Opinión

César Lévano: uno de los grandes personajes del bicentenario

Vivió más de 90 años y 75 años de este tiempo lo dedicó a dignificar al gran periodismo.

César Lévano fue un gran poeta que ganó prestigio como periodista porque sus historias reales y sus finos ensayos se difundieron más. Pero nunca dejó la poesía. Ahí está Ana Núñez para dar fe.

César Lévano es uno de los grandes personajes del bicentenario. Quiso a este país como pocos y trabajó 75 años de sus más de 90 dignificando al gran periodismo.

Sabía siete idiomas, escribía con una maestría increíble, componía. Pudo hacerse millonario, pero jamás vendió su talento y lo entregó a las causas más nobles de este país del infortunio.

Yo lo conocí en San Marcos. Fue mi profesor, luego nos hicimos amigos; y después trabajamos juntos en las buenas, en las malas y en las pésimas. Publiqué un libro sobre él en el 2016. Se llama Rebelde sin pausa, y esta tarde lo abrí después de algunos meses. Comparto el capítulo: Yo la llamo “mi casa solariega”

No sé si llegamos a la quinta o la quinta vino a nosotros. Trasbordo en Aljovín. En la fachada del solar, un enorme letrero informa que una serie de malformaciones y desviaciones de los huesos pueden curarse mediante la medicina tradicional. La quinta está descuidada y guarda rasgos históricos como para demostrar que es una vivienda de otros tiempos.

“Acá funcionaba el cuartel general del movimiento obrero. Lo llamaban ‘La Capillita’. Era como el Estado Mayor Conjunto de los Obreros. El Centro Musical Obrero ensayaba acá también. Funcionaba incluso una pequeña biblioteca de libros muy valiosos. Yo nací en esta quinta”, dice Lévano; se acomoda en la silla de ruedas y veo en su rostro el ánimo de los que vuelven a casa después de un largo viaje.

La puerta de la quinta es grande y añeja, de fierros oxidados; es una puerta que no conoce el verbo “cerrar”. Conduce a una calle recta y larga hasta una capilla empotrada en la pared, en la que cavila un Cristo de yeso. Es como si ingresáramos a una miniciudad de casas pequeñas dentro de la ciudad gigantesca en la que se ha convertido Lima. A esta hora, 11:30 de la mañana, los niños deben de estar alborotando los colegios. La bulla está ausente; pero se oyen voces, sonidos remotos. Hay un televisor encendido por ahí; una radio musical. A lo lejos, se escucha el ruego insistente del silbato de un heladero. Desde las ventanas de las pequeñas casas miran señoras, tal vez preguntándose quién es el hombre serio de la silla de ruedas, y saludan de manera tímida. Otros vecinos salen a sus puertas y saludan solemnemente: “Buenos días”, “buenos días”, y, de pronto, como si hubiese estado esperando por largo tiempo la llegada de Lévano, aparece un hombre macizo, de ojos saludables y una tremenda sonrisa. “César, qué gusto, don César, qué bueno que está aquí”, le dice, y lo abraza como a un padre. No deja de sonreír, se emociona como un jovencito y quiere armar una jarana en homenaje al recién llegado. Es el ayacuchano Roberto Teves, el hombre que ha puesto el letrero en la puerta y que tiene fama de ser uno de los mejores médicos tradicionales de Lima, quien también es amante del folclor de su tierra, la provincia ayacuchana de Cora Cora.

“Don César, a los años… Yo lo conozco a usted más de cuarenta y sé que ha vivido aquí sus primeros 35. Voy a pasarle la voz a su prima. Voy a preparar algo para usted”. “Tranquilo, Roberto. Pásale la voz a mi prima, pero no prepares nada. He venido con los amigos a visitar la casa donde crecí, pero no estaremos mucho tiempo. Tengo que ir a San Marcos a dictar clases”. “Bueno, don César, usted nunca tiene tiempo”. “Me gustaría comprar un poco”. “No es mala idea”, dice Teves y agrega: “Buscaré después a alguien que vende tiempo, pero por lo pronto le avisaré a su prima que usted ha llegado. Le dará gusto verlo”.

La casa que cobijó tantos años a Lévano es ahora un edificio enjuto dentro de la quinta. Está al lado de la capilla habitada por el Cristo de yeso. Es alto, de unos seis pisos, de ventanas diminutas, donde seguramente viven cerca de veinte familias. Parece un edificio destinado a quedarse así para siempre, como abandonado a su suerte.

“Mi casa no era así. La derribaron y levantaron este edificio. La vendió mi hermano Hugo y su esposa cuando yo estaba en Moscú con Natalia y mis dos hijos mayores. Yo hubiese preferido que alguien la hubiera convertido en un museo obrero, un lugar donde se recuerde la lucha de los trabajadores. Esta casa tiene historia por la labor que hicieron mi abuelo, mi padre y muchos obreros descollantes. Hasta aquí llegaba Manuel González Prada y es posible que haya venido también José Carlos Mariátegui, aunque no hay ningún testimonio ni evidencia de eso. Bueno, González Prada sí estuvo varias veces acá. No es cierto lo que algunos mal informados dicen de él, que era un intelectual aristócrata y de salón. Cierto día, el autor de ‘Horas de lucha’ llegó y mi perrito ‘Chiriboga’, que lo conocía, se emocionó y al saludarlo le ensució, con una pata, su terno de tela fina. Entonces, mi madre empezó a reprimir al can, peor el ilustre visitante dijo: ‘Déjelo, señora, que el cariño del perrito vale más que la limpieza del terno, que se manda a lavar, y punto’. González Prada amaba a los animales, era un defensor de los animales”, recuerda Lévano.

“Bueno, aquí crecí en una familia pobre, pero feliz y luchadora. Fui un niño con mucha suerte. Tuve unos padres ejemplares. Aquí, en esta calle, en este pasadizo, se armaban grandes jaranas a las que, a veces, me invitaban a cantar. Yo viví aquí hasta que me casé con Natalia. Viví aquí mucho tiempo, con las pausas carcelarias que ya te conté”, dice Lévano.

Respira hondo y mira las paredes de la quinta. Se sujeta al silencio. Casi desde el centro del cielo, unos rayos de luz aclaran lo blanco de su escasa cabellera. Mira al piso. Vuelve a mirar las paredes. Mueve la cabeza lentamente, de arriba a abajo; de abajo a arriba. “Mónica Vecco, quien laboraba como reportera de un programa de televisión dirigido por Hildebrandt, me hizo, hace muchos años, una entrevista y puso una imagen muy bella justo cuando yo acariciaba uno de estos muros. Fue un gesto espontáneo de cariño a este lugar”, dice.

La mañana está a punto de convertirse en la tarde de este viernes. Roberto Teves regresa con Esther Cuya, la prima de Lévano, una señora pequeña, vestida de un negro triste, pero ella está alegre ahora. Teves también. Él la ayuda a caminar con la mano derecha porque en la mano izquierda trae una botella de vino.

“Si no quieren que prepare algo, al menos hay que tomarnos un vino. César, mi querido amigo, yo recuerdo mucho el día que fuimos a un coliseo con José María Arguedas. Recuerdo que él aconsejaba a los folcloristas que cantaran o bailaran como en sus pueblos y que nunca olvidasen sus costumbres. Desde entonces tengo siempre presente a Cora Cora en el corazón”, dice Teves.

Lévano abraza a su prima y la imagen es conmovedora. Parecen dos niños: tantos años, tantos recuerdos… Juntos hacían travesuras infantiles, juntos bailaban y cantaban en esta quinta histórica; juntos, en las calles del trabajo, descubrían lo dura que puede ser la vida a veces para los niños pobres. Ahora se encuentran después de tanto tiempo y no hay más espacio para tanto cariño. “Cesítar, estás muy bien”. “Tú también, prima”. “¡Qué bueno que hayas venido!”. “Sí, pues; aquí estamos, prima”. “¿Recuerdas que jugábamos mucho de niños?”. “Sí”. “¿Recuerdas que vendíamos diarios, que vendíamos El Comercio, La Crónica, La Prensa?”. “Sí, pues”. “Tanto tiempo, Cesítar… Yo estoy un poquito mal, por eso camino con la ayuda de este bastón, primo. Además, tú sabes que mi esposo ha fallecido hace poco”.

Teves interrumpe la conversación para que los dos no se enreden en la tristeza: “Ya, ya, vamos a dejar las penas a un lado. Vamos a mi casa a conversar un rato. Es un momento de alegría”.

La sala de la casa de Teves es como un pequeño salón de baile. “Es para recibir a los amigos”, aclara. Hay una mesa grande casi al centro, donde yacen unos platos, vasos y otros trastes recién lavados. Teves sirve vino a todos en copas disímiles, y el fotógrafo Manuel Vilca se queja de que le ha tocado una muy pequeña. “No te preocupes, que hay más”, dice Teves.

Lévano brinda por el retorno, brinda por los amigos, brinda por el reencuentro con su prima, por gente como Teves; brinda por su barrio. Las copas se unen y hacen ¡salud! y regresan. ¡Salud! El fotógrafo pide una guitarra, para que la música acompañe a las palabras. No hay callejón viejo sin instrumentos musicales.

Teves saca una guitarra de cuerdas extrañas y se la entrega al fotógrafo. “Teves, es para que usted o Lévano demuestren de qué están hechos”. “Yo solo toco el timbre, toco la puerta”, dice Lévano; y Teves empieza. Hace que la guitarra cante. “Roberto, yo no sé tocar la guitarra, pero algo de voz tengo. ¿Te acuerdas de esa canción de Máximo Bravo que la cantaba el mulato Samuel Joya?”. “No mucho, pero empiece, don César, y yo lo acompaño”; y Lévano sorprende entonando “Barrio mío”:

De mi barrio me fui

sangrando el corazón

por la triste partida…

Me duele abandonar

el barrio que adoré

con tan ciega ternura…

Los días tan felices transcurridos por la muchachada.

Adiós, mi barrio, adiós.

Sé que lejos de ti mi vida sufrirá.

Barrio que al abandonar lloré como un niño.

Las lágrimas vertidas secarán, pero tú, barrio mío, seguirás siendo mi eterno suelo.

Barrio, que fuiste tú testigo

de mi humilde infancia…

sabes que mi vida está limpia y sin mancha

y aunque agonizando te recordaré.

         Su prima lo aplaude. Se emociona y obsequia un discurso salido de un espacio selecto del corazón: “Fuimos pobres, primo; hemos trabajado mucho de niños. Fuimos canillitas y también obreros. Con tu hermana Nelly, en la antigua fábrica D’Onofrio, trabajábamos duro. Teníamos que ganarnos la vida desde niños, pero Dios nos dio la felicidad. Ahora tengo 87 años, igual que Nelly. Nuestros padres nos enseñaron lo bueno y lo malo; y hemos respetado siempre a la gente mayor. Ay, César, ¡muchas gracias por haber venido! Me da pena que tu hermano Hugo haya vendido la casa donde crecieron. Yo le dije que no lo hiciera, pero igual lo hizo. Le dije en todos los tonos, pero no me hizo caso. Lo que pasa es que en esa casa se reunían los que defendían las ocho horas de trabajo, César. Antes trabajábamos ocho horas exactas; antes, las horas extras se pagaban. Una hora extra se pagaba como si hubieras trabajado dos horas normales. Ahora hay gente que trabaja 12 horas por una miseria sin ningún tipo de derechos. Trabajando así, la gente sufre”.

“Me emocionan tus palabras, prima, y es un gusto estar aquí contigo. Ya habrá otra oportunidad para vernos. Gracias por todo. Casi no tengo tiempo para nada. Ahora tengo que volver al Rímac y ordenar algunas cosas porque más tarde debo ir a dictar clases en San Marcos”, dice Lévano.

—Ya, primito, está bien. Hay que coordinar para juntarnos y pasar un momento agradable. Bueno, primito, me voy yo también. Ya tengo que preparar el almuerzo. Vuelve pronto al solar.

—Yo no lo llamo solar; lo llamo “mi casa solariega”.

La nave nos espera. Para dejar la sala de Teves, ayudo a Lévano; pero no puedo mover la silla de ruedas. “Quítale el seguro”, me dice el fotógrafo. “¡Ah, usted está asegurado, don César!”, digo. “A esta silla hay que comprarle un SOAT, don César”, agrega el fotógrafo. “Cuidado, hay que salir con SOATvidad”, suelta Teves. “Suave, Camay”, dice Lévano, y suelta esa risa estentórea, carcajada feliz, que ya le conocemos.

Nadie corre ni camina en el corredor de la quinta, y el fotógrafo quiere seguir haciendo de las suyas. Teves sonríe junto a Lévano. Foto. Lévano sonríe junto a su prima. Foto. “¡Los buenos recuerdos de la buena gente!”, exclama Lévano. El fotógrafo dice que la guitarra también debe salir en la foto. “Con sonido y todo”, aclara. “Don César, ¿puede usted cantar esa canción suya: ‘Una flor…’; no: ‘Una rosa en la mano’?”, le pide y Lévano se manda otra vez.

Debería llevar una rosa en la mano

para ver si algún día te encuentro en mi camino,

porque a veces asoma tu sonrisa en mi vino,

debería llevar una rosa en la mano.

Debería llevar una rosa en la mano

para ver si las alumbras tú con tus negros ojos

y refrescas sus pétalos tú con tus labios rojos

debería llevar una rosa en la mano.

Debería llevar una rosa en la mano

para ver si se quiebra tu ausencia en nuestra historia

y el perfume se queda temblando en la memoria

debería llevar una rosa en la mano.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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