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Este artículo es de hace 3 años

Homenaje a Veguita, el hombre de los libros y las polillas

El librero delivery Jorge Vega, Veguita, logró vivir de la venta de libros ajenos. Murió, el 28 de enero del 2013. La bella utopía de Veguita consistía en vivir creyendo que solo una montaña de libros salvará al Perú.

Paco Moreno
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Podo mi biblioteca en estos días de sol de enero y me llama la atención un ejemplar de la revista “Caretas”. Leo una anotación, en esos papelitos de colores, pegada en la portada: “Veguita, Gustavo Gorriti”. Abro la publicación y encuentro un subrayado. Es una cita que Gorriti hace de una conversación añeja que tuve con Veguita: “En la entrevista que dio a Paco Moreno en 2008, Veguita aclaró que en su pasado no podía hablar propiamente de una rutina sino de una putina”. “Veguita, rutina, putina, libros, 2008”, digo y empiezo a llenarme de recuerdos. Lo encontré un martes de diciembre en la noche. Hablamos hasta la madrugada. El miércoles fuimos a La Herradura, playa donde Johnny Flores lo hizo posar desnudo. Estaba entero, pero se murió cinco años después. Aquí aquella entrevista del 2008:

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Entro en el bar Croata del Centro de Lima y Veguita está ahí, solo, en una mesa de cuatro, acompañado de una elegante copa de pisco y unos libros clásicos. La noche del martes está a punto de convertirse en la madrugada del miércoles. Mi búsqueda infructuosa de la semana ha terminado.

—Don Jorge, por fin lo encuentro.

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—¿Acaso me había perdido?

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—Claro que no. Ocurre que quiero hacerle una entrevista.

—¿Con qué perversas intenciones?

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—Bueno, como para que sus amigos lo recuerden.

—¿Acaso me han olvidado?

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—…

Quedan pocos clientes en el Croata. Se oyen algunas voces mareadas; cerca de aquí, unos jóvenes discuten ante unas botellas de vino vacías; afuera, la noche tontea, un grito se apaga, un claxon perturba.

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Emilio, cuasidueño del Croata, quien también hace de mozo a estas horas, está apurado, quiere irse. Tomo asiento y me dan ganas de tomarme el pisco de Veguita, pero pido una cerveza.

—¡Ya estamos cerrando! —grita Emilio, con el ceño fruncido, con ese rostro del cómico “Miguelito” Barraza enojado. Entonces, Veguita lo mira con una de esas caras que abren todas las puertas.

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—¿Helada o sin helar? — pregunta Emilio.

Veguita espera mis preguntas, como si aguardara una pelota de tenis en la cancha opuesta para devolverme respuestas ingeniosas. Me mira con esos ojos claros, se arregla sus cabellos canos, y unas arrugas pecosas se mueven en su frente. Me quedo callado. Él bebe su pisco; yo tomo mi cerveza. Busco mis apuntes.

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—He leído por ahí que le han inventado un epitafio…

—”Comerán los gusanos lo que dejaron las polillas”.

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—Pero hay otro…

—¡Ah!, es un tanto filosófico: “He despertado de una horrible pesadilla: la vida”.

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BOHEMIO

Siempre alejado de una vida común, Veguita “ha logrado lo que no han logrado los escritores peruanos: vivir de sus libros”. Es un bohemio militante, amante de la vida y la cultura. Lima debería hacerle una estatua; sin embargo, él es ya una estatua en vida, una vida (plena, cálida, feliz). Veguita, librero acuático; no exitoso ni famoso, sino prestigioso.

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Veguita, hombre culto, que cultiva el humor y las palabras con una dedicación de monje. Veguita, el aliado de los aliados de los libros. Veguita, el que no tiene clientes, sino grandes amigos. Bohemio, amigable y curioso, Veguita sigue en lo suyo, buscándole el libro precioso al amigo preciso, como para intentar cambiarle la vida.

La bella utopía de Veguita consiste en vivir creyendo que solo una montaña de libros salvará al Perú. Se ha ganado el apodo de “Sobaco Ilustrado”, por su afán de llevar bajo el brazo libros a las redacciones de diarios y revistas a cambio de ideas y algunos billetes que suele arrugar en el bolsillo.

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“Lucho contra la televisión y la Internet, que le están quitando a la gente la facultad de expresarse con las palabras. Cada día usan menos vocablos”, dice.

—¿Cree que la Internet terminará con los libros?

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Imagino que la tecnología nos regalará un programa donde podamos ver libros completos en la pantalla, quizá con los mismos diseños y hasta con polillas. Sin embargo, jamás podrá logar el placer que da leer un libro impreso.

PERIODISTA CANSADO

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Hacia 1952, en el diario “Última Hora”, escribía con una pereza increíble. Fue un periodista cansable. Solo una carilla diaria, es decir, como veinte líneas en Word y solo sobre tenis, natación y algunas cositas más (sobre los llamados “deportes blancos”). “Fui el periodista más conchudo de la tierra, flojísimo, y por eso y otras cosas, cierto día, decidieron sacarme. Ese día fue el día más feliz de mi vida”.

—¿Es verdad que el trabajo no lo quiere?

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—No sé. Pero a mí me encanta el trabajo; por eso, me pasaría horas y horas viendo cómo lo hacen.

—Después de “Última Hora”, entró en “El Peruano”.

—Sí, de corrector. Mi tragedia es haber corregido en “El Peruano” y no haber corregido al Perú.

BORGES, EL MALDITO

Entre los libros sobre la mesa hay uno de Jorge Luis Borges, de pasta gruesa y amarilla: Nueva antología personal (Club Bruguera). Es curioso. No existe periodista, escritor o lector que sea bueno y que no admire a Borges. Veguita sí que admira a Borges. Veguita empieza a hablar sobre el autor de esa maravilla que es Historia universal de la infamia como quien habla del amigo de la cuadra.

“Borges es una mezcla de talento, inteligencia y maldad. Ha escrito cosas geniales. Escucha: ‘Como todos los hombres de la Biblioteca he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono donde nací’”. Escucho a Veguita, asombrado por su memoria prodigiosa, y lanzo:

—Siempre lo acusaron de tener buena memoria.

—No creas, ahora tengo el mal del Alzheimer… Me voy olvidando de las deudas.

Deseo hacerle más preguntas y me interrumpe porque quiere seguir hablando de Borges. Intento, pero no puedo imaginar en qué cosas pensaba Veguita cuando era el periodista más flojo de la redacción de “Última Hora”. “Borges ha escrito quizá los versos sobre el amor más hermosos del mundo: ‘Y yo que he sido tantos hombres / no he sido aquel en cuyos brazos / desfallecías’”, recita.

Emilio, el “Miguelito” Barraza del Croata, escucha atento la conversación. Se le ha olvidado que tenía que cerrar. Veguita le pide otra copa de pisco y Miguelito, digo, Emilio, accede de buena gana.

—¿De dónde le viene ese humor tan especial?

—Seguro que de mi padre. Él fue, además de ingenioso, un gran pisquero, por esas cuestiones de la vida, cuando tomaba pisco, siempre exigía: “Pásame un vaso de whisky para enjuagarme la boca”. En el barrio, cuando veían a mi padre, decían: “Ahí sale el señor”; y después de unas horas: “Ahí traen al señor”.

LAS MUJERES DE MI VIDA

Dicen que, para cultivar el humor, no el chiste ni la broma, hay que poseer cultura, haber leído libros y mirar dos veces. El humor es un trabajo de la inteligencia que no pretende arrancar una carcajada, sino una elegante sonrisa; es un regalo que te hace pensar en las cosas bellas que se pueden hacer con las palabras, con el ingenio. El humor de Veguita es disfrute total y, gracias a ese talento, tiene una gran colección de amigos ilustres. No mencionemos a los vivos porque ya imaginamos quiénes son. Recordemos a los que se fueron. Menciono a un poeta, y Veguita dice:

—”¡Ah, el poeta Juan Gonzalo Rose!”, gran amigo mío. Él sí era poeta de verdad, no como otros que son… (censurado).

—¿Fue el periodista Mario Campos quien decía que usted es un hombre de libros y polillas?

—Sí, fue ese gordo maravilloso. Es que yo, en alguna etapa de mi vida, en la juventud, era un asiduo enamorador y visitante constante de aquellas chicas que te alegran la vida a cambio de lo que me faltaba en esos tiempos. ¡Ay, las polillas!

—¿Quién es la mujer que le ha hecho perder la cabeza?

—Pese a que soy ateo, algunas mujeres me han llevado al infierno. Me han quemado.

—¿No cree usted en Dios?

—Yo no creo en él y él tampoco cree en mí. Cierto día tuve una discusión airada con un amigo creyente. Fue una discusión muy fuerte. Recuerdo que yo le dije: “No puedo creer en alguien que haya creado alguien como tú”.

—Volvamos a Mario Campos.

—Cierto día llegó Mario Campos y me dijo: “Mi vida pende de un hilo, compadre”. “Córtalo, pues”, le contesté. Campos fue un gran tipo, lo recuerdo mucho cuando decía: “Espero que nunca mueras, pero sí que sufras mucho”.

—¿Se arrepiente de algo que hizo en estos más de 70 años de vida?

—No me arrepiento de nada. Ni siquiera de lo que no hice.

SIEMPRE EL MAR

La rutina de Veguita (antes era putina, aclara) consiste en faltar casi nunca a la playa de La Herradura. Una reportera de televisión le preguntó cierto día: “¿Por qué le gusta tanto el mar?”. “Es que es más elegante estar en el mar que estar en el trabajo”, respondió.

Ahora, tarde de miércoles, lo tenemos frente al mar, haciendo sus rituales para ir hacia él. “Entrar en el mar es como volver al principio, al líquido uterino en el cual se nada nueve meses”. Veguita conoce el mar más que a las palmas de sus manos. Se coloca tapones en las orejas, mira el sol, busca su espacio y se mete al agua como quien entra en su casa.

Otrora militante de la Juventud Comunista; gran lector, sobre todo de los clásicos; enamorador de mujeres y enamorado de la vida y sus pasiones; Veguita siempre estará ahí cada vez que uno necesite conversar con un amigo. Veguita, de tanto leer, es ya un libro grandioso.

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Paco Moreno
Director periodístico de EL PERFIL
Nació en la provincia ayacuchana de Cangallo, el 7 del 7 del 77. Llegó a Lima antes de cumplir los...
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