Nueva etapa

Nuevo reto de Avelino Guillén: el Ministerio del Interior

El presidente Pedro Castillo acierta en designar a Avelino Guillén como nuevo ministro.

En su gestión, el oportunista PPK perdió la oportunidad de nombrarlo ministro. Antes del lobista, Ollanta Humala, la anécdota que estuvo en Palacio de Gobierno, también dejó pasar la oportunidad.

Ahora, el profesor que está aprendiendo lo ha nombrado ministro del Interior y creo que es un acierto. Con él debió empezar su gobierno.

Avelino Guillén es una gran figura en la política gracias a su labor intachable como abogado de la sociedad.

Los peruanos le debemos tanto a Guillén. Su ejemplo, su honestidad son elogiables. Creo se va formando un gran equipo. Pedro Francke, Gisela Ortiz, Mirtha Vásquez, Aníbal Torres y otros le están dando un brillo interesante a este gobierno.

¿Quién es Guillén? Hacia mediados de la década del 50, el niño Avelino, siguiendo el ejemplo de don Pelayo, su padre, soñaba con ser policía para ayudar a encarcelar a los ladrones y hacer de este mundo un lugar más seguro donde vivir.

Le gustaba acompañar a don Pelayo a las dependencias policiales y las ganas de ser policía le aumentaban porque le parecía genial que hombres uniformados y disciplinados trabajaran para hacer de este país un lugar más justo. En aquel tiempo, el niño Avelino jugaba en los patios del colegio primario particular San Pablo de Surquillo y era felicitado por sus altas calificaciones.

Cuando saltó a la secundaria del colegio nacional Ricardo Palma, también de Surquillo, la idea de ser policía se le empezó a desvanecer poco a poco. Don Pelayo envejecía mientras él crecía; y le causaba rabia que, a su héroe, que era además la autoridad, sus inquilinos no le pagaran por el alquiler de pequeñas habitaciones que arrendaba en Surquillo. “Cuando terminé la secundaria, ya no acompañaba a mi padre a las comisarías, sino a sus diligencias judiciales para lograr que le pagaran sus inquilinos o para desalojar a los que querían adueñarse de sus propiedades”, me dijo Guillén hace algunos años.

Ayudando a su padre en sus ajetreos judiciales, el joven Avelino entonces empezó a notar cómo se manejaba la justicia en el país. Don Pelayo, a veces, no conseguía justicia a pesar de que su reclamo era totalmente justo y esas cosas construían en el joven Guillén, a punta de indignación, la vocación de ser hombre de leyes para enderezar las cosas. Por eso decidió estudiar derecho en la Universidad San Martín, donde se enamoró perdidamente del derecho penal. No hay evidencias de que haya militado en ningún partido político en sus épocas de universitario; pero existen pruebas de que integró un círculo de estudios cuyo punto de coincidencia era el rechazo a los excesos del gobierno del general Juan Velasco Alvarado.

“Recuerdo que para encontrar ejemplares de algún periódico distinto al que le gustaba al general, caminábamos kilómetros y kilómetros porque no teníamos para el pasaje. Había que buscar a la prensa independiente, porque el gobierno del general también era experto en requisas. Yo estudié entre 1973 y 1979 y eran tiempos duros, pero pasé bien el trance”, me contó.

Con gran mérito, el joven Guillén concluyó sus estudios en la San Martín en diciembre de 1979 y, pocos días después, con apenas 25 años, fue nombrado juez de paz no letrado en Villa el Salvador, que era, en aquel tiempo, un arenal donde los provincianos soñaban construir una gran ciudad. En 1981, Guillén saltó a ser secretario en el Juzgado Penal de Andahuaylas (Apurímac) y trabajó ahí hasta finales de ese año, cuando ingresó en el Ministerio Público como abogado auxiliar, luego de aprobar un examen riguroso. “Para dar aquel examen vine, de Andahuaylas a Lima, en camión. ¡Aquellos tiempos!”, recordó.

En 1982, fue nombrado fiscal adjunto antidrogas de Pucallpa y su trabajo fue ayudar a encontrar la verdad, porque su lema siempre fue “trabajar en la Fiscalía es servir a la sociedad”. Después de ese encargo, hizo las primeras investigaciones importantes de su carrera. De aquel tiempo es, por ejemplo, la investigación de los seis evangelistas asesinados en Ayacucho. También, el caso del “Comandante Camión”. Tras una ardua investigación en Huanta, Ayacucho, entre 1983 y 1984, junto a su maestro y amigo, el fiscal José Luis Mejía formalizaron una denuncia penal contra el oficial Álvaro Artaza, el famoso “Comandante Camión”. Cuando el juez abrió instrucción con mandato de detención por el caso, el joven Guillén pensó que era el mejor trabajo que haría a favor de los derechos humanos, sin imaginar siquiera que décadas después iba a ser uno de los artífices de la denuncia penal contra el exdictador Alberto Fujimori y, ya en el juicio, su acusador más efectivo y contundente.

Una mañana remota de 1991 fue la primera vez que Guillén vio en persona a Fujimori, cuando este tomó juramento al entonces designado fiscal de la Nación, Pedro Méndez Jurado. En aquella ceremonia solemne, Fujimori le pareció un profesor universitario acomodándose con esfuerzo al supremo cargo de la República. Desde aquella vez, no estuvo cerca de él hasta el juicio, de cuyo éxito el fiscal Guillén fue una pieza clave. Guillén es el hombre que mostró al país quién fue realmente Fujimori y fundamentó por qué el socio de Montesinos debía ser condenado. Su trabajo fue notable y prueba de ello es el Premio Nacional de Derechos Humanos “Ángel Escobar Jurado” que le concedió la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos.

Guillén tiene ahora un nuevo reto: mejorar la seguridad ciudadana desde el Ministerio del Interior. Es una tarea ardua. Le deseamos éxitos.

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