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Este artículo es de hace 4 años

“Se me infla el pecho de orgullo de ser tu hijo”

Periodista rinde homenaje a su padre, un agricultor del valle de Chancay que falleció en medio de la cuarentena. Destaca su amor al trabajo y pasión por la música.

Gerardo Porras
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La orfandad me golpea el alma y sangra mi corazón. Mi padre ha emprendido el viaje sin retorno y cada rincón de la casa, sus ropas, sus fotos, sus libros y sus discos me señalan su ausencia. ¡Cuánto dolor! Era un hombre fuerte, agricultor de granito, labriego de fuste, chacarero honorable. Se me infla el pecho de orgullo de ser su hijo y ese es mi más grande consuelo. 

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Con la lampa y el arado, empuñados por sus manos agrietadas, labró la tierra y sacó adelante a nuestra familia. Luchó contra grandes adversidades y la furia del río Chancay, que se salía de su cauce e inundaba las chacras. Muchas veces tuvo que volver a empezar de cero y vaya que se levantó como el Ave Fénix.

Un héroe de no ficción ha partido para no volver, pero su existencia no ha sido en vano. Como dicen los versos del poeta Machado, “hizo camino al andar”. A su muerte, por una afección hepática, era vicepresidente de la Asociación de Agricultores y Ganaderos de Lunavilca, en Chancay.

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Lunavilca Alta

Hace siete décadas, Germán Porras Huanca llegó al fundo Lunavilca Alta, una comarca bañada por las aguas del río Chancay, de la mano de su padre, Sebastián Porras. Fue a inicios de los 50, cuando aún era un adolescente que, sabiéndose el mayor de cinco hermanos, decidió sacrificar sus años aurorales para ayudar en el sostenimiento del hogar y dedicarse a las labores de labriego.

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Eran tiempos del general Manuel Odría y la oligarquía se erigía como el sostén el gamonalismo. Lunavilca estaba en poder de los hacendados Del Pino y tuvieron que pasar cerca de dos décadas para que el general Juan Velasco Alvarado, ya en el poder, decretara la Reforma Agraria y las tierras pasaran a manos de quienes la trabajaban.

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"Se me infla el pecho de orgullo de ser tu hijo"

De sol a sol

Como patriarca del valle, mi abuelo, Sebastián Porras, asumió la conducción de un predio secundado por mi padre. La tierra fértil les permitió pasar del algodón a los cultivos de panllevar, que son los productos de primera necesidad como los granos, tomates, papas, ajíes, cebollas, coliflores y otros.

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Al igual que su padre, Germán Porras trabajaba de sol a sol. No existían los domingos ni los feriados, pues lo importante era garantizar la buena cosecha a costa de todo sacrificio. Empecé a admirarlo cuando, siendo niño, me di cuenta de que era el más diestro, rápido y fuerte en cada faena agrícola. “A mi papá nadie le gana”, decía yo sacando pecho.

Cuando araba la tierra, con el caballo dibujaba una línea recta perfecta y daba la vuelta con un estilo de torero. A veces mi padre caminaba descalzo y yo, cuando era niño, me sacaba los zapatos para pisar sus huellas con la ilusión de ser como él algún día.

Batman y Robin

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Hubiera dado la vida por mi padre. Una vez, de adolescente, lo acompañé a La Parada (La Victoria) para hablar con un comerciante mayorista de esos que compran barato en la chacra y venden caro en sus puestos. Luego de bajar del bus de la 22, procedentes del Rímac, caminábamos por la avenida Bausate y Meza cuando de pronto un sujeto interceptó a mi papá, le puso una mano en el pecho y lo empujó. Otro tipo se acercaba para rodearlo y él se puso en guardia.

Como un resorte, sin importarme que con mis 16 años tenía todas las de perder, di un salto, de un tirón me saqué la correa del pantalón, la hice girar en el aire y grité: “¡No se metan con mi padre, carajo!”. La correa, que tenía el rostro del Che Guevara en la hebilla, zumbaba por las orejas de los delincuentes, quienes emprendieron rauda retirada con las manos vacías. Me sentí como Robin al lado de Batman.

Crucigramas

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Pese a no haber podido acabar la secundaria, Germán Porras era dueño de una cultura general de universitario aplicado. Estaba al día con las noticias y podía charlar de historia, geografía, política, deportes, música y muchos otros temas con una facilidad sorprendente.

Podíamos conversar del Contrato Dreyfus, el Oncenio de Leguía, la Página 11, la Segunda Guerra Mundial, el desarrollo económico de los Tigres de Asia, el Mundial de México 70 y muchos otros temas. Siempre tenía algo nuevo que decir.

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Uno de sus pasatiempos preferidos era resolver los crucigramas de El Comercio. Tenía la respuesta correcta para las preguntas más difíciles en ese tinglado de palabras cruzadas que le permitía ejercitar su mente y mantener la lucidez.

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"Se me infla el pecho de orgullo de ser tu hijo"

Colección de oro

La música era su pasión y poseía un fino gusto para elegir lo mejor. Se deleitaba con el sonido del requinto, ese instrumento de tonos más agudos que la guitarra y que caracteriza a tríos mexicanos como Los Panchos, Los Tres Reyes, Los Tres Diamantes o Los Tres Caballeros.

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En su repertorio hay cientos de boleros, rancheras, pasillos, valses, tangos y canciones de otros géneros musicales escrupulosamente seleccionados. Los Embajadores Criollos, Los Quipus, Los Chamas, Lucha Reyes, Jesús Vásquez y Carmencita Lara también están entre sus grupos y solistas predilectos.

Como un homenaje a su memoria, me he permitido publicar en Facebook, una a una, sus canciones preferidas. Empezamos con “Luz de Luna” en la voz de Javier Solís y seguimos con “Sin ti”, de Los Panchos; “Inolvidable”, de Tito Rodríguez, y “Hola soledad”, de Rolando Laserie. Una colección de oro.

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