Aristóteles y el patito feo

Lo que más disgusta a los patos es el cuento El patito feo pues el despreciado patito resulta ser un cisne que, al crecer, humilla a los patos con su hermosura.

El cisne camina como pato. Esta es una verdad inconcusa ―lo que resulte ser «inconcusa»―, y, ni citando todos los versos de Rubén Darío en pro del cisne, podrá él (el cisne) refutar que su elegancia se pierde en los deslices de la tierra. «Obviamente, han cambiado las condiciones objetivas», alega el cisne en su defensa pues ha oído mucho a los sociólogos que van a hablar, solitarios, al borde de un lago cuando se ponen románticos y escriben versos que riman con ‘crisis’, ‘imaginario’, ‘articular’, ‘prerrequisito’ y ‘subsumir’. Un romanticismo aquejado de sociología es como un bolero explicado con Power Point.

Por supuesto, el cisne de hoy ya no es el del antiguo Modernismo, que se dejaba fotografiar en sonetos para que el supradicho aedo escribiese «cisnes unánimes» y «los abanicos de vuestras alas frescas». Aun más lejanos en el tiempo vuelan los versos que el encomiástico don Luis de Góngora trazó con una pluma de ganso para elogiar a los cines (nadie sabe para quién trabaja):

¡Oh, bella Galatea, más süave

que los claveles que tronchó la aurora;

blanca más que las plumas de aquel ave

que dulce muere y en las aguas mora!

Así pues, los tiempos cambian porque para eso están, y el cisne de hoy, el cisne popmoderno (sic), al ladearse sobre el agua, se inclina ya más hacia la filosofía existencial-relativista y navega en el estanque como sobre un mar de dudas lanzándonos inquisiciones con el cuello-signo-de-interrogación sobre el ser en sí y la razón suficiente. «Yo soy yo y mi circunstancia», replican el cisne, Ortega y Gasset con una sentencia que ha hecho célebre a estos dos o tres autores.

Así pues, cuando el cisne sale del agua y camina con la humildad de un pato, el suelo lo destrona como en una revolución francesa tentada por el demasiado cuello del cisne ―cuello que, aunque es educado, se pasa de largo―. Entonces, al cisne de nada le sirve argüir que Monsieur le Docteur Guillotin también cultivaba cisnes como setas, olvidando imprudentemente que las setas están para cortarse. Eso de ignorar la historia del siglo XVIII acarrea consecuencias. Aunque es un ave de altos vuelos, ya sobre el agua, el cisne es un ser superficial. Al mirarse de frente, dos cisnes son una lira de plumas a la que solo le faltan las cuerdas.

En el otro extremo del lago redondo habitan los patos, quienes son la honrada clase media del estanque. Los cisnes y los patos no se llevan bien pues, con sus plumajes de aristócratas, cuando almuerzan juntos, los cisnes insisten en que pague el pato. Los patos son gente falta de grandes pretensiones: cuando nadan no hacen olas; además, ansían que sus hijos vuelen mejor que ellos, que vayan a la universidad y se gradúen en patología. Por uno de esos descuidos del destino, aún está pendiente la carreta de cignología. «El destino es chambón» nos escribió el argentino Arturo Cancela.

Pese a todo, de los patos suelen emerger los mayores talentos de las ciencias y las artes de entre las aves. Hasta en la literatura, de los patos salen las mejores plumas. En cambio, el cisne es incorregible pues, aunque es cisne y no pavo, se pavonea. Además, en Australia se descubrió que existen cisnes negros, aunque de esto no se habla mucho en la familia.

Lo que más disgusta a los patos es el cuento El patito feo, de Hans Christian Andersen, pues el despreciado patito resulta ser un cisne que, al crecer, humilla a los patos con su hermosura. «Vemos moverse a los cisnes y podemos jurar que están conscientes del poder de su belleza, como si vivieran para hacernos sentir humildes», dice la periodista científica Natalie Angier en su libro El canon (capítulo VI). El tema de El patito feo suele repetirse en la literatura. La Cenicienta nos narra casi la misma historia, y no hablemos, por invisibles, de telenovelas que descubren que esa humildosa mucama es realmente una heredera (no reconocida) de minas de diamante que incluyen a países africanos.

En el fondo de tales sorpresas literarias está el conocimiento propio o ajeno de la identidad. Edipo sabe quién es cuando le revelan que ha matado a su padre. El patito feo se conoce por igualdad cuando ve otros cisnes. El niño negro Cocorí se conoce por contraste cuando ve gente blanca. Por una cicatriz, su nodriza reconoce a Ulises. Por unas heridas, Tomás reconoce a Jesús. Los griegos llamaron anagnórisis ese reconocimiento-sorpresa, y Aristóteles lo explica con espléndida manía de filósofo en su Poética (capítulo III). Lo que Aristóteles no añadió es que no hace falta una peripecia asaz dramática para saber quiénes somos: basta con estar a punto de cometer una injusticia.

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