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Lo que pasa ahora

Chile de Allende y la debacle de la izquierda

Hay una derecha en acción. Queda por ver si la potencia de “apoyo” de Estados Unidos a futuro podrá resucitar el programa económico ultraliberal de los Chicago boys, la Caravana de la Muerte que persiga hasta la tumba a los opositores dentro y fuera del país y la carnicería del Estadio Nacional de Santiago.

Lucas Lavado
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El vecino del sur, después de medio siglo del derrocamiento del presidente Salvador Allende, está polarizado por la división y crispado por la falta de horizonte. Cantado desde el inicio por sus favorecedores y entendidos que no tardaron en describirlo como un hecho irreversible. No podía ser de otro modo tratándose de los designios de poder del Norte en manos de Nixon asesorado por Kissinger. Las encuestas a la medida de los tiempos hoy salen a mostrar “opiniones” que justifican los acontecimientos.

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Salvador Allende no era un improvisado. Participó en la fundación del Partido Socialista de Chile en el que permaneció toda su vida. Fue su secretario regional en Valparaíso entre 1937 y 1939, contribuyó en la fundación del Partido Socialista de Chile en 1933. Fue electo diputado en las elecciones parlamentarias de 1937. El tres veces candidato llegó a la Moneda con Unidad Popular y derrocado el 11 de septiembre de 1973 mediante un golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet. Se frustró así el proyecto socialista del vecino país que hoy es testigo de cómo un partido esforzado y formado por dirigentes de cierta cultura política confronta su dramático declive.

Después de las experiencias poco afortunadas Bachelet en la tarea profundizar el trabajo político de fortalecimiento de bases y cuadros dirigentes capaces de convocar voluntades, hoy confronta dificultades insalvables. Los vericuetos del presidente actual, totalmente descolocado, transmite una señal por demás clara de la existencia ineludible de la división social en Chile. División en curso flanqueada por la extrema derecha y los conservadores de todas las variantes que se han activado después del fracaso de la primera convención constitucional. Todo, en un sistema social movedizo que debilita más el poder político del presidente Boric carente de apoyo parlamentario, entrampado en el desentendimiento con la opinión pública.

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Queda para la historia que el 11 de septiembre de 1973 se produjo un golpe de Estado encabezado por el general Augusto Pinochet consumado mediante el bombardeo del palacio presidencial La Moneda ocupado por el presidente Salvador Allende. Un socialista elegido en 1970 quien se suicidó durante el asalto que puso fin a sus tres años de Gobierno. Produciendo el exilio de 200,000 personas y entre los quedaron 28,000 opositores torturados.

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El Ministerio de Justicia dio cuenta de que durante la dictadura hubo 40,179 víctimas entre asesinados, desaparecidos, presos políticos y torturados, tal como establecieron dos comisiones de la verdad. En medio del inmenso poder de Washington llevado por el temor de la instauración de un gobierno comunista. Historia escrita de las dictaduras sudamericanas.

Hasta hace poco, un supuesto generalmente admitido era que en el vecino país existen partidos políticos de izquierda capaces de articular un movimiento y un modelo a seguir para darle rumbo a los partidos progresistas. No ha sido así, en cambio se pueden leer datos, imágenes, crónicas, desconciertos y un movimiento que fue de avanzada más arrinconado que nunca.

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Desprovisto de alternativas de futuro, sin programa a la vista e incapaces de movilizar a la población hacia políticas que signifiquen reivindicación de los derechos de las mayorías. Sin aliento para articular un marco de ideas movilizadoras y programas que convoquen unidad. Se trata de analizar constataciones dejando especulaciones.

Se ve una respuesta tibia sin altura histórica. El documento titulado Compromiso: Por la Democracia, siempre firmado por el presidente actual Gabriel Boric y los cuatro exmandatarios vivos en orden de sucesión Eduardo Frei Ruiz-Tagle (1994-2000), Ricardo Lagos (2000-2006), Michelle Bachelet (2006-2010 y 2014-2018), y Sebastián Piñera (2010-2014 y 2018-2022) no es un muro de contención a lo que se avecina.

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Lo que pudo ser, tal como pensaba el presidente Boric, era una carta común titulada Compromiso de Santiago a fin de plasmar el repudio al alzamiento militar que puso fin al Gobierno de la Unidad Popular sin olvidar las graves violaciones a los derechos humanos. El presidente reculó en forma frente a un temor evidente y el desconcierto. Con el que su gobierno ha intentado sin éxito empujar una carta. Alejando un poco más la posibilidad de “preservar y proteger esos principios civilizatorios de las amenazas autoritarias, de la intolerancia y del menosprecio por la opinión del otro”.

Cualquier análisis político con la mirada puesta en los hechos, la información objetiva y el horizonte de la historia, lleva a pensar que este cambio de época no es alentador para las izquierdas, cuando asistimos a la emergencia de un mundo bipolar y al declive del poderío norteamericano.

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No importa que las encuestas responsabilicen en primer lugar a l presidente Salvador Allende (39, 9%) y en segundo lugar a los comandantes en jefe de las fuerzas armadas (solo el 30, 6%). Así aparece la “construcción” sociológica, histórica y “científica” de la verdad. Opinión que ocupa el centro de las noticias de estas horas. Así andamos y como se confirma a cada paso la historia la escriben los que ganan.

Queda por ver si la potencia de “apoyo” de Estados Unidos a futuro podrá resucitar el programa económico ultraliberal de los Chicago boys, la Caravana de la Muerte que persiga hasta la tumba a los opositores dentro y fuera del país y la carnicería del Estadio Nacional de Santiago. Persiste en la memoria Orlando Letelier asesinado en Washington en 1976 por la policía política de la dictadura. Que no se cumpla el cuento de recuerdos del futuro.

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Lucas LavadoColumnista de EL PERFIL
Profesor en Filosofía y Ciencias Sociales. Magíster en Docencia Universitaria y Doctor en Ciencias de la Educación. Ha editado más...
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