Este artículo es de hace 4 años

La cuarentena del flaco de los cigarrillos

Julio Ramón Ribeyro también pasó su aislamiento voluntario en Múnich, ciudad alemana.

Deyna Cornejo Zárate
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Con 31 grados bajo cero, Alemania le daba la bienvenida a nuestro mejor cuentista de la Generación del 50. Era 1956, un crudo invierno azotaba las calles de la ciudad cervecera de Alemania. En aquel tiempo, El flaco consumía los cigarrillos teutones, los que consideró como mediocres y sin estilo, pues después de pasar por los Lucky, los españoles Bisonte, los parisinos Galoises y Gitanes y finalmente los reconocidos Pall Mall, había desarrollado una exhaustiva selección de gustos en cuanto a su adicción se refería.

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Se hospedó en un cuarto alquilado en la casa de un obrero metalero: Herr Trausnaker, El flaco había gastado su dinero en la compra de un tocadiscos, porque requería de la música y los cigarrillos para escribir. Sin embargo, la falta de su elemento principal impidió que continuara en la escritura de su primera novela Crónica de San Gabriel. No fue hasta que la solidaridad del alemán hospitalario se manifestó en un kilo de tabaco picado, papel de arroz y una máquina para envolver cigarros que lo motivó por corto tiempo. Así, en dos semanas, los cigarrillos creados por él, ya se habían terminado, al igual que su novela. 

Fue en París, donde Ribeyro se entregó a la bohemia y derrochó la mayor cantidad de dinero al comprar diversidad de cigarrillos, su adicción se acrecentó tanto que el único momento en el que no fumaba, era cuando dormía. Primero los cigarrillos y luego la lectura, fórmula que no se invertía jamás y que poco a poco lo llevaba a la locura. En su desesperación por conseguir más cigarros recurrió a vender más de sus 200 libros que lo habían acompañado a lo largo de su vida. Sorpresivamente, Gallinazos sin plumas había sido rechazado y menospreciado monetariamente. 

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Sin dinero, la paranoia se apoderaba de él, buscando colillas en las calles parisinas. Pero su dignidad se vio rebajada cuando fue golpeado por un francés elegante por pedirle un cigarrillo. Desde entonces, se propuso conseguirlos trabajando como recolector de periódicos, conserje de hotel, cargador de estación ferroviaria, repartidor de volantes, pegador de afiches y finalmente como cocinero ocasional en casa de amigos y conocidos. Último trabajo que le valió un resurgimiento en la calidad de vida que llevaba. “Fueron los cigarrillos más éticos que fumé, por el esfuerzo y a la vez, los más patéticos por fumarlos mientras trabajaba”, menciona Ribeyro en su cuento ‘Solo para fumadores’. Nadie sabe si es verdad.

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Intentó de muchas maneras luchar contra su adicción al tabaco, pero la única solución era la voluntad. Cuando regresó al Perú, como profesor de la Universidad de Huamanga, consumía los Camel. Con 15 años de fumador sin control, un cigarrillo de aquella cajetilla le causó esa sensación de morir. Y aunque intentó deshacerse de ella, volvió a buscarla por la angustia que le producía no tenerla. 

Descubrió así que necesitaba de la nicotina para sentirse bien, que se había convertido en un hábito y rito para él. Planteó una teoría que justificaba su gusto por los cigarrillos. Esta decía que el hombre desde su origen ha necesitado de los elementos de la naturaleza para vivir (agua, tierra, aire y fuego). Hemos vivido por años con tres de ellos, pero solo con uno ha sido difícil de relacionarnos por el daño que nos ocasiona: el fuego. Y que es el cigarrillo el único medio por el que nos conectamos con él, sin necesidad de lastimarnos, es más, terminamos dominándolo. 

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Su salud empeoraba y tras operaciones e internamientos, terminó en un centro de rehabilitación en las afueras de París, rodeado de bellos paisajes, donde utilizó cualquier tipo de artimañas para poder salir, pues envidiaba el placer de fumar de los sanos. Ya a los 40, después de un mes de salir de la clínica, encendió el primer cigarrillo y desde entonces, no paró de fumar. 

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Redactora de EL PERFIL. Escribe sobre actualidad, cultura e historias de vida.
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