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Este artículo es de hace 2 años

Mi hermana ha muerto

Doris Bayly, voy a dedicar a tu memoria, a lo que me diste, una vida correcta y llena de amor. Porque fue eso lo que tú me enseñaste.

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Nunca entendí cómo era eso de perder el cuerpo y con él la vida, sino hasta cuando lo perdí y me quedé postrada, amarrada a pastillas y a palizas médicas para resucitar después, a tu lado. 

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Escribía poemas en mi piel y en el calendario. Te los leía. Me llamabas. Me llamaste siempre. Sin importar la diferencia horaria, sin importar nuestras coordenadas, sin importar el dolor de por medio, siempre supiste lavar mis heridas mil veces. 

Me enseñaste a amar el agua, a perderle miedo al mar. Me enseñaste a ser adulta despacio, sin prisa, sin atolondramiento. Me enseñaste como lo hace una hermana y me dijiste “hermana”. Tantas veces “hermana”. Y yo me sentí cubierta. Me sentí como si la hemorragia de pena que he tenido dentro de tanto tiempo, se volviera océano vivo lleno de criaturas salvajes, felices, buceando. Me hice mejor persona a tu lado.

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Siempre sutil, delicada, elegante. Dueña de un sentido del humor envidiable. Siempre fuiste una caligrafía fluida y poderosa. Siempre fuiste esquiva a las cámaras, a las fotos; esquiva a las miradas ajenas. Siempre has sido como un atardecer en el norte. Doris, venciste al cáncer con tanto estilo, con tanta belleza. Doris, fuiste y eres, y siempre serás, mi hermana. La persona más generosa e inteligente que he conocido, la persona que me dio todo el amor que pude haber necesitado y que me dio más aún cuando no lo merecí, cuando no me sentí persona, cuando no me creí digna de compasión. Fuiste y eres quien me enseñó a levantar la cabeza y a seguir, siempre, con el corazón abierto. 

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Nos conocimos hace trece años cuando se cruzaron nuestros caminos. Acabé jugando básquet en tu casa con los niños, que ahora son tan grandes. Un día te llevé un conejito, y le pusieron Pirata. Otro día me invitaste un helado. Otro día te mostré una medalla y te la dejé ahí, para que tuvieras algo mío. He cuidado tus pasos como cuidaste los míos. Hasta el domingo estuvimos hablando…siempre me dijiste que la vida es corta, que había que fluir, que había que dejar ir el dolor. Intento escribir, pero escupo palabras rotas y espuma. Soy mar apagado. Nadie, nadie sabe tantas cosas, tantas horas, tanto pulso, tanto amor.

Doris Bayly, voy a dedicar a tu memoria, a lo que me diste, una vida correcta y llena de amor. Porque fue eso lo que tú me enseñaste. Lo que me pediste cuando hablábamos de la muerte de otro amigo, lo que me dijiste que era justo hacer cuando un ser amado partía.

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Y vamos a seguir juntas conversando como siempre.

Las amistades así no se acaban cuando se acaba la vida. Eso nunca.

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Mi abrazo, mi absoluto cariño a Ricardo Williams Bayly, Armando Williams y Daniel Williams.

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Esta es una columna
El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL
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