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Este artículo es de hace 6 años

Mi primer barrio & Rubén Blades

Aquí caminé una y otra vez, jugaba con mi primo Hilde y los chicos palomillosos de la quinta.

EL PERFIL
Por EL PERFIL
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Existe un lugar en Lima que resiste a borrarse de mi memoria. Es el barrio al que llegué, a fines de los 70, desde la sierra de Piura. La alucinante travesía de pequeño migrante que dejó su pueblito de dos plazas, iglesia con campanario y pocas calles (todas con nombres de héroe), en los confines del Extremo Norte, concluyó en Ciudad y Campo, barrio bullente y polvoriento crecido en las faldas del cerro Santa Rosa, ese apu vecino al San Cristóbal, atestado de viviendas sin tarrajear, interpuesto entre el Rímac y San Juan de Lurigancho.

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Es el barrio del Estadio Alejandro Villanueva. El de la Línea 22, que venía desde la Pampa de Amancaes y aparecía, traqueteante, por la avenida El Sol a José Santos Chocano, con su chiminea de dióxido de nitrógeno. Desde la ventana del Interior C, en el tercer piso de la quinta donde viví, la veía perderse rumbo a la avenida Alcázar, con destino final a La Parada, como intuía por los letreros de ese artefacto blanquiazul que cuando pasaba hacía retumbar el asfalto.

Ese barrio también es el de la vieja casona, hoy un horripilante condominio, que habitó Rosita Ríos, la mítica matrona que, con sus viandas criollas, hizo chuparse los dedos a presidentes, políticos de todas las tiendas o a artistas de televisión, que llegaban hasta su fonda, en el número 100 de El Altillo (hoy avenida Avenida Cajatambo).

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En este barrio, que caminé una y otra vez, jugaba con mi primo Hilde y los chicos palomillosos de la quinta (El Chato Juan, su hermano Henry, Cheche, el Loco Rómulo, entre otros) a los piratas, en la Biblioteca Pública. La arquitectura pretenciosamente futurista del inmueble simulaba un enorme barco encallado en el desnivel que divide Ciudad y Campo, El Manzano y La Florida.

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Allí también jugábamos a las chapadas, lingo o canga. Con nuestro cochecito de madera y rodajes, aprovechábamos la bajadita de la acera para rodar hasta sacarnos la entreputa. Este es el barrio por cuyas calles paseaba en bici con Sarita o me cruzaba con una niña, Allison, del María Parado de Bellido. Siempre estaba con una galonera de querosene. O con la bolsa del mercado. Toda aquella época tenía una música especial. “With a Little Luck” de Paul McCartney o “Heridas de amor” de Nazareth. Pero, sobre todo salsa: Fruko y sus Tesos, Héctor Lavoe, El Gran Combo. Recuerdo haberme colado a los tonos de mis hermanos mayores y verlos rumbear con “El preso”. En el mundo en el que yo vivo/ siempre hay cuatro esquinas/ pero entre esquina y esquina/ siempre habrá lo mismo…

Los guateques eran imparables en Ciudad y Campo. Hay, sin embargo, un LP de a finales de esa década que está en el soundtrack de mi adolescencia. Es Siembra, de Willy Colón y Rubén Blades, álbum que la factoría Fania avaló sin mucho convencimiento. Resultaba raro que crónica sobre un malandro de esquina como Pedro Navaja sonara en todas las radios de entonces. No era música para bailar. Recuerdo clarito a Henry, poniendo en el tocadiscos ese disco que, en su primer surco, contaba la historia de una pareja plástica. Poesía urbana, qué más. “Usa la conciencia latino”, decía Blades.

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Eso era: salsa de conciencia, aquella que los intelectuales arrebataron al lumpenproletariado de los barrios de Latinoamérica, como Ciudad y Campo. El panameño había recalado en los Yores Staites a fines de la década anterior y probaba suerte en La Gran Manzana. Lo había intentado con El Rey del Boogaloo, Pete Rodríguez (no El Conde), con quien graba “Juan Gonzales”, la historia de un guerrillero tiroteado por militares (estaba aún fresco el recuerdo del Che Guevara). Logra más notoriedad como vocalista del conguero Ray Barreto, El Rey de la Manos Duras, en el LP Barreto.

Allí comparte la voz con el exSonora Ponceña, Tito Gómez, y, entre los tres, arman un bochinche inimaginable. Siembra marcará un antes y un después, pues Blades rompe todos los preceptos de la salsa habidos hasta entonces. Esta música de conciencia e intelectual sería más evidente con Maestra Vida (1980) y Buscando América (1984). Cuando esto último pasó, yo ya había dejado mi quinta de Ciudad y Campo, barrio al que siempre vuelvo como un fantasma para recoger mis recuerdos.

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