Los esclavos negros no solo fueron carne flagelada, cuerpos castigados a latigazos y comprados por un escudo de oro o dieciséis onzas de plata. También fueron, para rabia de discriminadores y racistas, un crisol de portentos, creadores de expresiones de fe que terminarían marcando la historia del Perú.
En 1671, un africano de origen angoleño trazó sobre un muro de adobe la imagen de un Cristo crucificado. Quizá intentaba representar, en aquella pared, su propia existencia: una vida agónica, miserable y sometida al dolor. Lo que difícilmente pudo imaginar es que aquella pintura, realizada por una mano anónima, sobreviviría durante siglos y se convertiría en el centro de una devoción multitudinaria. Tres siglos y medio después, ese Cristo sigue convocando a miles de fieles que le atribuyen milagros.

Al principio, los peninsulares —entre conquistadores y religiosos— quisieron borrar la imagen. La consideraban, según las interpretaciones de la época, una representación sacrílega y demoníaca. Pero no pudieron hacerlo. Ni la mano del hombre, que habría sufrido una suerte de castigo divino al intentar destruirla, ni los terremotos que devastaron Lima durante el siglo XVII consiguieron derribar el muro ni borrar el tosco retrato del Galileo.
El virrey Pedro Antonio Fernández de Castro, conde de Lemos, recio y temperamental funcionario de la Corona española, y el vicario general Esteban de Ibarra, conocedor de los asuntos de herejía, no tuvieron otra opción que rendirse ante aquella cruz pintada en la pared.
No era un engendro azufroso ni una señal mefistofélica. Por el contrario, terminaron reconociendo en ella una expresión divina. Según la tradición, aquella imagen no solo sanaba enfermos, sino que también detenía, por misericordia, la cabalgata de los temblores. Así, el 14 de septiembre de 1671, durante la primera misa oficial, las principales autoridades de Lima inclinaron la cabeza y doblaron las rodillas ante el Señor de los Milagros.
En estas tierras que los monarcas españoles bautizaron como la Ciudad de los Reyes, la fama del Cristo creció entre colonos, indígenas, esclavos y devotos de distintas procedencias. Con el paso del tiempo, su culto desbordó los límites de aquella primera comunidad afrodescendiente. Y, llegada la República, dejó de ser una devoción circunscrita a un grupo de fieles para convertirse en una manifestación multitudinaria de fe. Parafraseando al novelista José María Arguedas, millones de hombres y mujeres de todas las sangres visten hoy el hábito morado y se estremecen ante el paso del Nazareno, mientras el Ángelus anuncia el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios.
Para algunas sectas religiosas, el Señor de los Milagros constituye un acto de herejía: un ídolo al que, según sostienen, no se debería venerar. Se amparan en la premisa bíblica: «No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra». Desde esa interpretación, cuestionan la veneración de las imágenes religiosas. Para el magisterio católico, en cambio, estos son instrumentos de los que Dios se vale para manifestar su poder sanador, caritativo y redentor.

Los antiguos pobladores de Lima conocieron de cerca aquella devoción. Los relatos sobre los primeros milagros atribuidos al Cristo hablan de piratas que sucumbían en alta mar, epidemias que desaparecían y terremotos que, después de hacer castañear los dientes de miedo, parecían apaciguarse ante la palma horadada de Jesús.
Hoy, más de 350 años después, una muchedumbre contrita y gimiente continúa buscando amparo divino. Ya no se trata únicamente de protegerse de ese monstruo que, entre convulsiones, devora edificios, montañas y ríos: los terremotos. También se busca protección frente a esa nauseabunda ralea de extorsionadores, sicarios y corruptos que ha convertido las calles en escenarios de violencia y sangre. Los fieles esperan que el Señor de los Milagros vuelva a escucharlos, como aquel «Guarda y Custodio desta Ciudad», título que alguna vez le confirió el municipio limeño.

Mientras la multitud acompaña el recorrido del Nazareno, una mujer vestida con el hábito morado rompe por un instante el murmullo de la procesión. Al verlo pasar imponente por la esquina de los jirones Miguel Aljovín y Junín, exclama:
—¡Gracias, Dios, por compadecerte y sanar a mis tres hijos!
Su testimonio me hace recordar un pasaje del capítulo 14 del Evangelio de san Mateo: «Al desembarcar vio a mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos».
La mujer continúa entre la multitud. El Cristo avanza, cargado sobre los hombros de sus devotos, mientras las oraciones se confunden con el incienso y el sonido de las bandas. Octubre vuelve a ser el mes de la esperanza, de las súplicas y de los agradecimientos. A veces, Dios parece andar despacio; otras, apurado. Octubre, creo, es el mes en que tiene más trabajo.













