Opinión

Luis Alberto Sánchez de pico y patas

Luis Alberto Sánchez murió el 6 de febrero de 1994. Aquí un comentario de Víctor Hurtado Oviedo sobre la segunda edición de sus memorias: El aquelarre.

Hete aquí las memorias asaz castigadoras del último limeño: Luis Alberto Sánchez. Hay escritores que tienen su obra dispersa en diarios, pero Sánchez la tiene dispersa en libros. Demasiado laborioso, turbión de voces, río hablador, Sánchez nos provee de la segunda edición de sus memorias, bajo el título de El aquelarre. El volumen abarca los años que fueron de 1900 a 1921. Sánchez no ha ejercido aquí el torturado género de las “confesiones”; antes que ser testigo de sí, prefiere serlo de los otros. Si media algo así como la malquerencia, mejor: el primer deber de nuestros enemigos es prestarnos atención.

Aunque senador, Luis Alberto Sánchez es un hombre brillante: lo suficiente para deslumbrar aquí con etopeyas de personajes como Manuel González-Prada, Abraham Valdelomar y César Vallejo, y de ídolos menores pues el santoral letrado viene con repuestos por si ocurre alguna destitución del Cielo. Extático, Sánchez reedifica una Lima que se fue: la de los “bostezables días” de la “república aristocrática”; es decir, rememora a la Lima que producía limeños, no a la provinciana Lima de hoy, pena-capital que solo produce peruanos.

Sánchez nos lleva luego por entre la centelleante bohemia literaria y cobriza. No importan ya las floraciones del matorral aristocrático, sino los troncos fundadores de la insolencia provinciana (Leonidas Yerovi, Abraham Valdelomar, César Vallejo, José Carlos Mariátegui…), que trabajan en periódicos, escupen sangre y mueren temprano. Sánchez trata de ser justo con el dictador Augusto Bernardino Leguía y le extiende un certificado de simpática barbarie, con el cual el tirano de los años 20 pedirá traslado desde el infierno hacia el purgatorio de la historia. Las tribunas rugen, pero, al final, la afición comprenderá.

El aquelarre es seductor y con frecuencia divertido; también es sinceramente arbitrario. En esta obra, Luis Alberto Sánchez está metido de patas y temible pico, y, desde su fortín de papel, dispara contra quienes lo incomodan: más de uno, pero mucho más de uno… El aquelarre, caza de brujos. Cuando quiere, la memoria de Sánchez excomulga, canoniza, desprecia, recuerda y olvida. Está en su derecho, y ¿por qué no si Sánchez se parece a su libro? Así pues, no hay aquí distancia entre escritor y escrito; cuando el uno se cansa, el otro sigue.

El libro satiriza más de una perrada, de modo que es incisivo con los caninos. Además, estas memorias resultan ser una corriente continua de simpatías y diferencias entre la buena memoria y la mala leche, y resulta también un volumen que goza porque es devocionario de la amistad y santoral del diablo. En las reyertas del pensamiento, Luis Alberto Sánchez practica el consejo evangélico de que es mejor dar que recibir; mas, como buen deportista del agravio, en las polémicas lleva tanto como deja. Sánchez siempre responde, jamás solloza y nunca suplica compasión. Da gusto golpear a alguien así. El fair play debe de aburrirlo enormemente.

Luis Alberto Sánchez: El aquelarre. Testimonio personal. Volumen I. Lima, Mosca Azul, Editores, 1987.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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