Este artículo es de hace 3 años

La reforma universitaria no es una marca registrada de Martín Benavides

El presidente Vizcarra pone a Martín Benavides como un mártir de la reforma universitaria cuando otra persona puede suplir perfectamente su cargo.
Tony Landa

El Gobierno de Martín Vizcarra nos ha tratado de vender la idea de que la reforma universitaria es de propiedad del ministro Benavides. “No se negocia”, así sentenciaba el mandatario cuando se enteró que a Pedro Cateriano le había sido negado el voto de confianza porque no hubo consenso de parte de las demás bancadas en la ratificación del ministro de Educación.

Martín Benavides fue un rostro visible durante el cierre masivo de universidades que no cumplían con las normas, la parte más álgida del emprendimiento de las reformas y donde se visibilizaron fuertemente las falencias de la educación superior en nuestro país. El problema está en que Vizcarra trata de convertirlo en un mártir, relacionando directamente al desarrollo de la reforma universitaria con su permanencia en el cargo.

Reducidos por la guadaña mediática, Podemos Perú se abstuvo de participar oralmente en la interpelación del ministro Benavides. Es ahora Unión por el Perú el partido que busca la salida del titular del Minedu y ya está en búsqueda de las 33 firmas necesarias para poder presentar una moción de censura. Pero, en caso de que la censura procediera, el Gobierno no debería mortificarse.

Es decir, si la bancada cuyo vocero insultó a los bomberos en el hemiciclo del Congreso o el grupo parlamentario liderado por el dueño de Telesup y sus allegados decidieran censurar al ministro de Educación, esto no debería significar una paralización de la reforma. Por el contrario, deberían elegir a otro que pueda seguir llevándola a cabo y que, de paso, sepa cómo comprar tabletas para los menores.

La puesta en jaque de la permanencia del titular del Minedu ha sido tildada por el Gobierno como un intento de petardear las reformas. Sin embargo, el ministro de Educación dio suficientes excusas como para que el Congreso lo ponga en la posición de vilo que mantiene durante esta semana; cancelar el contrato de compra de más de 800 mil tablets para los niños pobres en zonas rurales es una de ellas, aunque posteriormente admitiera su “responsabilidad política”.

De hecho, es posible que –si los congresistas se olvidan de los presuntos licenciamientos irregulares a las dos universidades privadas- la fallida compra de estos electrónicos tome mayor fuerza como excusa para su censura. Sea cual sea el desenlace de la historia que agobia al ministro de Educación, el Gobierno no tendría que poner como pretexto su eventual salida como para detener la reforma universitaria, la cual debe ser independiente de si Martín Benavides ejerce el cargo o no.

Está de más decir que los verdaderos propósitos de la interpelación a Benavides no fueron en pro de ese sector. Pocos congresistas hablan del maltrato que sufren los profesionales de educación, quienes en algunos casos deben ser forzados a trabajar horas extras, a llenar y rellenar documentos que se vuelven obsoletos con una llamada y una serie de quejas más de estos trabajadores que se suscitaron durante la pandemia. Pareciese que el único interés que tienen los legisladores en contra del ministro es jugar en pared con la bancada que pende de los hilos del hoy investigado José Luna.

Si a Benavides lo censurasen, Martín Vizcarra debe tener en claro que, seguir pechando al Parlamento en medio de una crisis sanitaria y más aún cuando hay funcionarios ineficientes, es una estrategia gastada para ensalzar su popularidad. En Arequipa ya no lo quieren, en el resto del país están dejando de quererlo y ni siquiera los recuerdos de la histórica disolución del Congreso el año pasado lo salvarán de irse por la puerta chica.

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