Opinión

Vallejo central

El genio literario es la extrema izquierda del habla, así como el gramático mineralizado es la extrema derecha del idioma

Escritor genial es el que pasa un idioma por el ojo de una aguja: hila las palabras y las entrega en textos fascinantes (‘texto’ significa ‘tejido’). Luego de leer los sonetos del Heráclito cristiano, de Francisco de Quevedo, o la Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges, uno mira al vacío y duda de que cosas así puedan hacerse con el mismo idioma con el que compramos pan y hablamos del clima mientras esperamos el ómnibus. El genio toma la masa del lenguaje, le descoyunta la sintaxis, le prende fuego al diccionario y, sobre las brasas, forja palabras calientes. Genio es quien convierte el Pequeño Larousse en Pedro Páramo, o el que, con los huesos de la gramática nebrijana, arma las Soledades de Luis de Góngora (fue Góngora). Antes de que la mano del poeta lo termine, todo poema es un diccionario en estado líquido.

César Vallejo fue un genio con toda discreción (lo descubrieron después, y se pasó la voz). Trilce (1922) es su libro más vanguardista y redentor, y nació entre indiferencia de un país que también era provincia. Casi nadie intentó saber que había aparecido el poemario aquel, al que algunos críticos llaman hoy el más importante de la poesía en lengua española del siglo XX. Un cholo remoto y sin Europas había partido en dos el hilo de oro del modernismo exhausto y había fundado la vanguardia. Trilce es como si dijésemos un atentado contra el idioma del pan y el ómnibus. Es un asalto con lesiones semánticas:

“Grupo dicotiledón. Obertura

desde él preteles, propensiones de trinidad,

finales que comienzan, ohs de ayes

creyérase avaloriados de heterogeneidad.

¡Grupo de los dos cotiledones!”.

Vallejo pulseó así los extremos oscuros del lenguaje. Desde dentro echó un torrente de palabras nuevas, de significados vírgenes, salvajes, que bajaron libres por las calles.

En su ensayo Defensa de la minoría literaria, el poeta español Pedro Salinas cita al filósofo Julius Stenzel, quien explica así los delirios fecundos de los genios del lenguaje: “Antes de que viniera el poeta con su obra, nadie sabía de lo que era capaz una lengua; es decir, lo que era cabalmente”. Así pues, el poeta innovador de raíz está obligado a producir el futuro. Él es la etimología de la palabra de mañana, de la idea que aún no fue. Si recordamos las diferencias que hay entre lengua y habla, comprenderemos que ―sin que aquí importe la política― el genio literario es la extrema izquierda del habla, así como el gramático mineralizado es la extrema derecha del idioma.

En 1923, joven aún, César Vallejo pasó a mejor vida: a París. Años atrás, había bajado desde el sol de los Andes hasta Lima, en cuya niebla tenaz estuvo a punto de disolverse como una brizna de agua provinciana (a la niebla de Lima sólo le falta Londres). Triste e irremediable como un traje de color marrón, Vallejo subsistió bajo el cuidado de la pobreza, que nunca niega a sus hijos lo que a ella le falta. Así, cada lánguida mañana, el poeta supo que un magnífico día para él comenzaba para otros. De la pobreza humillante de esos años nació Trilce.

César Vallejo es un clásico de eterno retorno. A las ensenadas de su mar vuelven los viejos y llegan los jóvenes. Estos necesitan de Vallejo para amarlo y negarlo con un amor opuesto y creador; y, para todos, buena guía del Vallejo central será este libro antológico: “Sombrero, abrigo, guantes” y otros poemas. Se incluye un estudio del poeta Edgar O’Hara. Vallejo, mar encrespado de pasión en el que debemos perder nuestras palabras para encontrarles el camino de su libertad.

César Vallejo: “Sombrero, abrigo, guantes” y otros poemas. Antología y estudios. Editorial Norma, Bogotá, 1992.

Esta es una columna. El análisis y las expresiones vertidas son propias de su autor/a y no necesariamente reflejan el punto de vista de EL PERFIL.

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