La celebración de los 30 años de la Federación Iberoamericana de Productores Cinematográficos y Audiovisuales (FIPCA), dentro de Iberseries, dejó sobre la mesa algo más que un repaso a la historia de la organización. En la conversación FIPCA, 30 años: una conversación sobre pasado, presente y futuro, representantes de la industria hablaron de coproducción, financiación, formación y circulación de películas. Pero fue Gerardo Herrero quien introdujo la reflexión más incómoda sobre el presente y futuro del cine iberoamericano: ¿se están haciendo demasiadas películas que después nadie ve?
Su intervención final fue directa y, además, él mismo anticipó que podía resultar difícil de aceptar dentro de la propia industria.
“La película media ha dejado de existir, ha dejado de existir”, afirmó Herrero al analizar la transformación que está experimentando el mercado cinematográfico. En su opinión, el modelo que durante años permitió que existiera una película de presupuesto y dimensiones intermedias se encuentra en dificultades.
“El coste de lanzar una película es muy grande”, señaló.
A partir de ahí, su reflexión se dirigió hacia la necesidad de modificar la manera en que se plantean las producciones. “Creo que el cine de América, incluida la española, necesita cambiar la organización de las películas”, sostuvo.
Herrero planteó que, en el nuevo escenario audiovisual, las producciones necesitan encontrar una dimensión que les permita competir por la atención de los espectadores.
“Yo creo que hay que hacer películas muchísimo más grandes para competir.”
Pero el argumento que generó más debate llegó después. Herrero puso el foco en la enorme cantidad de títulos que se producen y en las dificultades que tienen muchos de ellos para encontrar espectadores.
“No podemos vivir con tantas películas, aquí está lleno de países de películas que no conocemos.”
La frase resume buena parte de la preocupación que atravesó su intervención. No estaba hablando únicamente del tamaño de las producciones, sino de un problema de fondo: la existencia de una enorme cantidad de películas que, después de conseguir financiación y completar su producción, tienen enormes dificultades para llegar al público.
Herrero continuó poniendo en cuestión la lógica de seguir produciendo sin atender suficientemente a lo que ocurre después:
“Tiene sentido la situación de eso, tiene sentido empeñarse en algo cuando el mercado te está diciendo lo necesario, y a partir de ahí, también debería dar un cambio.”
Y reconoció que su planteamiento tendría consecuencias importantes para el propio sector:
“Yo sé que esto sería difícil de vender, porque afectaría a la producción mucho, pero es una cuestión de los números y de mercado.”
Es precisamente esta última frase la que convierte la intervención en algo más que una reflexión sobre la distribución. Herrero está planteando una revisión del modelo productivo. Si hacer una película cuesta cada vez más dinero, si captar la atención del público resulta más complicado y si una parte importante de las producciones apenas encuentra espacio en salas o plataformas, ¿tiene sentido continuar aumentando el número de títulos?
La pregunta resulta especialmente relevante en el contexto de la propia conversación. Durante el encuentro se explicó que en Latinoamérica se producen aproximadamente entre 800 y 1.000 películas al año, pero que solamente una parte consigue una circulación significativa. Según los datos manejados durante la charla, entre un 20% y un 30% de esa producción encuentra un canal de circulación en salas y plataformas.
El resto se enfrenta a una realidad mucho más difícil.
Uno de los participantes explicó que existe “una parte de nuestra obra, una parte muy importante de nuestra obra, que está invisibilizada para nuestros propios países, dentro de nuestros propios países”.
Y añadió una paradoja especialmente significativa:
“Cuando las vendemos es más fácil venderlas en Europa que venderlas en países de Latinoamérica.”
El problema, por tanto, no parece ser solamente la producción. Es la circulación. Se hacen películas, pero muchas no consiguen viajar, estrenarse, permanecer en cartel o encontrar una audiencia suficiente.
En este punto, las palabras de Herrero adquieren otra dimensión. Su propuesta de hacer menos —o, al menos, replantear el volumen y la organización de la producción— puede resultar polémica porque el aumento de películas también significa más oportunidades para productores, directores, técnicos y nuevos talentos. Reducir la producción podría tener efectos sobre todo el ecosistema.
Pero su argumento no puede reducirse simplemente a “hacer menos películas”. Lo que está planteando es una cuestión de eficiencia y de conexión con el público. ¿De qué sirve producir cientos de películas si una parte considerable no encuentra espectadores?
La industria cinematográfica iberoamericana lleva años luchando por aumentar la producción propia frente al dominio de las grandes producciones internacionales. En ese contexto, producir más ha sido durante mucho tiempo una reivindicación legítima. La propia historia de FIPCA está vinculada a esa defensa de las cinematografías nacionales.
Héctor recordó durante la conversación los orígenes de la federación y la importancia de unir a los productores iberoamericanos. Mónica, desde México, explicó cómo la organización contribuyó a acompañar procesos de cambio legislativo y de apoyo a la cinematografía nacional. También se habló de la necesidad de defender las cinematografías de países con mercados más pequeños y de garantizar que el lugar de nacimiento de un cineasta no determine sus oportunidades.
Pero treinta años después aparece una nueva contradicción: la industria ha conseguido producir mucho más, pero todavía no ha resuelto cómo hacer que todo ese cine llegue al público.
De ahí que la intervención de Herrero resulte especialmente relevante. Su planteamiento obliga a cambiar la conversación. Durante años, buena parte de las políticas cinematográficas han tenido como objetivo aumentar la producción nacional. Pero quizá el siguiente desafío sea medir también qué ocurre después de producir: cuántas películas encuentran público, cuánto tiempo permanecen en cartel, qué recorrido tienen en plataformas, cómo circulan entre los países iberoamericanos y qué capacidad existe para construir audiencias.
La pregunta no es solamente cuántas películas puede producir Iberoamérica. Es también qué películas llegan a ser visibles y qué condiciones necesitan para encontrar espectadores.
“Yo sé que esto sería difícil de vender”, dijo Herrero. Y probablemente ahí reside buena parte de la importancia de su intervención. La discusión afecta directamente a productores, ayudas públicas, empleo, financiación y diversidad cinematográfica.
Porque producir menos no garantiza automáticamente producir mejor, ni que una película encuentre público. Pero tampoco parece suficiente seguir aumentando el número de títulos si después una parte importante de ellos queda fuera del circuito comercial y cultural.
A los 30 años de FIPCA, el debate que deja esta conversación es, por tanto, mucho más amplio que el de la cantidad de películas.
La cuestión es qué modelo de industria quiere construir el cine iberoamericano durante los próximos años: una industria capaz de producir mucho, sí, pero también de distribuir, exhibir y conseguir que sus películas sean vistas.
Y la frase de Gerardo Herrero queda como una de las más provocadoras de la jornada:
“No podemos vivir con tantas películas, aquí está lleno de países de películas que no conocemos.”






