Este artículo es de hace 3 años

La historia de cuando Flores-Aráoz cerró “La Gaceta” del Congreso

Ántero se movía como el típico oportunista que siempre pide una oportunidad.

Efraín Rúa
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Unas semanas antes de ser elegido presidente del Congreso el año 2004, Ántero Flores-Aráoz me buscó para preguntarme acerca de sus posibilidades para ser elegido en el cargo, él tenía interés en conocer mi opinión sobre el tema pues teníamos cierta cercanía por mi larga actividad periodística y porque yo me desempeñaba entonces como editor de “La Gaceta” del Congreso, una publicación que daba cuenta de las actividades de ese poder del Estado, aunque con ciertas libertades que no le gustaban a algunos parlamentarios como Rafael Rey que ya trabajaba abiertamente por su cierre. 

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Yo le dije a Flores-Aráoz que si hacía una lista de ancha base le podía ganar a la de Perú Posible, la bancada oficialista que ya sufría las divisiones y los costos del ejercicio de poder de Alejandro Toledo que para entonces ya había traicionado sus promesas de hacer un gobierno decente para los más pobres y emulaba las acciones delincuenciales de la dictadura a la que había ayudado a desalojar del poder.

Recuerdo que llegué a saludarlo y me desatendí de él hasta que horas después de la juramentación del cargo me llegó la versión de que su primera gran decisión como presidente de ese poder del Estado había sido cerrar “La Gaceta”. Intenté conversar con él para conocer las razones de su decisión, pero para mí ya las puertas estaban cerradas. No pude hablar más con él.

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Alfredo Marcos, el conocido caricaturista que entonces era un colaborador de “La Gaceta”, se encargó de conversar con él y de disuadirlo de que se siguiera publicando el órgano impreso mientras culminaba el contrato que se tenía con la editora del diario El Comercio. Él aceptó bajo la condición de que se cambiara el nombre de la publicación y que su nombre no apareciera más en él.

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Fue entonces que llegué a la convicción de que las razones de Ántero obedecían a sus vinculaciones políticas y comerciales. Durante los años que estuve al mando de “La Gaceta” por decisión de Carlos Ferrero, privilegié las informaciones que daban cuenta de asuntos económicos y sociales que se debatían o investigaban en el Congreso, como era el caso de los delitos de la dictadura. 

En especial, me interesó difundir los informes de la comisión de delitos económicos y financieros que lideraba Javier Diez Canseco y que denunció que las pérdidas ocasionadas por la dictadura superaban los 7000 millones de dólares.

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En ese negociado contra el país, que tenía que ver con el remate de empresas públicas, evasiones de impuestos y un largo etcétera, estaban de alguna manera vinculados pájaros de alto vuelo como los exministros de Economía, Jorge Camet y Carlos Boloña, banqueros como Dionisio Romero y los Wiese, además de directores de las AFP todos ellos personajes intocables para la gran prensa de entonces.

Para nadie era un secreto que los políticos financiados por esos grupos de poder estaban dispuestos a sacar la cara por sus patrocinadores. Y que al fallar en sus intentos de silenciar a “La Gaceta”, debido al respaldo de los presidentes Ferrero y Pease, vieron llegada la hora de silenciar a La Gaceta con la venia de Flores-Aráoz.

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Meses después del cierre, Flores-Aráoz decidió echarme del Congreso. Afirmó que había desobedecido una de sus órdenes para modificar una nota que se publicó en la edición dominical de El Peruano. Precisamente me acusaba a mí que ya no tenía ningún trato con él desde hacer largos meses.

La orden se la había dado al entonces jefe de prensa, Carlos Chumán, pero yo era él que asumía la responsabilidad de un encargo a una tercera persona. 

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La cereza de la torta llegó cuando me enteré, por mi esposa, del arbitrario e injustificado cese. Flores-Aráoz la había llamado para darle la primicia. A mí nunca me dio una explicación.

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