Teoría de la tortuga y su mirada

Nos reímos de la lentitud de las tortugas, pero, antes de que apareciéramos en el catálogo de la evolución, ellas ya habían caminado media cuadra de todo el espacio sideral.

La tortuga es la distancia más lenta entre dos puntos. No hay cómo subirle la autoestima a una tortuga pues todas las críticas la alcanzan. La tortuga prueba que uno nunca aparece temprano si dispone del suficiente tiempo para llegar tarde. La tortuga es como ese compañero que siempre aparecía tarde porque vivía a la par de la escuela, y quien se tornaba en el objeto de la justa envidia general porque los otros ―quienes vivíamos más lejos― debíamos levantarnos mucho más temprano para llegar tarde. Se suscitaba así el surgimiento de niños/as rebeldes/as, quienes crecían con hambre y sed de justicia, pero que se calmaban con un chocolate, y quienes, de grandes, habían comprimido su rebeldía al capricho de tomar café a la hora del té.

El colmo de una tortuga es salir movida en las fotos. Algunos señores muy formales ―como don Charles Darwin, tan calvo y victoriano― encuentran placer en subirse a las grandes tortugas para que los paseen. Este es un vano empeño pues las excursiones en tortugas son como los vicios: llevan a ninguna parte. Es de mal gusto subirse a una tortuga y gritar de espanto cuando ella empieza tomar una curva. Las tortugas son los carteros de las buenas noticias. Si, en vez de pensar en Albert Einstein, la luz hubiese visto una tortuga, no habría encontrado la necesidad de ir tan rápidamente. Seamos sinceros: es obvio que la velocidad de la luz es una exageración.

Las tortugas tienen alma de expediente, y viceversa. Habría que pedir que el Juicio Final empiece llamando a las tortugas: así tendríamos tiempo para huir. La tortuga es tan lenta que, a fin de ser virtuosos, lo mejor es que elijamos a la tortuga para andar en malas compañías. El número de tortugas ha descendido, pero, antes, había tortugas hasta en la sopa. Junto a su rapidez inversa, las tortugas exhiben la notable cualidad de ser longevas, a diferencia de las personas, quienes a veces no exhiben cualidades. Muchas personas hemos perdido ya la esperanza de ser longevas pues a nuestra edad ya lo hubiéramos sido, y no es cosa de pasar a la segunda infancia cuando ya nos toca entrar en la tercera ancianidad. Dicen que uno tiene la edad que siente, y lo malo es que es verdad.

Se ha perdido la cuenta de los años que tienen las tortugas porque toda la gente ha nacido después que ellas. Las tortugas cargan la Edad de la Piedra en su caparazón. Se cree que las tortugas pueden llegar a cumplir los 300 años de vida, aunque esto no ha ocurrido aún pues todas las tortugas se han muerto antes; pero, de que pueden, pueden. La tortuga más anciana y conocida fue Tui Malila, del género Geochelone radiata: según consta en la imaginación, ella nació en 1777 y murió en 1965, con 188 años bien recorridos, pero en el mismo lugar. Tui vivió con discreción y se fue sin decir una sola palabra; por esto, Tui es la santa patrona de los citados a declarar por las comisiones investigadoras.

Aunque lenta, la tortuga llegó antes que nosotros, los meros homines sapientes. Nos reímos de la lentitud de las tortugas, pero, antes de que apareciéramos en el catálogo de la evolución, ellas ya habían caminado media cuadra de todo el espacio sideral. El filósofo costarricense Fernando Araya anota (La magia del conocimiento, capítulo I) que, para los antiguos indios de la India (los otros aún no nos habían descubierto), la Tierra se sustentaba sobre cuatro elefantes instalados encima de una tortuga que flotaba en un mar de leche. Los seres humanos podemos hacer muchas cosas, pero nadie puede imaginar el tamaño de la vaca. En todo caso, solamente los/as muy quejosos/as estarían felices de llorar sobre esa leche derramada.

Sub voce «Tortuga», el Diccionario de símbolos de don Eduardo Cirlot nos induce a creer que la tortuga representa la pesantez, la involución y el materialismo reptil. No; a la inversa, la tortuga es un símbolo de la meditación y el pacifismo: con su casa a cuestas, nunca se ha metido en casa ajena. Sin moverse, las tortugas respetan las distancias. La tortuga es un «animal filosófico» diría don G. W. F. Hegel, quien, para nuestra decepción, se refería al gato. En el fondo, nuestro problema con la tortuga es que su mirada nunca nos toma muy en serio. Por algo será: sin duda, la voz de la experiencia.

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