Radiografía

Castillo sitiado

Cuatro gabinetes en ocho meses dicen de las graves limitaciones que, como estadista, padece el presidente de la República.

El presidente de la República afronta nuevamente apresurados pedidos de vacancia, denuncia constitucional y suspensión en el cargo; arremetida jamás vista en la historia política del país, pese a haber padecido mandatarios que sumieron a la Nación en el más espeluznante desastre económico, corrupción sistémica y crímenes de lesa humanidad, como recordamos de los fatídicos años 80 y los 90.

A la vanguardia de esa furibunda arremetida está la ultraderecha política vinculada a los beneficios mal habidos de esa época. Por si alguien cree que no hay cordón umbilical entre ese periodo y el actual, solo recuerden que el abogado de Karelim López es César Nakasaki, actual defensor de Alberto Fujimori, y quien en estos días viene tratando de lograr la libertad del condenado por corrupción y homicidio calificado ante el Tribunal Constitucional, vía acción de habeas corpus contra la reversión del indulto fraudulento, que en el 2017 negociaran delictivamente Kenji Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski.

Sin embargo, también es cierto que al asumir el cargo Pedro Castillo Terrones sabía de la campaña de cerco y aniquilamiento político que le había tendido esa derecha conspirativa, que incluía hasta llamados a darle “muerte”, por lo que estaba obligado a hacer un gobierno de convocatoria popular, de unidad política con todos los sectores democráticos y de alta eficiencia en la gestión.

Lo primero se lograba conformando un gabinete de todas las sangres, lo segundo congregando a los partidos políticos de izquierda, de centro y hasta de la derecha no golpista; y lo tercero, convocando a profesionales de renombre, honestos, técnicos e intelectuales de las universidades públicas de prestigio, como San Marcos, la UNI y San Agustín de Arequipa, entre otras del interior del país.

Pero optó por creer, con la soberbia de Cerrón, que Perú Libre debía tener el poder absoluto porque había ganado las elecciones. Craso error, no entendió que el abc de la política y del sentido común aconsejan que cuando se está cercado hay que evitar aislarse, buscando la unidad popular y ampliar la base del gobierno. Sin embargo, permitió que Cerrón enfile contra la izquierda académica tildándola de “caviar” (al mismo estilo de la oligofrenia intelectual de la derecha bruta y achorada), olvidando que esos valiosos profesionales sacaron la cara en la segunda vuelta cuando Perú Libre no tenía un solo cuadro político de nivel para enfrentar los debates ante los técnicos de Keiko Fujimori; así como para mostrarlos al mundo entero y dar tranquilidad a los mercados y la economía.

La consecuencia de ese imperdonable sectarismo fue el desgaste vertiginoso del gabinete cantinflesco de Bellido, que, con honrosas excepciones, dio carnecita a la trituradora implacable de la derecha para demoler al Ejecutivo. Con Mirtha Vásquez logró su mejor momento de estabilidad, pero no supo conservarla, permitiendo que caiga ese segundo gabinete, a partir de la inmolación de Avelino Guillén, símbolo viviente de la lucha contra la corrupción del fujimorismo. Luego nombró a Héctor Valer, quien duró tan solo 72 horas en el premierato; y ahora Aníbal Torres, que está esforzándose por obtener el voto de confianza de un Congreso cada vez más incendiario y amenazante.

Cuatro gabinetes en ocho meses dicen de las graves limitaciones que, como estadista, padece el presidente de la República. Pero, eso es lo que elegimos: la historia de la segunda vuelta electoral puso al país entre la improvisación y la mafia, y no había qué pensarlo dos veces, como ahora tampoco; lo cual no exime la enorme responsabilidad de Pedro Castillo.

Él debía ser consciente de que carecía de experiencia y formación hasta para conducir una escuelita rural de primaria, y con mayor razón para dirigir la enorme frondosidad administrativa y la complejidad política del Estado peruano. Por eso debía rodearse de personalidades de trayectoria democrática limpia, técnicos y profesionales de alto nivel, como ya hemos dicho. No es suficiente que sean “del pueblo” o “de la chacra”, sino que sean honestos y capaces porque el pueblo merece lo mejor; más aún, si quería emprender las centenarias reformas pendientes de la era republicana.

Su principal responsabilidad en lo que viene sucediéndole no es solo a nivel de sus gabinetes, sino del entorno de asesores. Así se explica sus desafortunadas declaraciones a la prensa internacional, la ausencia de filtros en el libre ingreso de la lobista Karelim López y otras personalidades sospechosas a Palacio de Gobierno, el uso absurdo de la casa de Sarratea, la falta de reacción inmediata en el caso de Bruno Pacheco, y la permisividad en las celebraciones de cumpleaños por parte de esa lobista. A lo que se suma el nefasto entorno de los sobrinos que habrían llevado a la susodicha a ese cogollo del poder, sabiendo de sus prácticas y vinculaciones corruptas que venían de gobiernos anteriores y actuales partidos de la derecha, incluyendo al fujimorismo.

Las investigaciones dirán en su momento si, ayudado o motivado por ese vil entorno palaciego, el presidente pisó la línea de tentación, o ha cruzado el rubicón de la corrupción. Se habla de un USB extraído de las oficinas de Pacheco que lo comprometerían en el direccionamiento de obras valoradas en millones de soles, bajo la ejecución del MTC y Provías, y que el propio dueño de la casa de Sarratea tendría un negocio con el mercurio y litio; según versión de López recogida en la última publicación de la revista Hildebrandt en sus Trece.

Esperemos con calma y firmeza, y de ser el caso, deberá aplicarse la ley en todo su rigor y sin atenuantes, en el debido momento y oportunidad; los ciudadanos honestos y demócratas de este país debemos exigir siempre justicia y no linchamientos. Pero desde ya la responsabilidad política e histórica del presidente es grande ante la desoladora decepción que agobia al pueblo peruano, y que le pasará factura a la izquierda peruana en los próximos procesos electorales. Mientras tanto, seamos respetuosos del mandato constitucional, del equilibrio de poderes, y de que el presidente de la República personifica a la Nación.

Pedro Castillo Terrones, por su parte, deberá entender que aún está a tiempo de tomar la iniciativa política, romper el cerco y recuperar parte del espacio perdido, convocando a las fuerzas vivas, a las personalidades honestas y a las mejores inteligencias, para plantearle al Congreso un auténtico paquete de reformas en salud, justicia, seguridad ciudadana, descentralización y economía; eliminando notorias inequidades y privilegios, que susciten el supremo interés ciudadano y movilice a las grandes mayorías, obligando al Parlamento a morigerar sus irrefrenables ímpetus golpistas, impudorosas angurrias y mezquinas ambiciones, que amenazan con sumir al país en la más negra turbulencia, el caos social y la anarquía.

El poder siempre da iniciativa hasta el último minuto; porque, como decía Charles Maurice de Talleyrand, el obispo que llegó a ser ministro de relaciones exteriores de Napoleón Bonaparte: “con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas”.

El Perú debe seguir adelante, con todo y contra todos.

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