El artista argentino, fundador y director del primer museo español dedicado exclusivamente a la luz como expresión artística, explica cómo convirtió su experiencia en grandes conciertos y espectáculos en un recorrido inmersivo donde el visitante se convierte en protagonista.
La luz puede transformar un espacio, alterar nuestra percepción de las dimensiones y despertar emociones sin necesidad de palabras. Sobre esta idea se construye el Museo de la Luz de Madrid, un espacio cultural que ha convertido un elemento cotidiano en el protagonista absoluto de una experiencia artística y sensorial. Su creador, el argentino Maxi Gilbert, defiende una concepción del arte en la que la tecnología no constituye un fin en sí misma, sino una herramienta para provocar sensaciones y establecer una relación directa con el espectador.
Inaugurado el 22 de marzo de 2024, el museo está situado en el número 2 de la calle Segovia, entre La Latina y el Madrid de los Austrias. Sus trece espacios reúnen instalaciones interactivas, esculturas lumínicas, proyecciones y paisajes digitales que invitan al público a experimentar con el color, las sombras y los efectos visuales. Se presenta como el primer museo de España que utiliza la luz como único medio de expresión artística.
Detrás del proyecto se encuentra un profesional con una extensa trayectoria en el entretenimiento audiovisual. Gilbert ha desarrollado trabajos vinculados a artistas internacionales como Daft Punk, Muse y The Cure, además de participar en festivales musicales, espectáculos de moda y acontecimientos culturales relacionados con instituciones como el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza y la Galería de las Colecciones Reales.
Sin embargo, su ambición iba más allá de crear instalaciones destinadas a desaparecer después de un concierto o un festival. Quería un espacio permanente donde la luz pudiera explorarse como un lenguaje artístico independiente.
«Durante años creé instalaciones para eventos y festivales, y veía que el público disfrutaba mucho con ellas. Después de exponer en iniciativas como LuzMadrid, pensé que esas obras podían tener un espacio propio y permanente, en lugar de aparecer solo durante unos días».
El artista recuerda que, aunque los museos tradicionales podían incorporar piezas de light art, echaba en falta un recorrido completamente dedicado a este lenguaje. La dificultad no consistía únicamente en reunir distintas obras, sino en conseguir que el propio edificio participara en la experiencia.
«La luz no se limita a iluminar una sala: puede modificar cómo percibimos sus dimensiones, sus límites y nuestro propio cuerpo».
Por eso, cada instalación debía mantener una identidad propia y, al mismo tiempo, integrarse en un recorrido continuo capaz de sorprender al visitante.
De los grandes conciertos a una experiencia íntima
La trayectoria de Gilbert en el mundo del espectáculo ha influido directamente en la concepción del museo. Acostumbrado a trabajar con grandes escenografías, música y montajes audiovisuales, trasladó a este proyecto elementos que considera fundamentales: la dramaturgia, los cambios de ritmo y la construcción de atmósferas.
«En un concierto, la luz dialoga con la música y con quien está en escena; en el museo, dialoga con el espacio y con cada persona que lo recorre».
Esta diferencia marca también una nueva relación con el público. Mientras que en un espectáculo musical los asistentes contemplan una puesta en escena colectiva, en el museo cada visitante puede construir su propia experiencia. El recorrido es libre, no requiere guía y permite detenerse ante las instalaciones para observar cómo cambia la percepción según la posición o el movimiento. La visita tiene una duración máxima de una hora.
Gilbert insiste en que la complejidad tecnológica nunca debe imponerse sobre la dimensión emocional de una obra. Aunque algunas instalaciones utilizan sistemas sofisticados, otras encuentran su fuerza expresiva en elementos aparentemente sencillos.
«Una instalación puede ser técnicamente muy compleja, pero eso no garantiza que llegue a emocionar. Primero pienso qué quiero que sienta o imagine el visitante; después busco las herramientas para construirlo».
Para el creador, el color, la intensidad, las sombras y el ritmo pueden resultar tan importantes como cualquier dispositivo tecnológico. Lo esencial es conseguir que el visitante deje de percibir la luz como un simple efecto decorativo y descubra su capacidad narrativa.
Cuando la luz consigue tocar al espectador
Uno de los principales desafíos de este tipo de arte reside precisamente en su naturaleza intangible. A diferencia de la escultura o la pintura, la luz no puede tocarse físicamente, pero sí puede modificar la relación del individuo con su entorno.
Gilbert considera que el cuerpo desempeña un papel fundamental en esa conexión. Caminar, detenerse, observar una sombra o descubrir un cambio de color forman parte de una experiencia que no necesita una interpretación única.
«No busco explicar la luz de una única manera. Prefiero crear las condiciones para que cada persona conecte con ella desde su propia sensibilidad».
Esa filosofía también explica por qué el museo propone una experiencia participativa, en la que los visitantes dejan de ser observadores pasivos. La intención es que descubran cómo una instalación puede cambiar según su propia percepción.
«Cuando alguien deja de preguntarse cómo está hecha una instalación y simplemente se permite vivirla, la luz ya ha encontrado una forma de tocarle».
Un museo que también quiere enseñar ciencia
El proyecto ha ido incorporando una dimensión educativa cada vez más importante. En julio de 2026, el Museo de la Luz presentó nuevas instalaciones interactivas y un enfoque didáctico destinado a explicar fenómenos como la teoría del color y las ilusiones ópticas mediante la experimentación directa.
La propuesta busca acercar conceptos científicos a públicos de distintas edades sin abandonar su carácter artístico. El museo también ofrece visitas escolares y actividades para grupos, combinando entretenimiento, tecnología y aprendizaje.
Para Gilbert, esta vertiente pedagógica constituye una de las líneas de desarrollo más interesantes del proyecto. Su intención es despertar la curiosidad de los jóvenes y mostrar que detrás de cada efecto luminoso existen conocimientos técnicos, decisiones creativas y posibilidades expresivas.
«Me gustaría que el museo siguiera siendo un lugar de experimentación y que pudiera dar cabida a más artistas, propuestas temporales y actividades para públicos diferentes».
El futuro: instalaciones que respondan al visitante
El crecimiento del arte inmersivo y la aparición de nuevas herramientas tecnológicas abren posibilidades para los próximos años. Sin embargo, Gilbert evita identificar la innovación con la simple incorporación de dispositivos más avanzados.
Su interés se dirige especialmente hacia las tecnologías capaces de establecer una relación más directa entre la obra y el público. Imagina instalaciones en las que las acciones del visitante puedan modificar la respuesta lumínica y generar experiencias diferentes.
«Me atrae cualquier herramienta que amplíe las posibilidades de interacción y permita que la respuesta del visitante influya en la obra».
Sin embargo, advierte que la novedad tecnológica por sí sola no justifica su utilización.
«No quiero incorporar tecnología solo porque sea nueva. La elegiría cuando ayude a crear una experiencia más expresiva, sensible o sorprendente».
Esa filosofía resume la identidad del Museo de la Luz de Madrid: un lugar donde los avances técnicos conviven con una aspiración artística profundamente humana. Para su fundador, el verdadero éxito no consiste en impresionar al visitante con un despliegue de efectos visuales, sino en conseguir que una experiencia construida con algo tan intangible como la luz permanezca en su memoria.








