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Luces y sombras de Bukele

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Nayib Armando Bukele Ortez es el presidente de El Salvador, pequeño país centroamericano con novedades que merece atenta mirada sobre todo por parte de políticos locales activísimos en sus negocios y más negocios.

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Cumplirá cinco años en el poder en junio de 2023. Desempeñó las alcaldías de Nuevo Cuscatlán posteriormente de San Salvador con el apoyo de la bandera del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Experiencias que le llevaron a la presidencia en medio de aplausos y críticas.

Permite, sin duda, sacar lecciones dignas de ser tomadas en cuenta, en primer lugar, porque atañe a Latinoamérica, en segundo lugar, su lengua es el castellano, en tercer lugar, comparte nuestra cultura y nuestras tradiciones. Mientras que los políticos de estos lares están fijados en sus ombligos sin mirar el horizonte.

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El Salvador es un país de América Central ubicado en el litoral del Océano Pacífico cuya extensión es de 21, 041 kilómetros cuadrados con una población estimada de seis millones y medio de habitantes. Entre tanto desconcierto es urgente observar lo que ocurre en un país embarcado en problemas y dificultades que no son ajenos a los nuestros para anticipar (¡ojalá!) cómo salir del atolladero.

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Si los electores reparan en los resultados obtenidos que aún merece examen cuidadoso conviene prestar atención a lo que tiene de parecido superficial sino a los problemas que el presidente Bukele tenía antes de asumir el cargo y cómo los abordó. Y cómo se ha operado su transformación y sus giros peligrosos.

En primer lugar, una medida de impacto comunicacional consistente en la reducción de 84 diputados a 60 y de 262 alcaldías a 64 desarticulando el mapa cognitivo de la vieja política y los capituleros de siempre y su manera de articular clientela. Preparando eso sí las nuevas elecciones generales una vez rearmado el proceso electoral conducido por los nuevos miembros nombrados para tal efecto.

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En según lugar lo que el presidente llama “problema de origen” tiene carácter estructural es verdad, que él le añade que también es “transversal”. Algo que en Lima se vive a diario, la inseguridad en las calles, el sicariato y los robos a mano armada. Que para Bukele y sus asesores puede quedar graficado como “inseguridad”, “corrupción” y “delincuencia de cuellos blancos”. ¿Quién podría negar el parecido y cómo está minando a los políticos en los cargos?

Prestar atención a sus puntos de partida y las medidas permitirá sacar conclusiones. Algunos hechos debieron ocurrir en las emociones de los electores para convertirse en informantes, delatores, vengadores, un rasgo común de los regímenes autoritarios que extienden sus tentáculos a lo más recóndito de la sociedad gracias a una multiplicidad de ojos y oídos prestos a vigilar a los otros y a entregarlos. En cada persona anida un gendarme.

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Instalado en el poder Bukele puso en marcha el Plan Control Territorial con el fin de combatir las altas tasas de criminalidad y las pandillas en las calles de todo el país. En los inicios de su gobierno, fue cuestionado por investigaciones periodísticas que señalaban negociaciones entre funcionarios del gobierno con las tres principales pandillas. Hoy reina el silencio.

El 9 de febrero de 2020, Bukele acudió a la Asamblea Legislativa acompañado por una escolta militar para solicitar fondos para la continuidad del Plan Control Territorial. El Legislativo anteriormente no se los había aprobado ni había reconocido la convocatoria de una sesión extraordinaria. Como resultado de lo que la oposición política denomina «autogolpe de Estado», la Asamblea Legislativa creó comisiones especiales para interpelar a los funcionarios involucrados.

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Bukele es calificado frecuentemente como «autoritario», aunque las acusaciones no impidieron que partidos aliados ganaran las elecciones legislativas y municipales de 2021. Desde entonces la oposición le señala estrategias de concentración de poder como la destitución de los magistrados de la Sala de lo Constitucional y el fiscal general de la República, la habilitación de la reelección presidencial, la adopción del bitcoin y la reducción de cargos de elección popular.

Los políticos peruanos en vez de mirarse el ombligo deben abrir los ojos, para examinar el giro de 180 grados. Una impresionante puesta en escena de un mensaje en el que, además de proclamarse un “instrumento de Dios” acompañado de oficiales fuertemente armados para espetarles en la cara a la clase política llamándoles “corrupta”. Una verdad indiscutible, pero eso sí preparando el camino de nuevas elecciones ausente de posiciones críticas y la sociedad civil arrinconada. La corrupción, ineficiencia y falta de miras de clase política es su mejor aliado. ¿Tiene el aprendiz de político y el político peruano mejor forma de aprender?

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El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL
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Lucas Lavado Colaborador de EL PERFIL
Profesor en Filosofía y Ciencias Sociales. Magíster en Docencia Universitaria y Doctor en Ciencias de la Educación. Ha editado más de 400 títulos.
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