A sus 22 años, la actriz hongkonesa Natalie Hsu camina por Cannes con una mezcla peculiar de fascinación y cautela. Fascinación por el paisaje de la Costa Azul —“esas nubes largas y finas, como algodón de azúcar”, comenta entre risas— y cautela cuando la conversación se aproxima a la realidad política que hoy condiciona inevitablemente cualquier discusión sobre Hong Kong. Entre ambos extremos se mueve una intérprete que, en apenas seis años, ha pasado de debutar en un musical juvenil a convertirse en una de las figuras emergentes más interesantes del cine asiático contemporáneo.
Hsu debutó en 2020 con The Day We Lit Up The Sky, papel que le valió el premio a mejor actriz revelación en el Tokyo International Film Festival. Después llegarían las nominaciones como mejor actriz en Hong Kong por Last Song For You y My First of May, consolidando una carrera temprana pero sorprendentemente sólida. En el Cannes Film Festival, donde participa en actividades paralelas, habla con rapidez, piensa cada respuesta y transmite una lucidez poco habitual para alguien de su generación.
“Me gustaría volver cuando no haya festival”, comenta. “Todo aquí es precioso, pero hemos trabajado tanto que apenas hemos podido ver películas”. Su deseo cinéfilo es sencillo: regresar una semana después del cierre oficial, cuando la ciudad recupere el silencio y el cine vuelva a ocupar el centro de todo.
La pregunta inevitable aparece pronto: ¿debe una actriz asiática modificar su forma de actuar para conectar con el público europeo? Hsu rechaza esa idea con firmeza. Recuerda una proyección en el Far East Film Festival donde varias adolescentes italianas se acercaron emocionadas después de verla en pantalla.

“Pensé que quizá no entenderían nuestra película o nuestra sensibilidad”, admite. “Pero les había emocionado muchísimo. Ahí entendí que el cine atraviesa idiomas, culturas y edades”.
La actriz forma parte de una nueva generación del cine hongkonés que intenta redefinir una identidad históricamente asociada, sobre todo en Occidente, al cine de acción y a figuras como Jackie Chan. Para Hsu, la industria atraviesa ahora otra etapa: una inclinación creciente hacia el realismo social, a menudo sombrío y políticamente cargado.
“Se están haciendo muchas películas muy pesadas”, afirma. “No está mal, pero quizá nos estamos tomando demasiado en serio”. Luego añade algo que suena casi contracorriente en el panorama actual: “Echo de menos películas más ligeras. Comedias románticas, historias luminosas. Sería refrescante”.
La conversación se vuelve más tensa cuando aparece la cuestión política. Preguntada sobre si aceptaría un papel relacionado directamente con el conflicto entre Hong Kong y China, Hsu guarda silencio unos segundos antes de responder: “No creo que pueda contestar eso”. Después sonríe con cierta incomodidad: “Terreno peligroso”.
La evasiva funciona menos como una negativa que como el retrato de toda una generación de artistas obligados a trabajar dentro de un equilibrio delicado: conservar una voz propia sin exponerse demasiado. En Cannes, donde el discurso sobre la libertad creativa suele ocupar un lugar central, ese silencio resulta tan elocuente como cualquier declaración explícita.
Cuando la conversación vuelve a la interpretación, Hsu recupera inmediatamente la seguridad. Explica que varios de sus personajes recientes estaban embarazados, una experiencia que considera especialmente compleja porque implica emociones físicas y psicológicas imposibles de comprender del todo desde fuera.
“Es algo que parece universal, porque todos venimos de una madre, pero hasta que no intentas interpretarlo no entiendes la cantidad de capas emocionales que implica”, explica. Algunas de esas mujeres debían renunciar a sus hijos; otras abortaban. “Cada una cargaba con un dolor distinto”.
Entre sus referencias actuales menciona a la actriz china Xin Zhilei, a quien admira por su resistencia física y emocional frente a la cámara. Pero el cineasta del que realmente habla con entusiasmo es Ken Loach.
“Sus películas parecen documentales”, dice. “No necesitas música para emocionarte. Todo parece real”. Le fascina especialmente la forma en que Loach trabaja con actores no profesionales y cómo la cámara parece limitarse a acompañar la vida. “Termino llorando siempre”, reconoce.
La escena final resume bastante bien el momento que atraviesa Natalie Hsu: una actriz joven, internacional, todavía lejos del estrellato global pero plenamente consciente del lugar que ocupa. Entre el peso político de Hong Kong, la transformación del cine asiático y el deseo íntimo de seguir haciendo películas humanas, pequeñas y honestas. En Cannes, donde tantas carreras nacen convertidas en promesa y terminan absorbidas por la industria, Hsu todavía conserva algo poco común: curiosidad.








