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viernes, 26 de junio de 2026

ANNECY 2026. Crítica Tana.

Una deslumbrante historia sobre familia, música e identidad convierte a Tana en una de las grandes revelaciones de Annecy 2026.
Tana en Annecy
Tana en Annecy

ANNECY 2026. Crítica Tana.. Por David Sánchez.

Entre los once largometrajes seleccionados para la competición oficial del Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy 2026, Tana destaca como una de las propuestas más sensibles y visualmente ambiciosas de la selección. Dirigida por los cineastas chinos Ji Zhao y Ke Er Zhu, la película tuvo su estreno mundial en Annecy, el principal escaparate internacional para la animación de autor, compartiendo competición con títulos como Decorado de Alberto Vázquez, Nobody de Shui Yu, Tangles de Leah Nelson, The Violinist de Ervin Han y Raúl García o We Are Aliens de Kohei Kadowaki.

Ambientada entre la gran ciudad y los paisajes de Mongolia Interior, Tana narra una historia de crecimiento personal atravesada por la música, la memoria y los vínculos familiares. Aunque incorpora elementos fantásticos —entre ellos una pequeña deidad o espíritu musical que acompaña a la protagonista—, la película encuentra su verdadera fuerza en algo mucho más terrenal: la relación entre una adolescente y su padre.

La película retrata con notable delicadeza ese momento en el que los deseos de los padres comienzan a chocar con la construcción de una identidad propia. El padre proyecta sobre su hija una serie de expectativas que parecen responder tanto a la protección como a sus propias experiencias vitales. Ella, sin embargo, empieza a reclamar su espacio y a defender sus decisiones. Es un conflicto reconocible, contado sin grandes dramatismos y con una sensibilidad poco habitual en las producciones animadas orientadas al público familiar.

Uno de los aspectos más interesantes del guion es cómo utiliza la música para articular esa relación. El padre fue músico, pero paradójicamente no parece querer que su hija siga el mismo camino. Esa contradicción se convierte en uno de los motores emocionales de la película. La música está presente de forma constante, incluso cuando los personajes no hablan de ella. Aparece en los momentos felices, en los recuerdos de infancia y también en las etapas más difíciles. Más que una actividad artística, funciona como un lenguaje emocional compartido entre ambos personajes.

La infancia ocupa igualmente un lugar importante dentro del relato. Los recuerdos de la protagonista están tratados con una mezcla de nostalgia y ternura que evita la idealización excesiva. Son secuencias que ayudan a comprender el origen de los conflictos presentes y que aportan profundidad a la relación familiar.

Visualmente, Tana es una obra de enorme riqueza. La producción apuesta por una animación tridimensional de gran nivel técnico, pero no se conforma con exhibir músculo tecnológico. Lo verdaderamente destacable es la libertad con la que experimenta con diferentes estilos gráficos. A lo largo de la película aparecen secuencias que rompen con la estética predominante para transformarse en auténticos ejercicios de imaginación visual.

En este sentido, algunos momentos musicales alcanzan un nivel extraordinario. Hay canciones que funcionan casi como videoclips autónomos, pequeñas piezas de animación dentro de la propia película. Especialmente memorable resulta una secuencia situada aproximadamente en torno al minuto 58, donde imagen, música y puesta en escena se combinan para crear uno de esos instantes que justifican por sí solos el visionado de una obra. Más que una escena narrativa, parece una instalación artística en movimiento.

Otros pasajes oníricos también dejan huella. La imagen de una multitud cruzando un paso de cebra bajo la lluvia mientras el único paraguas transparente pertenece a la protagonista resume perfectamente la capacidad de la película para transformar situaciones cotidianas en imágenes cargadas de significado. Son momentos que remiten al lenguaje del sueño y de la memoria, ejecutados con una precisión visual admirable.

La comparación con algunas producciones recientes de animación musical asiática resulta inevitable. En ciertos aspectos puede recordar a propuestas contemporáneas donde la música convive con elementos sobrenaturales y figuras divinas. Sin embargo, Tana adopta un tono mucho más pausado y contemplativo. Donde otras películas buscan el espectáculo constante, aquí predomina la observación de los personajes y el desarrollo emocional.

Esa combinación entre fantasía, música y drama familiar encuentra además un equilibrio poco frecuente. El pequeño dios de la música nunca se convierte en una simple mascota cómica ni en un recurso comercial. Forma parte de una visión del mundo donde la creación artística aparece vinculada a la memoria, a las raíces culturales y a la construcción de la identidad.

Si algo distingue finalmente a Tana es su capacidad para emocionar sin recurrir a mecanismos excesivamente evidentes. La película confía en sus imágenes, en sus silencios y en la fuerza simbólica de la música. Es una obra visualmente deslumbrante cuando lo necesita, pero también íntima y cercana cuando se centra en sus personajes.

En una competición oficial especialmente fuerte, Tana se presenta como una de las propuestas más singulares del año. No solo confirma el excelente momento creativo de la animación china, sino que demuestra que todavía es posible abordar temas universales como la familia, el crecimiento y la herencia emocional desde una mirada visualmente innovadora. Una película que encuentra en la música no solo su tema principal, sino también su verdadera forma de expresión.

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Colaborador de EL PERFIL
Crítico de cine, especializado en cine latinoamericano. Es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (FIPRESCI) y de l'Académie des Lumières, de la prensa internacional en Francia.