza-aprendizaje, pero algo nos dicen las neurociencias sobre pautas que puede ser útiles a los padres y maestros que quieran entender la dinámica de un aprendizaje eficaz. Veamos algunas:

  1. La emoción. Si el maestro no logra emocionar al estudiante, no puede enseñarle, pues hay mecanismos emocionales que incentivan el aprendizaje y la búsqueda de otros datos que sirvan de acicate. Si después de un esfuerzo el estudiante resuelve un problema, se alegra y piensa mejor.
  2. La sorpresa. La novedad nos estimula. Si en una exposición trivial el maestro muestra una nueva idea, un objeto nuevo o un nuevo camino que suscite atención, habrá ganado el interés del estudiante. Incluso en la vida cotidiana las expresiones “sorpréndeme” o “ya nada me sorprende” tienen un sentido especial. 
  3. La variedad. Los datos de los inicios de clase revelan que los estudiantes tienen a flor de piel la pregunta ¿más de lo mismo?  Urge mostrarles la variedad de las cosas, de las ideas, de las personas, etcétera, para que agudicen la observación y el pensamiento. Descubrir el orden en un mundo multiforme y caótico es saludable.
  4. La práctica. Se aprende haciendo y se aprende mejor lo que se hace bien. Una manera de vencer el palabreo y la charlatanería es convertir en realizaciones los enunciados teóricos. Si queremos escribir tenemos que pensar y leer. Hay que tener presente que se educa para cambiar el mundo.
  5. El orden. El concierto, las conexiones. El meollo de la buena enseñanza y del buen aprendizaje está en la búsqueda del orden y la belleza, desde el microcosmos hasta el macrocosmos. El desorden desalienta y pervierte el orden mental y el aprendizaje. 

Estos criterios simples pueden impulsar el quehacer de la enseñanza-aprendizaje a cualquier nivel. Con esa orientación es menester responder a la vieja pregunta ¿Qué es más importante: el método o el contenido? Las respuestas de quienes han investigado (Ken Bain, 2004) por muchos años nos dicen que los contenidos. Conviene, pues, dejar el metodismo excesivo que han provocado manuales indigestos. Si no se tiene dominio de los contenidos de nada sirven los mejores métodos. No se inventan los contenidos para los métodos. Allí están las ciencias, las tecnologías, las artes y humanidades cuyo contenido están al alcance de todos.

Finalmente, llama a escándalo cómo se descalifica y desafía públicamente a los investigadores. Lo hace nada menos que la Asamblea Universitaria de la Universidad Decana de América, enrostrándoles que sus artículos indexados y papers sirven de poco o de nada. Este desembozado complot contra el mayor portento de la cultura humana que hace posible el cuidado, la defensa y la supervivencia humana, merece rechazo unánime porque es la perversión de la educación superior y la perpetuación de los “bachilleratos automáticos” con la posible invención de los “doctorados automáticos”. Tal parece que los asambleístas ignoran que las comunidades científicas existen, que debido a su importancia cultural son analizadas y estudiadas por los cerebros mejor organizados de la ciencia y la filosofía, tales como Thomas S. Kuhn, Robert K. Merton, Karl R. Popper, Mario Bunge, etcétera. La reciente historia de la ciencia bastará para corroborar su estricto autocontrol y la forma cómo sancionan y extirpan los fraudes en su propio seno y fuera. Supongo que los sanmarquinos están indignados. Es imposible olvidar a los maestros que se pasaron la vida investigando para escribir sus papers: John Murra, Augusto Salazar, José Matos, Jorge Bravo, Armando Zubizarreta, Alberto Escobar, Carlos Araníbar, Oscar Valdivia, etc. etc.

Dedicado a César Lévano.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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