Reportaje

Caso Padilla: Medio siglo de controversias

Hace 50 años, la autocrítica que, en Cuba, se hizo Heberto Padilla dividió a la intelectualidad de Latinoamérica y de Europa que militaba en la izquierda. Así, a una parte del mundo por primera vez le importó lo que le sucedía a un poeta.

El 27 de abril de 1971, el poeta Heberto Padilla leyó su autocrítica en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), luego de ser excarcelado esa misma madrugada tras haber permanecido treinta y siete días en prisión acusado de tener una conducta y una literatura “heterodoxas” contra el régimen cubano. Padilla había sido señalado como un contrarrevolucionario por la Seguridad del Estado que ordenó su arresto por tres motivos: el primero, por su poemario “Fuera del juego”; el segundo, por sus conversaciones con K. S. Karol y René Dumont, dos intelectuales franceses que habían publicado dos libros críticos sobre Cuba; y la última, la supuesta intención de publicar su novela “En mi jardín pastan los héroes”, usando como intermediario a Jorge Edwards. Este hecho, inmediatamente, pasó a llamarse el caso Padilla y acaparó las portadas de los diarios de la región y del extranjero.

A raíz de lo sucedido aquella noche en el local de la Uneac, un grupo de intelectuales se distanció del régimen castrista porque consideraron que las declaraciones del autor de “Fuera del juego” significaban la estalinización de la política cultural cubana. Previo a la ruptura, los intelectuales latinoamericanos y europeos, izquierdistas confesos y admiradores de los barbudos revolucionarios, le enviaron dos cartas a Fidel Castro, quien en ese entonces fuera el primer ministro de Cuba, para manifestarle su desacuerdo y preocupación por lo que ocurría en la isla.

El 2 de abril, en el diario “Excelsior”, de México, apareció un comunicado del PEN Club de ese país dirigido a Castro que desaprobaba “la aprehensión de Heberto Padilla” y deploraba “las declaraciones que en torno a este hecho le atribuye a usted la agencia France Press”. La carta, que contaba con la venia de Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Octavio Paz, José Emilio Pacheco, entre otros, decía que la libertad del liróforo les parecía “esencial para no terminar, mediante un acto represivo y antidemocrático, con el gran desarrollo del arte y la literatura cubanas”. Fidel evitó responder sobre el apresamiento del poeta.

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La segunda misiva, escrita por Julio Cortázar y Juan Goytisolo, se publicó en Francia, el 9 de abril, en el periódico “Le Monde” y fue suscrita por Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Jean Daniel, Claude Roy, Italo Calvino, Alberto Moravia, Carlos Barral, Josep Maria Castellet, Juan Goytisolo, Luis Goytisolo, Jorge Semprún, Octavio Paz, y más personalidades. Los integrantes del boom latinoamericano también suscribieron la proclama: Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar. Además del novelista Vargas Llosa, otro peruano firmó el comunicado conocido como la “primera carta”. Se trata del poeta Rodolfo Hinostroza.

Rodolfo Hinostroza. Foto: UCH
Rodolfo Hinostroza. Foto: UCH

El músico italiano Luigi Nono, quien firmó este pronunciamiento, luego escribiría: “Mi adhesión a la carta escrita por un grupo de intelectuales europeos sobre el caso del poeta ha sido un error mío (y espero que otros lo reconozcan abiertamente)”. En esa misma línea, García Márquez y Cortázar fueron unos de los pocos escritores que mantuvieron sus relaciones con el régimen cubano después del caso Padilla, aunque Gabo luego diría que en ese documento de protesta pusieron su nombre sin su autorización.

Alejo Carpentier, quien era consejero cultural de la embajada cubana en Francia, fue testigo de cómo se buscaron adhesiones para la “primera carta” protestante de los intelectuales. Es más, el 30 de marzo, el autor de “El siglo de las luces” envió una copia de la carta original a la Casa de las Américas con una nota que señalaba que “la mayoría de los firmantes [las firmas] que la endosan, han sido sacadas por teléfono, a personas que no estaban al tanto del asunto”. El escritor y diplomático también lamentó algunas posturas de sus colegas: “Me entristece la presencia de Mario Vargas Llosa en esta pizarra de infamia”.

Apenas estuvo libre, Padilla solicitó al Gobierno cubano explicar personalmente su caso. Frente a la comunidad de artistas y de escritores, en un salón de la Uneac, aclaró que él solicitó la reunión. “Estaba detenido por contrarrevolucionario… Por muy grave y por muy impresionante que pueda resultar esta acusación, esa acusación estaba fundamentada por una serie de actividades, por una serie de críticas… y por una serie de injurias y difamaciones a la Revolución que constituyen y constituirán siempre mi vergüenza frente a esta Revolución”, manifestó.

Foto: Captura de pantalla del documental “Conducta impropia”
Foto: Captura de pantalla del documental “Conducta impropia”

El salón era resguardado por agentes de Seguridad del Estado que estaban vestidos de civiles. El discurso del también escritor cubano continuó: “Yo hice muy mal mi papel, yo quería sobresalir. Yo quería demostrar que el único escritor valiente entre comillas era Heberto Padilla… Ese fue mi inicio, esa fue mi más clara actividad enemiga, mi más específica actividad para dañar a la Revolución: asumir los alardes teóricos de un hombre que no tenía mérito revolucionario alguno para asumirlo”.

Padilla, vestido con una camisa celeste, un pantalón oscuro y luciendo unos grandes anteojos, dijo que cometió el error de defender al novelista Guillermo Cabrera Infante, a quien llamó “contrarrevolucionario y un enemigo declarado de la Revolución, un agente de la CIA”. Al mismo tiempo, pidió perdón por haber sido crítico con el escritor Lisandro Otero, “un amigo verdadero”, quien le dio su casa de playa “un mes en los dos meses de descanso que yo tenía por mi ministerio” cuando regresó de Europa en 1966.

Sobre su poemario “Fuera del juego”, que ganó el Premio Julián del Casal de 1968, comentó que tenía páginas que “llevan al espíritu derrotista, y el espíritu derrotista es contrarrevolución”. Añadió que el libro estaba “lleno de amargura, lleno de pesimismo. Ese libro está escrito con lecturas, ese libro no expresa una experiencia de la vida, no interioriza la experiencia cubana. Hay que reconocerlo. Ese libro expresa un desencanto, y el que lo aprecie lo único que hace es proyectar su propio desencanto”.

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Aunque la Uneac pidió que se reconsidere otorgarle el premio al trabajo del poeta cubano, el jurado, entre cuyos integrantes se encontraba César Calvo, insistió en coronarlo. Sin embargo, el comité editorial y ejecutivo de los organizadores del certamen literario escribió un prólogo crítico contra el mismo poemario para su publicación. Al poco tiempo, el libro fue publicado en Francia por la editorial du Seuil. Una faja en la portada preguntaba: “¿Se puede ser poeta en Cuba?”. Sobre ello, su autor afirmó que se “beneficiaba con la situación internacional”, porque “obtenía con todo este hecho una doble importancia: la importancia intelectual y la importancia política”.

Más adelante, agradeció “a la Revolución, no solo de ningún modo que esté en libertad, sino que me permitan la oportunidad de decir esto”. El discurso oral, que nació en parte de una carta que escribió cuando estaba encarcelado y le hizo llegar a la Seguridad del Estado días antes de su liberación, siguió: “Si no ha habido más detenciones hasta ahora, si no las ha habido, es por la generosidad de nuestra Revolución. Y si yo estoy aquí libre ahora, si no he sido condenado, si no he sido puesto a disposición de los tribunales militares, es por esa misma generosidad de nuestra Revolución”.

En el cierre de su confesión, que duró casi cien minutos y fue grabado por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, Padilla indicó que algunos de los presentes también tuvieron, como él, muchas actitudes contrarrevolucionarias e injustas contra el gobierno cubano. Luego, les imploró a sus compañeros que rectifiquen sus conductas apenas él terminara su ponencia. Nombró a Manuel Díaz Martínez, Pablo Armando Fernández, César López, David Buzzi, José Yanes, José Lezama Lima, Norberto Fuentes e, incluso, Belkis Cuza Malé, su pareja. En respuesta, Fuentes refutó lo dicho por Padilla y se negó a hacer su autocrítica, argumentando que él sí se consideraba un revolucionario. Lezama Lima fue el único de los mencionados que no estuvo entre los asistentes.

En “El 71. Anatomía de una crisis”, Jorge Fornet escribió que Armando Fernández contó que, al ser puesto en libertad, Padilla se reunió con sus amigos más cercanos y les dijo que estaba en la obligación de acusarlos “como contrarrevolucionarios”, pero que no se preocuparan porque él sabía cómo hacerlo. En palabras de Fornet, Norberto Fuentes, quien “aceptó la reprimenda de Padilla, pero después pidió la palabra para descalificarlo alegando que un contrarrevolucionario como él no tenía ninguna autoridad para juzgar a un revolucionario”, echó a perder el plan.

Díaz Martínez, quien fue uno de los jurados que declaró ganadora del Premio Julián del Casal a “Fuera del juego”, asistió a la lectura de la autocrítica. Luego el escritor sostuvo en un artículo que ese acto lo registró “como uno de los peores de mi vida. No olvido los gestos de estupor —mientras Padilla hablaba— de quienes estaban sentados cerca de mí, y mucho menos la sombra de terror que apareció en los rostros de aquellos intelectuales cubanos, jóvenes y viejos, cuando Padilla empezó a citar nombres de amigos suyos —la mayoría estábamos de corpore insepulto— que él presentaba como virtuales enemigos de la revolución”.

Al día siguiente del evento en la Uneac, en una carta enviada a la Casa de las Américas, Mario Benedetti contó que en Uruguay y en Argentina se hablaba mucho sobre el caso Padilla y que esta coyuntura era aprovechada por los opositores de la Revolución cubana que no paraban de despotricar contra ella. El escritor uruguayo texteó: “Les pediría que, dentro de lo posible, envíen detalles ampliatorios, por ejemplo, matices que, si bien no se pueden manejar a nivel oficial, den pie sin embargo para complementarias explicaciones verbales que uno pueda brindar a gente amiga de la Revolución Cubana… Pero comprenderán que eso no es suficiente… Así que informen, compañeros, manden noticias. Please: no se autobloqueen”.

El 4 de febrero de 1972, Julio Cortázar le dijo a Haydee Santamaría: “Es elemental que yo te responda diciéndote cuáles fueron mis sentimientos cuando, después del estupor y el escándalo provocado en Europa por la noticia del arresto de Padilla, empezaron a pasar los días y las semanas sin que ninguno de nosotros, los que necesitábamos un mínimo de información, recibiéramos el menor detalle que nos permitiera hacer frente a esa ola desencadenada por la prensa reaccionaria, de los falsos amigos de Cuba, de los oportunistas, de los resentidos y de los ingenuos”. Estas preocupaciones fueron expresadas en la “primera carta”.

Cuando ya había estallado el caso Padilla, Fidel Castro, en su discurso por la clausura del Primer Congreso de Educación y Cultura, el 1 de mayo de 1971, soslayó pronunciarse directamente sobre el asunto. No obstante, para el escritor cubano René Dayre, la frase “hay algunos libros de los cuales no se debe publicar ni un ejemplar, ni un capítulo, ni una página, ¡ni una letra!” que soltó Fidel en su ponencia era una clara alusión al poemario “Fuera del juego”. Entretanto, una de las pocas publicaciones que permitió que sus páginas se llenen con las opiniones a favor o en contra en torno al caso Padilla fue la revista uruguaya “Cuadernos de Marcha”.

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La autocrítica de Padilla acarreó alejamientos de escritores cercanos a la isla. El 5 de mayo de 1971, Mario Vargas Llosa, desde Barcelona, le envió una carta a Haydee Santamaría donde rompía con el comité de redacción de la revista Casa de las Américas. El texto argumentaba: “[…] ese lastimoso espectáculo no ha sido espontáneo, sino prefabricado como los juicios estalinistas de los años treinta. Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial, es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la Revolución Cubana…”.

Nueve días después, Haydee Santamaría le respondió al novelista peruano. La misiva señalaba: “Usted no ha tenido la menor vacilación en sumar su voz —una voz que nosotros contribuimos a que fuera escuchada— al coro de los más feroces enemigos de la Revolución Cubana”. Sobre la detención de Padilla, Santamaría indicaba: “Fue detenido un escritor, no por ser escritor, desde luego, sino por actividades contrarias a la Revolución que él mismo ha dicho haber cometido y usted que acababa de visitar nuestro país, sin esperar a más, sin conceder el menor crédito a las que pudieran ser razones de la Revolución para proceder así, se apresuró a sumar su nombre a los de quienes aprovecharon esta coyuntura para difamar a nuestra Revolución, a Fidel, a todos nosotros”.

El 20 de mayo, una segunda carta de los intelectuales europeos y latinoamericanos, la mayoría de ellos radicados en Europa, le comunicaría a Fidel Castro “nuestra vergüenza y nuestra cólera” por “el lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla” y que “solo puede haberse obtenido mediante métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias”. Aquella misiva, escrita por Vargas Llosa según una confesión suya, oficializaba el divorcio entre el régimen cubano y una parte de la intelectualidad izquierdista que finalizaba su escrito con un pedido: “Quisiéramos que la Revolución Cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo”. Algunas figuras de la primera carta no estamparon su firma en la segunda.

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El 6 de junio de 1971, en la celebración por el décimo aniversario del Ministerio del Interior, Castro se pronunció sobre la segunda carta de los intelectuales. El líder cubano dijo: “Nosotros queremos expresar aquí nuestro repudio y nuestra indignación al grupo de miserables que internacionalmente pretendieron hacer creer que una declaración autocrítica de un escritor que mantenía posiciones contrarrevolucionarias haya sido resultado de torturas físicas. Muchas imputaciones calumniosas se le han hecho a esta Revolución, las ha hecho el enemigo imperialista, pero hay verdades tan claras, tan universalmente reconocidas que nosotros consideramos uno de los actos de mayor bajeza, una de las calumnias más infames que se hayan hecho contra la Revolución, la afirmación de que un solo ciudadano de este país haya podido ser víctima de torturas físicas”.

Ese mismo mes, en una entrevista con César Hildebrandt para la revista “Caretas”, Vargas Llosa sostuvo que “era previsible que la derecha tratara de sacar partido de los acontecimientos cubanos”.  Entre otras cosas, dio detalles sobre su posición: “Cierta prensa está usando mi renuncia al comité de la revista Casa de las Américas para atacar a la Revolución Cubana desde una perspectiva imperialista y reaccionaria. Quiero salir al frente de esa sucia maniobra y desautorizar enérgicamente el uso de mi nombre en esa campaña contra el socialismo cubano y la revolución latinoamericana. Mi renuncia es un acto de protesta contra un hecho específico que sigo considerando lamentable, pero no es ni puede ser un acto hostil contra la Revolución Cubana, cuyas realizaciones formidables para el pueblo de Cuba son llevadas a cabo en condiciones verdaderamente heroicas, que he podido verificar personalmente en repetidos viajes a la isla”.

Un grupo de escritores y poetas peruanos dijo que la carta que Vargas Llosa envió a Santamaría “no representa la opinión general de la intelectualidad revolucionaria peruana” y solo fue un capítulo más en la “campaña tendiente al desprestigio de la imagen de la Revolución Cubana”. Quienes suscribieron este comunicado fueron Juan Gonzalo Rose, Alejandro Romualdo, Eleodoro Vargas Vicuña, Reynaldo Naranjo, Winston Orrillo, Arturo Corcuera, Gustavo Valcárcel, Washington Delgado, Alejandro Peralta, Francisco Bendezú, Luis Guillermo Lumbreras, Marcos Yauri, Tilsa Tsuchiya, Magda Portal, entre otros, quienes pidieron que demás intelectuales y artistas de Latinoamérica se solidaricen con la isla.

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Personalidades de Colombia, Uruguay, Chile, México y España también condenaron las acusaciones contra Cuba que hacían los intelectuales latinoamericanos no afincados en Latinoamérica en su “segunda carta”. La declaratoria de los intelectuales uruguayos manifestaba: “En los últimos años han sido muchos los artistas e intelectuales latinoamericanos que han sufrido prisión. Y muchos más los estudiantes, los obreros y los combatientes que han sido salvajemente torturados por las fuerzas policiales que instrumenta la CIA, pero nunca hemos leído ninguna denuncia del grupo de latinoamericanos en Europa (y si las hubo, habrán sido de un tono muy confidencial, ya que las agencias cablegráficas no las desparramaron por el ancho mundo con su acostumbrada eficacia) en relación con ese abyecto proceder”.

Benedetti se preguntaría lo mismo en un extenso artículo titulado “Las prioridades del escritor”: “¿Saben los firmantes si en Cuba se cometieron injusticias contra algún tornero, algún estudiante, algún enfermero, algún biólogo, algún tractorista? Enseguida se respondía: “Seguramente se habrán cometido, porque una revolución está hecha por hombres, y los hombres son tremendamente falibles. Pero ni a las agencias capitalistas ni a los intelectuales de “La Coupole”, les interesa averiguar posibles situaciones que no afecten al clan literario”.

Al ser consultado por la carta de los sesenta y dos intelectuales, Gonzalo Rojas dijo que era apresurada y alarmante que la suscriban escritores, además de revelar una “superficialidad dudosa”. Para el poeta chileno “la acusación de estalinismo contra la Revolución cubana [le] parecía ridícula, risueña en boca de algunos”. Por su lado, en una entrevista, Gabriel García Márquez manifestó que “el conflicto de un grupo de escritores latinoamericanos con Fidel Castro es un triunfo efímero de las agencias de prensa”. Ratificó, asimismo, que él nunca firmó “ninguna carta de protesta” y que la autocrítica de Padilla “sí le está haciendo daño, y muy grave” al gobierno de los barbudos.

La lectura de Gabo era compartida por Eduardo Galeano, quien afirmó que el autor de “Fuera del juego” hizo su autocrítica deliberadamente “para joder a Cuba” al “estilo de los procesos de Moscú de los años treinta, para enviar una señal de humo a los liberales del mundo”. Al igual que el periodista argentino Rodolfo Walsh, Galeano sostenía que para los europeos la revolución de “los barbudos de la Sierra”, que ellos mismos habían idealizado, “había derivado en una cosa espantosa”.

En agosto, Alejo Carpentier le comunicó a Roberto Fernández Retamar que el asunto había perdido peso en la prensa francesa. Ese mismo mes, Julio Cortázar, quien escribió “Policrítica en la hora de los chacales” como respuesta al caso Padilla, le envió a Marina Torres una carta que decía: “Todos hemos metido un poco la pata en ese asunto, pero los que firmaron la segunda carta a Fidel se han jodido revolucionariamente para siempre, porque la carta es absurda, grosera e incluso canalla”. Aunque no todos los firmantes de esta segunda carta se alejaron de la izquierda, la mayoría sí se alejó o distanció de la Revolución cubana, y unos cuantos viraron hacia la derecha política.

Guillermo Rodríguez Rivera, en su libro “Decirlo todo. Políticas culturales (en la Revolución Cubana)”, recordó que cuando vio a Padilla en España le preguntó si su autocrítica “parodiaba las de los grandes purgados por Stalin en los años treinta”. Como respuesta obtuvo: “Claro (me dijo sonriendo levemente y sin dudarlo). Fue mi venganza; me habían detenido solo por escribir un libro de poemas”. Sobre la decisión de provocar al régimen cubano, en sus memorias Padilla escribió: “Solo me quedaba una opción literaria y política para que mi ostracismo tuviera una verdadera razón de ser. Di por terminado “Fuera del juego”” y se refirió a su autocrítica como una “farsa”.

El “affaire” Padilla, otro de los nombres con los que se le conoce a este evento, significó para el gobierno que encabezaba Fidel Castro una “victoria pírrica”, según un memorando llamado “Padilla: ¿el Solzhenitsyn de Castro?”, elaborado por la Agencia Central De Inteligencia. De acuerdo con Norberto Fuentes, quien dijo que Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba, Fidel percibió este episodio para saber quiénes estaban en contra de la Revolución cubana.

2 Caso Padilla Medio siglo de controversias

Para el escritor colombiano Oscar Collazos, en su artículo “Los inventores de affaires”, el caso Padilla se trató de un invento de los intelectuales que firmaron la segunda carta y que les sirvió como pretexto para romper relaciones con la isla. Además, señaló que desde 1968, año en que “Fuera del juego” ganó el Premio Julián del Casal, “las distancias entre los amigos y la Revolución se hacían evidentes”. Así, esta polémica, según Collazos, devino en “una instancia más de la descolonización cultural” del país.

Luego de haber salido de Cuba en 1980 para afincarse en suelo norteamericano, Padilla volvió a ser noticia cuando se reunió con un grupo de escritores cubanos exiliados, algunos declarados anticastristas, en 1994, en Suecia. Desde allí, este grupo suscribió la Declaración de Estocolmo que pedía el levantamiento “urgente y sin condiciones” del embargo económico de Estados Unidos sobre Cuba y, al mismo tiempo, sostenía que “la cultura cubana, tanto la que se produce en Cuba como en el exterior, es una, y pertenece a la herencia de nuestra Nación”. Este encuentro generó opiniones divididas entre la intelectualidad cubana de exiliados. Guillermo Cabrera Infante fue uno de sus más críticos.

No existe algún documento oficial que determine si la autocrítica de Padilla fue propuesta por el mismo o se la impuso la Seguridad del Estado para liberarlo. De todos los testimonios, cartas, pronunciamientos, noticias, artículos, etc., se desprende algo irrefutable: Heberto Padilla logró movilizar a la intelectualidad europea y latinoamericana a su favor y también en contra de la Revolución cubana. Aquella autocrítica en la Uneac ha cumplido cincuenta años en medio del silencio. Solo el libro “Fuera (y dentro) del juego”, editado por la Casa de las Américas este 2021, sirve, así lo señala su subtítulo, como “Una relectura del caso Padilla”.

1 Caso Padilla Medio siglo de controversias
La portada del libro en mención. Foto: Casa de las Américas

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