Prosa elegante

César Lévano, aristócrata del proletariado

Al fin, en su alta edad, César quizá haya estado satisfecho de su vida, pero nosotros no; sus amigos, nunca. Sabemos, sin saberlo, cuánto más habría creado César si hubiera contado con tranquilidad económica y con equipos de colaboradores pagados por los contribuyentes, en vez de perder las joyas de su tiempo viajando en microbuses del averno, y con su invalidez, para más inri. El Perú le falló a este genio, y su patria aún no lo sabe.

Las entrevistas más breves empiezan con esta pregunta: «¿Tiene usted algo que añadir?». Así ocurre también con la vida. Pasan los años, vuelven a pasar, y el tiempo se inquieta y nos pregunta qué debemos añadir. Algunos responderían: «Nada nuevo: sólo otro día dictado por mis principios». César Lévano perteneció a tal estirpe. Lévano fue un genio que habría sido insoportable si hubiese tenido la vanidad que le correspondía. Por su modestia, su talento, sus estudios infinitos, su generosidad y su vida ejemplar, César Lévano es la mejor respuesta dada a la «invitación a la vida heroica», que formuló José Carlos Mariátegui, su maestro a la distancia del tiempo.

Periodista y también maestro (en las aulas y en el ancho mundo), Lévano falleció en Lima el 23 de marzo del 2019, con 92 años. Cayó al fin, trabajando en un libro sobre la historia del sindicalismo peruano, tema caro a él «por derecho propio» ya que su padre (Delfín) y su abuelo (Manuel) fueron sindicalistas valerosos e intelectuales. «La verdad de nuestra época es la Revolución, la revolución que era para los pobres no sólo la conquista del pan, sino también la conquista de la belleza, del arte, del pensamiento y de todas las complacencias del espíritu», escribió Mariátegui en 1925. César Lévano practicó este doble camino: por la justicia hacia el arte, por el arte hacia la justicia.

Quienes vamos hacia la tercera edad y media recordamos que Lévano era un nombre sobre una prosa elegante que iluminaba la revista “Caretas” de los años 60. «Escribe César Lévano» era el imprimátur del buen gusto y de la inteligencia en entrevistas y semblanzas que suponíamos efímeras y que sí, lo son, pero en un sentido. Muchos políticos y personajes de aquellos artículos han vuelto a su condominio de la nada y son ahora soplos de sombras, mas el estilo de Lévano aún nos habla con la perennidad de la obra bien hecha.

Servirse la prosa de César Lévano es como gozar de un banquete bajo el sol. Al referirse a los detractores de Pablo Neruda, Lévano escribe: «Todos añadieron algo de pesar al océano sentimental del poeta. Pocos lograron encresparlo». Cuando alude a su pasión correspondida por los libros antiguos, expresa: «Nací a dos cuadras del parque Universitario, en cuyo entorno florecían las hojas de segunda mano».

Lévano recuerda a su amigo poeta César Calvo: «Para que Javier Heraud nunca muriera, César hablaba con él». Luego celebra la risa de César Calvo: «Risa enorme, asombro matinal de su alegría». A otro poeta, Martín Adán, César Lévano lo dibuja así: «Con el rayo de la belleza y la ironía defiende el agobiado recinto de su soledad». La prosa de César Lévano: refinada, caudalosa de ideas, contenida de palabras, como pulida en frases de cristal donde centellean las figuras literarias como regalos que el buen gusto recibe del talento.

Comedido hidalgo

No está de moda citar a Karl Marx ni a Friedrich Engels; por tanto, quienes también hemos pasado de moda nos sentimos autorizados a mencionarlos (¿quién sabe si no estar al día es una manera de entrar un poco en el mañana?). Los que trabajamos junto a César Lévano sabemos cuán minucioso y exigente con él mismo era si debía entregar una cuartilla —«pantalla» de aquellos tiempos—, cuando los periodistas y sus máquinas eran máquinas de escribir. Ese cuidado no está lejos de una confesión de Engels a propósito de Marx ―y a César no le desagradaría tan selecta compañía―.

En alusión a periodistas superficiales que escribían en publicaciones marxistas alemanas, Engels exclamó: «¡Si estos señores supieran cómo Marx consideraba que sus mejores producciones no eran todo lo buenas que se requería para los obreros y cómo consideraba un crimen ofrecer a los obreros cualquier cosa que estuviera por debajo de la perfección!» (“Carta a Karl Schmidt”, 5 de agosto de 1890). Aunque méritos no le faltaron (leía alemán), Lévano no se habría sentido a gusto con tales colegas, eruditos a la violeta. César—el perfeccionista, el exacto— no escribía para enseñarse, sino para enseñar. Como profesional, su decencia era su docencia.

Por cierto, hablando de decencia, recordemos su trato, sobrio pero cordial: «comedido hidalgo» lo habría llamado don Miguel de Cervantes, como tituló a su don Alonso Quijano: un caballero, especie hoy en peligro de extinción. Quien pretendía jugar a la vulgaridad con Lévano, debía irse con sus monsergas a otra parte. «Áristos» llamaban los griegos al mejor. «Aristócrata proletario» nombró a César otro gran periodista, Enrique Zileri, director que fue de “Caretas” cuando Lévano trabajó en tal publicación. Empero, no solo por el fino trato fue aristócrata César Lévano, sino también por su amor y su respeto hacia lo mejor de las culturas: la popular y la exquisita, la folclórica y la clásica. Tanto podía él cantar un huayno como citar en alemán versos de Goethe (yo lo escuché en ambas artes).

Cesar Levano y Victor Hutado Oviedo
Víctor Hurtado Oviedo con César Lévano en su casa del Rímac.

Árbol de batallas

Aristócrata, Lévano, sí, pero también proletario pues vivió de sus manos, por sus manos. Al poeta Jorge Manrique (siglo XV) le habría gustado dialogar con César pues las “Coplas” del español ya lo habían presagiado: en la muerte, «allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos». A su modo, un periodista y un escritor son proletarios, según opinó el viejo Marx: «Un escritor es un obrero productivo, no porque produzca ideas, sino porque enriquece a su editor y es, por tanto, asalariado de un capitalista» (“Historia crítica de la teoría de la plusvalía”, volumen IV).

A César nunca lo visitó la riqueza ni siquiera la holgura. César Lévano: cartujo episcopal en su basílica de libros, laberinto de habitaciones que giraba en el orden de su mente. Deseemos que la Universidad de San Marcos, hoy poseedora de sus libros, no los «pierda». Si roban sus libros, César Lévano morirá otra vez: su primera muerte fue natural, pero el saqueo de su biblioteca ya será un asesinato.

Mejor que esta página volandera y en desorden (id est, mi orden), una biografía deberá referir las virtudes cívicas y éticas de Lévano, probadas en cárceles y pobreza (otra cárcel, su cadena perpetua). Felizmente, el periodista Paco Moreno —notable discípulo de Lévano— ha publicado un libro-entrevista: “Rebelde sin pausa”, que ha de leer quien desee viajar por el continente intelectual que fue nuestro amigo. A su vez, Carlos Bracamonte, otro buen discípulo, ha creado la Fundación César Lévano, cuyo sitio, muy informado, puede consultarse en Internet. En él, Carlota Burenius, amiga del maestro, ha colocado una cronología de Lévano, y se verá entonces que este poeta tuvo una vida de novela.

César Lévano afrontó miles de golpes férreos gracias a la comprensión sin límites de Natalia Casas, su esposa. Ella contribuyó a que se sostuviera firme aquel hombre, «árbol de batallas» —hermoso título de un poemario de Lévano—, y mencionarla es justo, de justicia poética. Cálido hogar fue el suyo para sus amigos, de piano criollo y jaranista, y de mesa generosa en los domingos (commensalis fuimus), cuyas sobremesas eran cual estantes que se abrían como cancioneros y como enciclopedias.

Al igual que los sabios epicúreos, César mantuvo la serenidad del ánimo, la ataraxia, y nos legó su buen humor, el don amigo de su risa. Lévano descubrió el secreto de la vida: hacerse querer. Bien lo ha definido César Hildebrandt: «¿Quiere usted un peñón, un referente? Allí está Lévano y su sociedad indestructible con los débiles. Lévano es un ejemplo muy difícil de seguir en el periodismo peruano. Mi afecto por él tiene el calor del agradecimiento» (“Nabucco en la redacción”, diario “La Primera”, 9 de diciembre del 2006).

Un héroe de nuestro tiempo

Hay muchos héroes no cristalizados en el bronce; ellos motivaron a Ralph Waldo Emerson a escribir en su libro “Hombres representativos”: «Los grandes hombres están más cerca de nosotros; los conocemos a simple vista». De este humano mármol de heroísmo estaba hecho César Lévano, suerte de Job profano sobre quien el demonio de la adversidad descargó sus golpes tan en vano.

He pensado muchas veces en si existen hombres como César Lévano en Hispanoamérica, y me parece improbable, aunque sus paralelos con Mariátegui son evidentes. Lévano empezó con el marcador en contra: pobreza, invalidez física, discriminación racial, falta de estudios universitarios, prisiones (cuatro años seguidos), desempleos, subempleos (bajo pseudónimos de vetado e indeseable) y amenazas de muerte (del maldito Sendero Luminoso).

Al fin, en su alta edad, César quizá haya estado satisfecho de su vida, pero nosotros no; sus amigos, nunca. Sabemos, sin saberlo, cuánto más habría creado César si hubiera contado con tranquilidad económica y con equipos de colaboradores pagados por los contribuyentes, en vez de perder las joyas de su tiempo viajando en microbuses del averno, y con su invalidez, para más inri. El Perú le falló a este genio, y su patria aún no lo sabe.

Nacido en estirpe heroica y proletaria; desvalido de riquezas fenicias; niño testigo de su padre yaciente por torturas; víctima infantil de tragedias que habrían doblegado a un hombre; estilista de la inteligencia; autodidacto de profesión estudiante; firme en su fe política de perdedor heroico, erudito deslumbrante y docto en la cultura popular, César Lévano enseñó que los caminos son más nobles cuanto más cuesta ascender por ellos. Con su modestia inmerecida y su prosa serena y elegante, nos aleccionará siempre en la decencia y en el arte del decir. Rindámosle el homenaje de leerlo.

Llegamos al final de estas pobres digresiones citando a un buen amigo de César Lévano, el historiador Jorge Basadre, quien pronunció un panegírico en honor del intachable liberal Francisco de Paula González Vigil —un santo en un circo de fieras—. Dijo Basadre sobre Vigil: «Ninguna de las lacras de los viejos lo cogió: la majadería, la inercia, el erotismo, la mezquindad, la hiel, el pesimismo. Ennobleció el oficio del hombre». Gracias a César Lévano por César Lévano.

También lee

Lo más leído

Más de

Lo último