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Ninguna línea sin idea, ninguna línea sin figura

Como Voltaire, Víctor Hurtado Oviedo es un escritor que filosofa

Este domingo 16 de enero, en Costa Rica, Víctor Hurtado Oviedo cumple 71 años, y es muy probable que lo festeje escuchando a Javier Solís y a la Sonora Matancera.

Víctor Hurtado Oviedo nunca no llegó terminar la construcción de una novela. Lo intentó, pero fracasó (“con verbo transitivo”). No escribió una novela tal vez porque es muy inteligente; es decir, muy racional, y no va con él eso de tramar argumentos e historias de ficción. Lo suyo es darle brillo literario al pensamiento; es vestir de gala una idea, una sentencia. Lo suyo es resumir, digamos, un libro sobre los males de la competencia, en una sola frase: “Nadie sabe qué piensan las sardinas sobre la libre competencia, pero es seguro que los tiburones la encuentran maravillosa”.

Víctor Hurtado Oviedo es uno de los bisnietos de Francisco de Quevedo, uno de los nietos de Voltaire, uno de los hijos de Francisco Umbral. En ingenio está a la altura de Valdelomar.

Cuando Umbral escribe sobre Voltaire, es como si estuviese escribiendo sobre Hurtado. Esto dice Umbral: “Voltaire incurre en ese género corto y satírico, literario y faltón, que resultó ser la más lograda, vocacional y eficaz de sus dedicaciones”.

Las ideas no caen del cielo, y es que el cielo no existe. Las ideas se cuajan mientras uno lee, y hay que leer tanto como Víctor Hurtado Oviedo. Confiesa: “En el tiempo ocioso que me deja la lectura, trabajo”.

Hay que quienes dicen que Voltaire no es un filósofo, sino un escritor. Otros señalan que es un escritor que filosofa. Víctor Hurtado se parece a él, y para confirmarlo solo hay que leer con cuidado su libro “Otras disquisiciones”, de libre acceso en Internet, basural este donde uno puede encontrar tesoros.

El poeta y académico Marco Martos ha escrito que Hurtado posee la secreta sabiduría del español Rafael Cansinos Assens. Tiene razón: Víctor Hurtado Oviedo sabe, y lo que sabe lo expresa con estilo. Además, como su “padre” Francisco Umbral, pone en la prosa los milagros de la poesía. A veces, cuando discute por escrito, le baja el nivel del estilo; pero vuelve pronto a la ruta.

Prosigamos con el poeta Marco Martos. Para él, Víctor Hurtado Oviedo tiene la sensatez de Miguel de Cervantes, el amor por la precisión del lenguaje de Jorge Luis Borges, la memoria enamorada de Julio Ramón Ribeyro, la inocencia y el sarcasmo de Abraham Valdelomar.

Víctor Hurtado Oviedo es un gran trabajador del idioma. Es miembro honorario de la Academia Costarricense de la Lengua y miembro correspondiente de la Academia Peruana de la Lengua, y es uno de los pocos periodistas peruanos que han llegado al podio de la exposición del pensamiento con arte.

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Hurtado Oviedo es también un aerolito sin órbita de la izquierda racional. El prestigio lo ha alcanzado antes que el éxito. No tiene fama a pesar de que haberse ganado el respeto de académicos como Luis Jaime Cisneros, Martha Hildebrandt, Marco Martos y Marcel Velásquez. No tiene fama, a pesar de escribir así:

“Los corales se aburren como ostras. En sus condominios de océanos, los corales están muy quietos cual esperando una foto, pero la foto nunca llega. Los han lustrado las espumas, los han atropellado los siglos, les han cantado las sirenas de todos los barcos, y ellos siguen donde están. Con gente así no se prospera. Los corales no se meten en política por no organizar un movimiento. Duermen cual si leyesen ‘Fausto’ siguiendo un dictum perverso de Jorge Luis Borges, para quien el ‘Fausto’ de Goethe es ‘una de las más famosas formas del tedio’”.

Hurtado Oviedo nos regala una prosa brillante sobre la quietud de los corales, sobre el sedentarismo de estos animales, para hablarnos sobre los desplazamientos, sobre el viaje, sobre el nacionalismo, de esta manera:
“Hace millones de años, ‘viajar’ era pensar; es decir, alejarse del reino vegetal, de las setas y de los corales (que son animales). Ir poco a poco, del mar a la tierra, era obligarse genéticamente a desarrollar sentidos: olfato, tacto, oído, gusto y vista. Cambiar de paisajes y de riesgos aguzó y aguza todos los cerebros. Además, conocer mundos materiales y pensados nos hace más tolerantes. Alguien afirmó: ‘El nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando’. Quien lo dijo llegó muy lejos”.

Víctor Hurtado Oviedo no solo escribe sobre los corales: le entra a todo lo bueno, desde la teoría del conceptismo hasta el mambo de Dámaso Pérez Prado, “suma y resumen de siglos de selvas sensuales; gritos de trazo ilegible; arabescos de saxos poetas que se deshojan en juegos florales; sinfonía fantástica de África, España y Francia…”. Así comienza un ensayo en el que propone expropiar la gran cultura para los que menos tienen: “Yo también me he aburguesado, pero, como soy pobre, no se nota”.

Hurtado ha escrito notas informativas, textos interpretativos, crónicas, reportajes, cartas, artículos polémicos, enfoques, respuestas en debates, anónimos (dice él) por camionadas; ha hecho muchas entrevistas, ha levantado cientos de columnas de opinión; pero dice que… no le gusta escribir. Es verdad, y reiteramos: le gusta leer.
Víctor Hurtado Oviedo es Ronaldinho Gaúcho puesto en literatura, un gigante de la prosa. Su lema es: “Ninguna línea sin idea, ninguna línea sin figura”. Ensaya mucho antes de escribir un ensayo. Pule una frase hasta dejarla brillante, con el mínimo número de palabras: es conceptista, quevediano.

Hurtado le da tantas vueltas a una ocurrencia que esta termina convirtiéndose en una gran idea, como Voltaire. Si tiene una verdad en las manos, la lanza como una piedra sabiendo que puede romper vidrios, pero con la convicción de que la verdad siempre ayuda.

Mark Kramer sostiene que el periodista literario no representa, ni defiende ni habla en nombre de una institución, un periódico, una compañía, un gobierno, una ideología, un campo de estudio, una cámara de comercio o un lugar turístico. Kramer añade que el periodista literario es voz desnuda, sin protección burocrática: habla por sí misma.

La voz de Víctor Hurtado Oviedo es independiente; lleva el silbido de una ironía endiablada; contiene emoción, furia y amor por las palabras, y hace pensar. Leamos aquí algunas respuestas frescas —en ambos sentidos— del cumpleañero.

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—¿Qué haría si tuviera cerca a Julio Iglesias?

—Le daría una taza de manzanilla porque el pobre es la dispepsia hecha canción. Los videos muestran que, cuando “canta”, con energía postoperatoria, Julio Iglesias se toma el estómago más seriamente que la canción. Antes de llegar a la octava, ya está en las últimas. Sin embargo, Julio Iglesias es un gran demócrata porque representa a los sin-voz.

―¿La sigue gustando “Mi Redención”, de la Sonora Matancera?

—Así es. Redención es un barrio de La Habana al que la Sonora le dedicó esa canción. Escuchar a la Sonora Matancera ayuda a entrar en el Cielo porque creó música sagrada. Los fanáticos de la Sonora Matancera tenemos el derecho de entrar en el Cielo y llevar a tres amigos, incluidos poetas y periodistas, así que avisen.

―¿Desde cuándo escucha a la Sonora Matancera?

—Desde antes de aprender a leer y a escribir. La escuchaba al mediodía mediante el programa “Ritmo y Sabor con la Sonora Matancera”, de Radio Libertad. Después me enseñaron a leer, pero seguí oyendo a la Sonora, y eso que todos mis problemas comenzaron cuando me enseñaron a leer. De lo contrario, hoy podría ser congresista en vez de ser un jubilado que ordena libros de orden imposible. Llegado a este desengaño, a uno solo le queda creer en la reencarnación, siempre que Keiko Fujimori no crea lo mismo.

—¿Qué le agrada más: la música o la literatura?

―No se excluyen: es bueno gozar de más de un paraíso en la Tierra. En el Cielo ya debe de haber mucha gente. No gusto de toda la música ni de toda la literatura. En música prefiero la de origen cubano, que es múltiple, como el bolero, el son y sus derivados. No olvidemos las baladas.
En literatura, los temas me interesan poco: prefiero la creatividad retórica; es decir, el empleo de figuras literarias. No es lo mismo escribir “Con sogas, los tramoyistas mueven los telones de un teatro” que imaginar “Los tramoyistas son los marineros del teatro”, greguería de Ramón Gómez de la Serna.

―¿Por qué le gusta leer ensayos?

―Porque quiero saber cómo un autor afronta un tremendo desafío literario. En los ensayos están solos el autor, sus ideas y la retórica. En el ensayo no valen los diálogos, las situaciones, los movimientos de los personajes. El cuento tiene estos recursos; el ensayo no. Si sale bien, el ensayo resulta ser un soneto del pensamiento. ¿Ejemplos? Sería excesivo intentar una lista. Por ahora, hasta que yo cumpla ochenta años, quedémonos con los ensayos que Luis Loayza dedicó al Inca Garcilaso y a Abraham Valdelomar, y también con el divertido “Vals variable”. Todos están en el libro “El sol de Lima”.

—Una pregunta celeste: ¿qué es para usted la vida?

―Es una carrera de velocidad que merece demorarse cuando se encuentran razones para disfrutarla: el amor de la familia, el afecto de los amigos, la literatura, la música, el cine y el chupe de camarones ―el templo barroco de la cocina peruana―.

—¿Puede mencionar cinco autores que le parecen imprescindibles?

―En desorden: Francisco de Quevedo, Paco Umbral, Abraham Valdelomar, Ramón del Valle-Inclán, Manuel González-Prada, Álvaro Cunqueiro, Jorge Luis Borges, José María Arguedas y César Lévano, por citar solamente a quienes ya han fallecido. Me parece que son más que cinco, pero yo soy un hombre de letras y el peor sujeto para los números. Mis profesores de aritmética no podían contar conmigo. Del Ministerio de Educación iban comisiones a mi colegio porque no creían que yo existiese. Esta es la única forma en la que logré importar sin ser importante.

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—¿Por qué la ciencia y el arte deben caminar de la mano?

―El arte debe ser libre; que no pregunte: que sea. Las que deben coincidir son las ciencias y la filosofía. Para ser verosímiles, toda filosofía y toda ciencia social deben tener algún vínculo con las ciencias naturales: la física, la química y la biología, incluida la psicología experimentalmente informada. Si no es así, los filósofos terminan alucinando, como el señor Martin Heidegger, de nazi recordación. Sus reinos no serán de este mundo, y lo peor es que los otros mundos tampoco los querrán: que se vayan con la música confusa de su musa a otra parte.

—¿A qué filósofos admira?

―Por su sentido de la realidad y su comprensión de la ética, a Epicuro, David Hume, Bertrand Russell, Mario Bunge, Francisco Miró Quesada Cantuarias y Jesús Mosterín. Además, todos se expresaron claramente, lo que revela tanto inteligencia como simpatía por la gente. La obscuridad únicamente sirve para dormir bien durante las ocho horas de reglamento.

—¿Cómo se debe enseñar filosofía en los colegios?

―Explicando qué postulaban algunas escuelas filosóficas sobre un mismo asunto, aunque sea de un modo somero. Supongamos un tema ético: la pena de muerte. Contraponer qué postulaba la escuela A con lo que creía la escuela B hace pensar al alumno y lo invita a definir cuál escuela tiene la razón, o tal vez ninguna, o quizá él debería imaginar una postura C… Otros cursos también proponen desafíos intelectuales, pero ninguno como un curso de filosofía que desarrolle temas arduos ofreciendo tesis opuestas.

—¿Ya aprendió latín?

―Como decimos los procrastinadores y las procrastinatrices, “estoy en eso”. Todos los días procuro aprender un poco, pero no creo que llegue a dominar un idioma tan complejo y hermoso como el latín. De todas maneras, estudiar latín es una forma de hacer gimnasia intelectual, especialmente para quienes de los gimnasios solamente conocemos la etimología.

—¿De qué manera celebrará sus 71 años de vida?

―Como siempre, con mi familia: seis personas. Oí hablar quedamente de un almuerzo, y es una sorpresa no quiero perderme. Por otra parte, no me espanta la edad pues los 71 son los nuevos 70. Además, leo ahora sobre el estoicismo, una filosofía que, como el epicureísmo, ayuda a bien vivir y a bien morir. Todos tratamos de alcanzar altas metas (aunque son planas), pero, al fin, el secreto de la vida es hacerse querer.

—¿Cuándo volverá a Lima?

―No hago planes, y ni siquiera hago planes para hacer planes. Sin embargo, es posible que vaya a Arequipa, donde se celebrará un congreso de las Academias de la Lengua. A causa de la pandemia, no se realizará en este año, y se lo anuncia para el 2023, sin mes definido. El coronavirus nos ha privado de muchas cosas, pero que no nos quite también las palabras.

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