Mucho antes de que Courchevel o Val d’Isère se convirtieran en referencias del esquí de lujo, una pequeña localidad de la Alta Saboya (Francia) comenzó a escribir una historia distinta. Fue en los años veinte cuando la familia Rothschild decidió impulsar este rincón de los Alpes franceses como alternativa a las estaciones suizas. Aquel proyecto terminó transformando un pueblo agrícola en uno de los destinos más exclusivos de Europa, aunque sin renunciar a su arquitectura tradicional ni a su identidad alpina.
Hoy Megève recibe visitantes de todo el mundo atraídos por una combinación poco habitual: 400 kilómetros de pistas de esquí, hoteles de cinco estrellas, restaurantes de alta gastronomía, galerías de arte, patrimonio arquitectónico y una intensa programación cultural durante todo el año. Con 35 hoteles —doce de ellos de cinco estrellas—, 125 restaurantes y bares, cerca de 38.000 plazas turísticas y una clientela formada en un 60 % por visitantes extranjeros, la localidad ha sabido convertir el lujo en una experiencia discreta más que ostentosa.

Pero el verdadero encanto de Megève aparece al recorrer su centro histórico. Sus calles peatonales conservan el carácter de un pueblo de montaña donde las fachadas de madera y piedra conviven con boutiques internacionales, galerías de arte y cafés. Los carruajes tirados por caballos siguen recorriendo el centro mientras las campanas de la iglesia marcan el ritmo cotidiano de una localidad que ha crecido sin romper con su pasado.
La oferta cultural es una de las grandes sorpresas del destino. En el Espace d’Arts Moderne et Contemporain Edith Allard, el escultor Pierre Margara presenta L’intuition des Cimes, una retrospectiva que resume más de medio siglo de trabajo desde que se instaló en Megève. Defensor de la talla directa, Margara reivindica el valor de la intuición artística frente a la inteligencia artificial y recuerda que “un escultor de talla directa es como un actor de teatro: no tienes derecho a fallar”. Su obra incluye monumentos tan conocidos como el memorial dedicado a las víctimas del túnel del Mont Blanc.
La arquitectura constituye otro de los grandes patrimonios de la localidad. La fotógrafa Adriana Muffat Jeandet recupera la figura del arquitecto Henri-Jacques Le Même a través de la exposición Faire Montagne, instalada al aire libre en la Montée du Calvaire. Le Même revolucionó la construcción alpina al diseñar el llamado “chalet del esquiador”, adaptando las viviendas tradicionales a las necesidades del turismo de montaña sin perder su integración en el paisaje. De los cerca de 200 chalets que levantó, apenas medio centenar conservan todavía su aspecto original.
Megève también guarda un inesperado vínculo con la historia de la ciencia. El Museo Curie dedica una exposición a las estancias que Irène y Frédéric Joliot-Curie realizaron en la localidad entre 1925 y 1931, cuando alternaban el esquí y la montaña con la investigación científica que años después les llevaría a obtener el Premio Nobel de Química. Fotografías y documentos muestran una faceta mucho menos conocida del célebre matrimonio.
Quienes buscan alojamientos con personalidad encuentran en La Ferme du Golf una de las propuestas más representativas del espíritu de Megève. Esta antigua granja savoyarda convertida en hotel mantiene una atmósfera familiar mientras ofrece los servicios del grupo Edmond de Rothschild Heritage, con acceso directo a las pistas, sauna y vistas panorámicas sobre el valle.

La gastronomía completa la experiencia. En La Table des Cochers destaca un tentáculo de pulpo acompañado de mantequilla noisette, puré de maíz y chermoula, un ejemplo de cocina de montaña reinterpretada con técnicas contemporáneas. Como broche final, el restaurante 45 La Bonne Latitude propone una mousse de chocolate con crumble de paprika ahumada, crème montée y aceite de oliva, un postre que juega con los contrastes entre el cacao, el ahumado y la suavidad de la nata.

Más allá de su imagen de destino exclusivo, Megève demuestra que la elegancia también puede construirse sobre la historia, el patrimonio y la cultura. Es un lugar donde la nieve comparte protagonismo con el arte, la arquitectura, la ciencia y la gastronomía, convirtiendo una simple escapada a la montaña en una experiencia mucho más completa.












