Al gran JosĂ© Cheo Feliciano lo ha perseguido la confusiĂłn como una doble sombra bajo una doble Luna. Cheo naciĂł negro, crespo y unĂparo, pero la homonimia le ha regalado un siamĂ©s inverosĂmil: blanco, lacio, ciego y guitarrista. Esto no se hace. Han pasado años, ha pasado todo el tiempo, y Cheo no ha podido desprenderse del mellizo, que es el negativo blanco de un negro. Lo que ocurre es que uno y otro, otro y uno, son antĂtesis que se parecen demasiado: ambos se llaman JosĂ© Feliciano y son portorriqueños, cantantes y famosos.
A Cheo le toca vivir asĂ con la diaria, obstinada sorpresa de saber que JosĂ© Feliciano es Ășnico, aunque sean dos (su misterio no llega a trinidad, pero va cerca). «Crisis de identidad» llamĂł a esta maraña un psicĂłlogo cuyo nombre extrañamente se ha olvidado. ÂżQuĂ© dirĂa de todo esto don JosĂ© Ortega y Gasset, el de la cĂ©lebre sentencia «yo soy yo y mi circunstancia»? (Meditaciones del Quijote). No mucho; mĂĄs bien, Cheo corregirĂa: «Yo soy yo, el otro y las circunstancias de ambos». No importa cuĂĄnto hagan, los dos JosĂ©s vivirĂĄn reflejados en el farsante espejo de sus nombres hasta que ni la muerte los separe: «AquĂ yace JosĂ© Feliciano, el otro».
Sin embargo, ÂĄson tan diferentes! Para Cheo, JosĂ© es la antimateria del estilo. Cuando lo llama la sangre, Cheo sale a romper cueros con las manos pues siempre quiso ser bongocero y no cantante; en cambio, JosĂ© es un ciego de tĂmpano dorado, instrumentista que martilla prodigios sobre el yunque de aire de la guitarra. Cheo es una pantera de la selva afrocubana; JosĂ© rara vez entra en la rumba (sus parajes son el rock y la balada). Antaño, la voz de Cheo era profunda y seca, matizada e insinuante, de un timbre negro bellĂsimo que compartiĂł con viejos maestros del yaz; en cambio, la voz de JosĂ© es desesperada, ultrajada, azotada, acuchillada âcortante y agudaâ, ideal para exigir milagros (y lograrlos), y deshecha en quiebros, como la de un cantaor de las marismas sevillanas que rezase en el mar Caribe.
Cheo y JosĂ© han grabado boleros, mas Cheo es bolerista finĂsimo, elegante y, cuando los entona, se pone un esmoquin sentimental asĂ como Maquiavelo se vestĂa de gala para leer a los clĂĄsicos. En cambio, JosĂ© se curva hacia el bolero-venganza, puñalero, damnificado y resentido; de cĂĄrcel, cantinas y aserrĂn; de copas rotas y vidrios por doquier; de sangre para todos (si Shakespeare hubiera compuesto un bolero, JosĂ© Feliciano se lo habrĂa cantado); de traiciones increĂbles (pues lo son) y de un llanto atroz y adefesiero que âcual milagro eucarĂstico profanoâ brinda con un coctel de dolor, cerveza y lĂĄgrimas. En el bolero, Cheo cultiva la flor; JosĂ©, la cebolla. AsĂ pues, ya que se confunden tanto, podrĂan cantar a dĂșo Somos diferentes.
JosĂ© Luis Feliciano Vega, CheĂto el Grande, naciĂł en el barrio de Pancho CoĂmbre, en la sonera ciudad de Ponce, el 7 de julio de 1935. Lo acunĂł la pobreza, siempre atenta con los niños, y Cheo le correspondiĂł durante años, tan fino Ă©l. De joven, Cheo cumpliĂł con lo que todos esperamos del buen pobre: no andar codiciando los bienes ajenos. Claro estĂĄ, asĂ no se prospera, pero se da buen ejemplo âlo que realmente importaâ. AdemĂĄs, en Puerto Rico, con solo ir a la playa, todos se bañan en agua de colonia.
Siendo Cheo muy joven, lo llamĂł la fama, pero le dejĂł una direcciĂłn harto imprecisa: Nueva York, Barrio Latino, que es como el ParĂs de los modestos. AllĂ, en 1952, le saliĂł el diablo del cuerpo, y Cheo se arrimĂł a los grandes por si alguien le abrĂa una oportunidad a sus fieras tumbadoras; pero no fue asĂ. OĂdo que lo hubo cantar el gran Tito RodrĂguez, lo empleĂł como su reemplazo vocal en los demoledores recitales del Palladium, espantando la tristeza de quirĂłfano que exhibe todo escenario sin gente que lo baile. Siempre era de noche, y, siendo coronas del aire, las nubes se pasaban la voz, la gran voz de Cheo Feliciano. AsĂ, habĂa tanta electricidad en el aire que Cheo habrĂa podido venderla. El mismo Tito lo recomendĂł despuĂ©s como cantante para el Sexteto de Joe Cuba: «AhĂ estĂĄ Cheo, que canta chĂ©vere». Con ese grupo de bĂĄrbaros rumbones, Che permaneciĂł durante diez años (1957-1967), que fueron su escuela, su universidad y su desgracia.

La brusca aventura del Ă©xito lo acercĂł a las cuatro puertas que ya anunciaba Daniel Santos. Desbaratado por el desorden, Cheo se echĂł al jĂșbilo asesino de las drogas y terminĂł en el hospital y casi la cĂĄrcel; solo le faltaban la iglesia y el cementerio, pero al tercer año resucitĂł. En 1970 estaba de vuelta enseñando quiĂ©n manda aquĂ y dando lecciĂłn de soneo absoluto. En 1971 grabĂł el admirable disco de larga duraciĂłn JosĂ© Cheo Feliciano (con «Anacaona», «Paâ que afinquenâŠÂ») con un conjunto de alta joyerĂa y entonĂł asĂ su renacimiento:
«Como silencio guardé, cantaron otros soneros librando los nueve ceros que una vez les dediqué».
Dos años despuĂ©s, Cheo lanzĂł otro disco terminante: Con una ayudita de mi amigo (el generoso cartero-compositor Catalino Tite Curet Alonso), definitiva baraja de boleros y guaguancĂłs. Ambos discos le hubieran valido, solos, una doble eternidad, pero, en 1972, Cheo se alzĂł a una de las cumbres de la mĂșsica romĂĄntica cantada por un hombre. Si hay un disco de boleros como una lluvia de luna y que rebasarĂĄ la cuesta del siglo, ese ha de ser La voz sensual de Cheo porque los diez temas que incluye son tan absolutamente perfectos que girarĂĄn en el eje del tiempo como un rosario de astros. Sin embargo, hay que decirlo todo.
A fines de los años 70, Cheo Feliciano comenzĂł a perder su voz esplĂ©ndida; pero fue ya tarde para el fracaso porque la lenta agonĂa que empezaba nunca disolviĂł de la memoria al Ășltimo sonero del siglo: al que âtigre en el guaguancĂł y señor en el boleroâ habĂa logrado la extraña arquitectura de meter la esquina rumbera en el salĂłn. El Cheo eterno es ese: furor caliente y elegancia; descargas tremendĂsimas con el loco de Joe Cuba y violines suntuosos con el maestro Jorge Calandrelli.
HabrĂa que trepar muy alto en el ĂĄrbol de la sabidurĂa para encontrar las ramas de donde emergiĂł Cheo. Una es Tito RodrĂguez, el mismo que pasaba del rumbĂłn violento Chen-cher-en gumĂĄ al bolero e himno Inolvidable, como quien cambia de mano un cigarrillo. Otra rama es Benny MorĂ©, Jano de la mĂșsica caribe, con una cara negra para las noches de Ăfrica que aĂșn golpean en Babarabatiri y una cara mestiza para ÂĄOh, vida!, el bolero cĂĄlido, lento y rumoroso. «Para quedar, un libro basta», ha dicho Ernesto Sabato. Cheo quedarĂĄ tres veces para siempre con tres discos soberbios: es un clĂĄsico.
OjalĂĄ que el siglo XXI nos traiga alguien que alcance a Cheo y que nos rescate del naufragio espeso de tantos hijastros de papĂĄ (Iglesias-Iglesias, FernĂĄndez-FernĂĄndez [1], etcĂ©tera). Cuando un gigante pierde la voz, no se dan el trabajo de buscarla. En fin, pasĂł la era de los dinosaurios; ahora sufrimos el minuto de las lagartijas. Que el ĂĄngel de la mĂșsica no nos abandone. AsĂ serĂĄ pues el bolero nos ama. No puede evitarlo: es un sentimental.
âŠ.
[1] Hablando del reino animal, no olvidemos a los FernĂĄndez, el «Potro» y el «Potrillo»: por definiciĂłn, par de animales. Ahora tambiĂ©n «canta» el nieto de esta dinastĂa en degradĂ©; o sea, nos caen el padre, el hijo y el nieto; es decir, el Potro, el Potrillo y el Despotrico. ÂĄCuĂĄn mal rebuznan! DeberĂan colgarlos de sus cuerdas vocales. Sin embargo, no desesperĂ©is: ya entrarĂĄ a tallar el Comando Daniel Santos de LiberaciĂłn Musical.









