El jinete en la hora cero

Novela viajera, de resistencia al olvido

El escritor y periodista Paco Moreno acaba de publicar “El jinete en la hora cero” (Artífice Comunicadores), novela que discurre en dos momentos históricos: el conflicto armado interno y la pandemia por el nuevo coronavirus.

En 1923, José María Arguedas vivió en Cangallo, provincia ayacuchana que, por primera vez, apareció en la agenda oficial del Perú cuando los encapuchados entraron a la Oficina de Registro Electoral, en Chuschi, para quemar las ánforas de las elecciones generales de 1980. En estas tierras del infortunio, asoladas por la violencia terrorista, también “surgió un jinete de los bravos”. Se trata del morochuco Basilio Auqui Huaytalla, prócer de la independencia.

“El jinete en la hora cero”, la primera novela del escritor y periodista cangallino Paco Moreno*, se encarga de revivir estos episodios y otros más con la precisión que es aliada del buen periodismo que detalla sin exagerar y con las emociones que despiertan los recuerdos inolvidables. Así, acudimos, como señala el narrador Eduardo González Viaña en la contraportada del libro, a “un maravilloso juego de la memoria”.

Esta publicación, sin embargo, no solo transcurre en uno de los pasajes del conflicto armado interno. Se le añade un tiempo reciente e igual de trágico: hablamos de la pandemia por el nuevo coronavirus. El protagonista asocia las angustias del pasado y el presente y las evoca, la mayoría de ellas, como recuerdos mientras se traslada a la casa de sus padres en la periferia de Lima.

Paco Moreno optó por el viaje, recurso que empleó también en su libro “Rebelde sin pausa” (2016), como el motor de este escrito que supera las 160 páginas. El periplo arranca en una avenida de Pueblo Libre, donde el protagonista le da “vueltas a los recuerdos”, tratando de descifrar un presentimiento que tuvo al despertarse y que, según él, significa enterarse de “algo muy grave”. Por temor a contagiarse del bicho en cualquier máquina de cuatro ruedas que transporte pasajeros, prefiere caminar hasta su destino.

En esta obra aparece un personaje que ha dejado una huella imborrable en la historia de la humanidad y, por supuesto, en la literatura: el caballo. El mismo autor lo dice: “Carlomagno y Napoleón no son Carlomagno y Napoleón sin sus caballos”. Este animal justifica la existencia de los siguientes personajes secundarios: Jobero, Sillcao y Mallaccha. Este último es considerado parte de la familia del protagonista, cuyo nombre se mantiene en el anonimato, aunque se puede suponer, a grandes rasgos, que es el álter ego de Paco Moreno.

La muerte circula en todos los capítulos del texto. Escenas violentas son narradas con un lenguaje claro y atractivo, técnica que dominan quienes ejercen el periodismo literario y que, al mismo tiempo, es una forma de no ahuyentar a los lectores con frases compuestas por palabras extrañas que no dicen nada. Así, las parrafadas del “Jinete en la hora cero” van al galope y no al trote.

A la violencia se le asocia la esperanza que, en ocasiones, se viste de pavor. El autor lo ejemplifica con el testimonio de una de las sobrevivientes de la masacre de Sachabamba: “También se salvó su prima Mardonia, quien desde entonces nunca más volvió a hablar sobre el tema y de aquella noche sangrienta le quedan un corazón atormentado y una cicatriz en el cuello como marca infinita de un cuchillo que no logró matarla”.

Hay más. El terror escala conforme el lector pase de una página a otra. Veamos otra de las tantas masacres que rememora este libro: “Aquella noche en que volvieron los encapuchados al pueblo (…) también llegaron los soldados con metralletas desde el cuartel Cabitos. Nadie supo en realidad cuántos murieron en ese enfrentamiento que dejó llanto, desolación, familias destruidas, niños muertos, ancianos degollados, alegrías quebradas… Nadie sabe dónde fueron enterrados los muertos de aquella noche sangrienta que ni siquiera salió en los periódicos”.

El libro destaca porque, entre otras virtudes, sobre todo literarias, es el testimonio de alguien quien vivió en un territorio sometido al grupo terrorista Sendero Luminoso y fue, de alguna manera, testigo de todas las barbaridades que se cometieron en esa etapa. Esta posición le da un valor especial a la obra. Por tanto, no se pueden ignorar las voces “no limeñas” sobre una temática que, como suele ocurrir, se vincula con autores limeños; el lector será quien juzgue finalmente.

Mientras el pánico impera en sus recuerdos, el protagonista no pierde de vista cómo se mueve la Lima pandémica. Y es aquí donde el novelista sabe reconocer a quienes fueron generosos con sus prójimos cuando el sálvese quien pueda ya se había hecho ley: los ángeles del oxígeno y otros mártires. En contraste, y no sabemos con qué intención, le dedica unos párrafos a ciertos políticos cuyas acciones los han enterrado en el profundo desprecio y rechazo colectivos. Es más, en esta parte se pierde la chispa literaria, aspecto que no le quita méritos a un escrito que desborda figuras.

Y si hubo remembranzas sobre el período de violencia, también las hay por los estragos causados por el coronavirus. Según el protagonista, su familia hizo lo imposible para conseguirle un balón de oxígeno a la tía Cleofé, quien, al final, se libró de incrementar las cifras de muertos por el covid. No obstante, otros amigos y familiares no correrían con la misma suerte de Cleofé, personaje traído de la realidad y que aparece en una crónica periodística con la que Paco Moreno consiguió reconocimiento en concurso organizado por la revista argentina “Caras y Caretas”, el año pasado.

El contacto con el reporterismo le ha dado suficiente cuerda al autor para que esta historia beba de fuentes documentadas y que se noten, a leguas, en cada una de sus líneas. Pero la rigurosa documentación y las vivencias, por más nostálgicas que se tornen, no garantizan la calidad de una historia. Es el lenguaje el que empuja a leerla, a contemplarla, a juzgarla, o, en el peor de los casos, a olvidarla. Mejor que nadie, el ensayista Víctor Hurtado Oviedo se adelantó y definió que “quien crea lenguaje crea literatura” y en esta categoría introduce a Paco Moreno, cuya pluma, de por sí, tiene bastante chocolate.

Los escenarios históricos continúan entrecruzándose hasta que, por fin, el protagonista llega a su destino: la casa de sus padres en el barrio Ciudad de Constructores, en San Juan de Lurigancho. Aquí su inquietud se resuelve para, después, seguir arrojando variopintas nostalgias. De lectura ágil y amena, ficciones como “El jinete en la hora cero” sirven para encender el filin que se pierde cuando intentamos que el pasado y el presente dialoguen en estos tiempos violentados por el trajín rutinario que hace que nos olvidemos de todo, muchas veces por nada.

*Aclaración: Paco Moreno es director periodístico de EL PERFIL.

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