Opinión

Rebelión en el rebaño

George Orwell, con su libro Rebelión en la granja, suscita a pensar que, en tiempos de pandemia, lo único que se ha logrado es una rebelión reflejada en las urnas.

El escritor británico George Orwell escribió la magnífica novela Rebelión en la granja hace 76 años. El libro que, mediante sus personajes, refleja una sociedad cansada de sus gobernantes, una dictadura que se pinta como democracia y que se vale de distintos artificios para mantener a un pueblo en la ignorancia y obediencia perpetua.

Orwell nos recuerda, mediante cerdos, caballos, aves y ovejas, como el poder distorsiona incluso a quien busca el bien común. La historia, ambientada en una granja, tiene como personajes principales a los cerdos, cabecillas de la rebelión, quienes se consideran seres con un intelecto superior al de los demás animales. Su sentido de “justicia e igualdad” impulsó la sublevación contra el ser humano.

Los animales pelearon en contra de su amo humano y lo vencieron. Lucharon bajo la consigna: “Cuatro patas sí, dos patas no” y culparon al hombre y a su tiranía de todos los males. Pero la rebelión cambió cuando los líderes que la impulsaron adoptaron conductas del enemigo y comenzaron a pensar como ellos.

Rebelión en la granja es un libro que refleja la realidad. El autor identifica las tendencias políticas de izquierda y derecha y cómo el extremo de ambas tiene el mismo fin: la esclavitud. El abuso de poder y la corrupción no distingue preferencias políticas y lleva a la traición de la identidad del ser, en este caso, del animal. 

El libro de Orwell concluye con el siguiente episodio: “Los animales que estaban afuera miraban a un cerdo y después a un hombre, a un hombre y después a un cerdo y de nuevo a un cerdo y después a un hombre, y ya no podían saber cuál era cuál”. Y es que el animal protagonista sufre una metamorfosis.

La rebelión terminó en una dictadura, pese a que había empezado como una solución al trabajo esclavizado, a las raciones medidas de comida y a la infelicidad de los animales.

Dictadura es un concepto que cunde ahora que dos candidatos pelean la presidencia de Perú en la segunda vuelta. A la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, se le acusa de lavado de dinero de sobornos de Odebrecht en el financiamiento de su campaña electoral de 2011 y al candidato de Perú Libre, Pedro Castillo, de supuestos vínculos con el Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales (Movadef), organización ligada al grupo terrorista Sendero Luminoso.

En tiempos de pandemia lo único que se ha logrado es una rebelión reflejada en las urnas. Pedro Castillo se ubica en el primer lugar con el 18,9 % de los votos y luego está Keiko Fujimori con un 13,4 %, según el portal de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Castillo, líder de izquierda radical, lidera los votos en los departamentos más pobres del país: Huancavelica, Huánuco, Cajamarca, entre otros. Estas regiones, alejadas de la centralizada Lima, han otorgado su voto a un candidato que han identificado como un símbolo del hartazgo de la injusticia social en las zonas rurales.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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