Opinión

Tambalea el sistema y las ciencias sociales enmudecen

CONCYTEC deja de lado rama del conocimiento clave para el desarrollo de las personas y de las sociedades.

Nuestro Perú se desmorona. El desorden y caos político comprometen a todo el sistema social. Pero esto parece importarle poco o nada a los políticos, a la élite académica e intelectual, y mucho menos a los profesionales ‘competentes’ que ocuparon cargos estratégicos en el Estado, durante los gobiernos pasados, y ahora están en puestos bien remunerados en empresas privadas y organismos internacionales. Ahora que todo se tambalea, los ‘críticos’ proliferan y comienzan a ver lo que antes no veían ni oían: “investiguen, pues, imbéciles”. Es tiempo para la intervención urgente de los científicos sociales; en primer lugar, por la naturaleza misma de las cuestiones, y luego porque está en juego la viabilidad del país. 

Hoy hace falta volver los ojos a los parientes pobres de las ciencias. Se impone una visión objetiva, ordenada y sistemática de la realidad, que plantee hipótesis sólidas que habiliten para la acción. Pero –¡qué casualidad!– las ciencias sociales y las humanidades han sido proscritas de los planes y de los presupuestos. Veamos un dato: en el concurso público convocado por el CONCYTEC en marzo último las ciencias básicas incluyen a las matemáticas, computación y ciencias de la información, ciencias físicas, ciencias químicas, ciencias de la tierra y medioambientales, ciencias biológicas, otras ciencias naturales; luego, en abril, en ciencias aplicadas, alineadas a las áreas del conocimiento según OCDE, se considera a las matemáticas, computación y ciencias de la información, ciencias físicas, ciencias químicas, ciencias de la tierra y medioambientales, ciencias biológicas, otras ciencias naturales. 

Este simple dato sobre la política de investigación y el financiamiento de las ciencias y las tecnologías revela cómo piensa la élite intelectual llamada “tecnoburocracia”. 

El cultivo de las preguntas y las conjeturas

La madre y partera de las ciencias son las preguntas y conjeturas. Cuando los griegos inventaron la filosofía, es decir, la ciencia, partieron de una pregunta con la que abrieron la historia de Occidente: ¿de qué está hecho el mundo? Demócrito hizo la gran conjetura de que el mundo es corpuscular, no continuo, y veintitrés siglos después el joven Einstein demostró la existencia del átomo, según refiere Carlos Roveli. A mediados del siglo pasado otro enorme campo fue abierto por Watson y Crick cuando descubrieron el código genético, cuyas matrices de cambio paradigmático están escritas en dos páginas, como figura en su artículo científico publicado en la revista Nature (25 de abril de 1953).

Plantear preguntas y conjeturas no es cosa simple. La actitud cuestionadora, que conduce a la investigación y hace avanzar a la ciencia y genera conocimiento, arranca de donde otros pensaron; no, del vacío conceptual. Si no es así, se extravía el camino, como fue el caso de la pregunta “¿en qué momento de jodió el Perú?”, que muchos intelectuales y científicos sociales peruanos de buenas intenciones trataron vanamente de encontrarle respuestas, en una lamentable pérdida de tiempo, pues no era una pregunta científica sino una simple expresión de un personaje de ficción. Las respuestas a buenas preguntas conducen a cambios de enfoque y hasta de paradigma. Inclusive una pregunta modesta cuyas respuestas se recogen en un libro reciente, “¿De qué colegio eres?”, provoca el pensar crítico y posibilita otras investigaciones. 

José Carlos Mariátegui, José Matos Mar, Augusto Salazar Bondy, Jorge Basadre, Julio Cotler y otros intelectuales hicieron preguntas y conjeturas que abrieron el camino hacia el cambio de pensamiento. Los científicos sociales serios releen y reinician sus planteamientos a partir de aquellas reflexiones, como cuando un científico social peruano recuerda la lectura de Perú, problema y posibilidad con énfasis en los problemas que tienen mayor relevancia para formular nuevas conjeturas. Desterrar a las ciencias sociales, como lo hace el CONCYTEC, es sinónimo de sabotear el desarrollo de las personas y de las sociedades, esto es mutilar su avance y realización psicobiológica, política, cultural y económica. 

Los enfoques deberían cambiar

Hoy es necesario cambiar la educación universitaria y centrarla en las preguntas y conjeturas, en los proyectos y diseños de innovación. Las preguntas y conjeturas de Braudel cambiaron el pensamiento francés y científico en general. La respuesta a la pregunta por la justicia le llevó toda una vida al filósofo John Rawls. H.L.A. Hart, en su famoso libro El concepto de derecho, comienza con la pregunta ¿qué es el derecho? 

El cuidado escrupuloso de la teoría y de los conceptos posibilitan conclusiones coherentes y confiables para actuar con éxito sobre la realidad. Todo lo contrario ocurre con el practicismo ramplón, que desprecia a la teoría en favor de la ganancia inmediata, y la ridiculiza al identificarla como palabrería o charlatanería. El profesor Harry Frankfurt demuestra que defender la teoría es defender la verdad; ergo, limitar, reprimir y despreciar la teoría es impedir y socavar la investigación. Los científicos viven embelesados por la potencia explicativa y belleza de algunas teorías como la Teoría de la Evolución.

La pregunta es el motor del pensamiento. Las preguntas y conjeturas innovadoras surgen dentro de sistemas conceptuales y materiales. No se dan en ‘el aire’. Por eso resulta claro el pensamiento del geoestratega Lanxin Kiang (que dirige el Institute of Security Police de Shangai), quien confronta el caso del presidente norteamericano Biden y sus avatares para instalar bases militares en Ucrania con dos preguntas: “¿Se imagina a Biden permitiendo que China instale una base militar en Panamá?” y “¿Permitió Kennedy que la URSS instalara sus misiles en Cuba?”. Lluís Amiguet, notable periodista de La Vanguardia, de Barcelona, le arranca estas declaraciones en una entrevista sobria y sin cortapisas. 

Las disciplinas inconexas y sabios solitarios quedaron en el pasado. Hoy se impone la colaboración entre físicos y biólogos, entre ingenieros y psicólogos, entre sociólogos, antropólogos, historiadores, economistas y filósofos. Científicos rebeldes e innovadores se atreven a transgredir fronteras disciplinares, y así encontramos a físicos que investigan sobre la vida y el cerebro, el aprendizaje y la comunicación, etcétera. En fin, sería imposible la Inteligencia artificial sin matemáticos, físicos, químicos, biólogos informáticos, etcétera. 

Hubo una época en que los parlamentarios peruanos pensaban y pedían colaboración a entidades que no descuidaban las ciencias básicas y tecnologías sociales para diseñar políticas. Un ejemplo es Violencia y Pacificación (1989), editado por DESCO y la Comisión Andina de Justas con la Comisión Especial del Senado presidido por Enrique Bernales. Los jóvenes que investigan para sus tesis ganarían mucho en sus criterios de consistencia e interdisciplinariedad si le echan una mirada crítica al libro Desigualdad de la distribución de ingresos en el Perú: Orígenes históricos y dinámica política y económica (Contreras, Incio, López, Mazzeo y Mendoza, 2015). 

Un informe que integra de modo orgánico y esforzado el entramado conceptual teórico de los datos que lo sustentan es, sin lugar a dudas, la investigación titulada Sendero: Historia de la guerra milenaria en el Perú (Gorriti, 2012). Es un acicate para enderezar la torcida idea de que “periodismo de investigación” consiste en buscar contactos para recabar expedientes privados y publicarlos como primicia. Esta práctica, fea para el periodismo, ha calado en las nuevas generaciones a fuerza de repetirse y autoproclamarse ‘exitosa’. Los estudiantes y graduandos deben invertir un poco de tiempo y paciencia para mirar el enfoque y la teoría, sin descuidar el trabajo práctico de discriminación de datos, asistido por la teoría. 

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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