Mi papá empezó a cabalgar a los cuatro años y, a los seis, ya era un jinete reconocido

En los carnavales de Cangallo, las carreras de caballos eran el plato de fondo de la fiesta y los niños jinetes competían como guerreros.
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Mi papá hablaba con su caballo Malaccha. Dice que lo entendía a la perfección, pero yo creo que Malaccha lo entendía más a él. Es cierto que Malaccha lo había salvado varias veces en aquellas pampas pardas de Cangallo. Cuando papá se pasaba de copas y no podía llegar a casa, Malaccha lo protegía de los forajidos, de los malos vientos, de la perversidad de la noche, y lo esperaba todo el tiempo que fuera necesario hasta que se pusiera de pie.

Mi papá empezó a cabalgar a los cuatro años y, a los seis, ya era un jinete reconocido en las carreras de caballos que se hacían en las fiestas de Cangallo. En los carnavales, las carreras eran el plato de fondo de la fiesta y los niños jinetes competían como guerreros. Montar a caballo era lo mejor que hacía papá. Fue en esos afanes, entre la alegría y la euforia de la competencia que, desde jovencito, empezó a beber. Es de pocas copas y se embriagaba rápido, y creo que esto lo sabía mejor que nadie Malaccha y nunca lo abandonó en ninguna circunstancia. Pero mi padre sí dejó a su caballo. Tenía que escapar a Lima con su familia de las garras del terrorismo a inicios de 1980. Lo dejó porque pensaba que el terrorismo iba a pasar pronto y no volvió a Cangallo después de 17 años.

Cada vez que le pregunto sobre su caballo, él se queda callado y quiere hablarme de otras cosas. Sé que lo recuerda, pero yo no insisto para no ponerlo triste. Cierto día, cuando le pregunté sobre Malaccha, para no hablarme sobre él, me contó que, ya en Lima, había ido a hipódromo a probarse como “jockey” profesional. Dice que le fue muy bien, pero que le sobraban como 12 centímetros de estatura y no fue contratado.

Papá ha trabajado en infinidad de cosas para que a su numerosa familia no le falte comida. Pese a que es un hombre alegre, nunca lo he visto feliz en ningún trabajo. En ninguno. Creo que su mundo son los caballos, creo también que siempre le ha faltado Malaccha. Cuando ve a un caballo es como si rejuveneciera, como si la felicidad se activara en él con un relincho. Ahora papá ya no bebe. Toma precauciones. Ahora papá está ya un poco viejo, pero eso no le impide subirse a un caballo cada vez que puede. Ahí lo ven. Es una foto reciente y quise subirlo en este medio para decirle: feliz día, papá; feliz día, jinete.

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