Opinión

Los casi 100 mil muertos que se van con el año

NOS PASEARON CON LAS PRUEBAS RÁPIDAS, dejaron que los mercaderes de la salud se enriquezcan en medio del llanto y que los pacientes fallezcan ante los especuladores precios del oxígeno.

Los abrazos de este Año Nuevo serán inevitablemente mezclados con lágrimas de amargo dolor en el hogar de casi 40 mil compatriotas nuestros a quienes la cruel pandemia se llevó.

Pero sabemos también que, de acuerdo con el SINADEF, la cifra puede bordear los 100 mil fallecidos, que es de lejos mayor al número de víctimas que dejó la Guerra del Pacífico, así como la Guerra Interna de los turbulentos años 80, lo cual, a su vez, revela la completa tragedia sanitaria que ha significado el año 2020 para nuestro país.

Somos primeros en el ranking mundial de decesos, 2,500 por millón de habitantes, seguidos solo por Ecuador y Bélgica; al grado que Michael Reid, editor de la revista internacional The Economist, desde la perspectiva serena que da la visión internacional, ha señalado recientemente que esto debería ser motivo de autocrítica para muchos de los que todavía apoyan al expresidente Martín Vizcarra, pese a su deficiente gestión de gobierno.

Nos pasearon con las pruebas rápidas, dejaron que los mercaderes de la salud se enriquezcan en medio del llanto y que los pacientes fallezcan ante los especuladores precios del oxígeno, cuyo grado de pureza estaba diseñado para el negocio criminal.

Nunca se intervino las clínicas usureras, pese a posibilitarlo la legislación de salud, ni se presentó el prometido proyecto de ley del impuesto a la riqueza, recomendado por el propio FMI y Ángela Merckel. Contrariamente a eso, se facilitó 60 mil millones de soles de todos los peruanos a las grandes empresas, mientras se les permitía dejar en la calle a los trabajadores, bajo la figura de la suspensión perfecta, obligándolos a echar mano de sus fondos previsionales para sobrevivir.

CRISIS POLÍTICA

Ahora, vamos terminando este calendario con esas espeluznantes cifras de fallecidos, y probablemente el 50% de la población contagiada (15 millones aprox.), lo cual deberá ser confirmado cuando se revelen los últimos estudios de seroprevalencia. A ello se suma que el próximo año más de 3 millones pasarían a las filas de la extrema pobreza, mientras se anuncia que la segunda ola viene con fuerza y sin la esperanza de la vacuna que se prometió para diciembre.

La devastación de la crisis sanitaria aceleró este año el deterioro de la institucionalidad con que empezó el lustro, cuando la candidata perdedora se propuso gobernar desde el Congreso, al grado de propiciar que en el 2020 hayamos tenido tres presidentes y cinco gabinetes ministeriales, en un marco electrizante de inédito choque de poderes, una vacancia presidencial y multitudinarias marchas de protesta.

Siempre lo dijimos y nos ratificamos ahora: la causa determinante de que la pandemia nos haya arrasado estriba en la carencia de un real, sólido y eficiente sistema de salud, que la clase gobernante no supo ni quiso construir en cerca de 200 años de vida republicana, pese a haberse enriquecido con el guano, el salitre y el saqueo de los minerales, así como naufragar viento en popa en el fangoso mar de la corrupción; lo cual no enerva la grave responsabilidad del gobierno de Vizcarra, que a estas alturas ya sabemos optó por una estrategia de confrontación política para evitar las investigaciones que empezaban a acorralarlo.

GRANDES LECCIONES

Finalmente, dos grandes lecciones nos dejan la crisis sanitaria y política del año viejo que expira: la primera, es que las posibilidades de sobrevivencia de la nación estriban casi en sus propias fuerzas y sabio instinto de conservación. Somos un pueblo estoico y bizarro que, en medio de su noble humildad, no duda en desafiar hasta el más letal virus mundial de estos tiempos para salir a buscar sus frijoles, en la jungla hostil e impredecible de una economía de informalidad antropofágica, preservando en lo posible los protocolos sanitarios, y jugándosela heroicamente por la inmunidad de rebaño, ante la vil carencia de alternativas y vacunas. Es un pueblo que no se rinde, aunque el frio queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, como diría poéticamente el gran Mario Benedetti.

La segunda, es el despertar la consciencia social ciudadana casi aletargada en 30 años de nefasto modelo neoliberal, que abrirá nuevos debates y confrontación de ideas, buscando planteamientos que permitirán construir un real sistema democrático, donde la salud sea la preocupación fundamental de la sociedad y la economía no solo un medio de enriquecimiento y corrupción. No podemos permitir otra pandemia en las mismas condiciones.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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