La noche de Tlatelolco

Mayores libertades políticas y civiles, reducción de la desigualdad y la renuncia del gobierno del PRI al que consideraban autoritario, fueron las banderas que enarbolaron los estudiantes mexicanos en 1968.

Todo comenzó con tres bengalas que iluminaron el cielo. Era la tarde del 2 de octubre de 1968 y en la Plaza de las Tres Culturas se concentraban cientos de personas en respaldo del Consejo Nacional de Huelga (CNH) de los estudiantes que rechazaban al régimen autocrático de Gustavo Díaz Ordaz y se oponían a la ocupación de sus centros de estudio.

Estaban hartos de la represión policial. Marchas pacíficas en favor de la Revolución Cubana, los derechos estudiantiles y democráticos, se habían zanjado a balazos disparados desde edificios públicos y privados. Los allanamientos de importantes sedes de educación media y superior, terminaron por colmar la paciencia estudiantil.

El gobierno del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el partido que gobernaba al país por décadas y que había alcanzado cimas de corrupción, buscaba acallar la protesta que amenazaba empañar las Olimpiadas que se inauguraban en apenas pocos días y que pretendían mostrar al mundo que México era un país pacífico y hermoso, bajo un régimen al que se acusaba de tiránico y podrido.

Con el paso de los días y de las protestas, el gobierno de Díaz Ordaz, un sujeto que se contaba como informante de la CIA, concluyó que se trataba de un movimiento subversivo que debía ser aplastado. La tarde del 2 de octubre envió a tropas del Ejército para cercar la plaza e impedir que los estudiantes se movilizaran hacia el Instituto Politécnico Nacional (IPN), como habían anunciado. Los líderes del movimiento estaban encaramados en el tercer piso del edificio Chihuahua, desde donde se dirigían a su auditorio.

DISPAROS

DISPAROS La tensión era evidente. En ciertos sectores de la plaza se podía identificar a unos sujetos vestidos de civil que portaban un guante blanco, se trataba de integrantes del Batallón Olimpia, un grupo especial creado para resguardar la seguridad de Las Olimpiadas y con nexos estrechos con la guardia presidencial.

En momentos que un par de helicópteros sobrevolaba el lugar, tres bengalas irrumpieron en el cielo. Sócrates Amado Campos Lemus, líder del Politécnico, tomó el micro y pidió calma: “¡No corran, compañeros! ¡Es una provocación!” Fue entonces que se escucharon los primeros tiros.

Los soldados también se sorprendieron, entraron a la plaza tratando de ubicar de dónde procedían las ráfagas y la posición de los francotiradores. En medio de la confusión, algunos abrieron fuego contra la multitud aterrada. Estudiantes, amas de casa, niños, trabajadores y habitantes de la Unidad Tlatelolco, emprendieron la retirada. El complot ideado por los jefes del Batallón Olimpia resultó como estaba planeado.

Ráfagas de ametrallado ras y fusiles de alto poder zumbaron en todas las direcciones. La gente corría de un lado a otro y, en ese trance, muchos cayeron muertos o heridos. La Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno. En pocos minutos los sorprendidos militares se apoderaron del lugar. Algunos resultaron heridos o muertos por los disparos. Después se sabría que los francotiradores eran elementos del Estado Mayor Presidencial, que no habían reparado en disparar contra los soldados.

Los enfrentamientos en las calles duraron hasta la madrugada del 3 de octubre. Las cifras oficiales indicaron que había 39 civiles y dos militares muertos, pero el número real se desconoce hasta hoy. Durante años muchos familiares pugnaron por encontrar a los desaparecidos. El general Alberto Quintanar reveló en 2002 que entre ocho y nueve camiones se usaron para sacar los cadáveres.

Hubo más de mil 500 detenidos. Se les trasladó al Campo Militar Número Uno, según un documento gubernamental titulado Apuntes sobre Tlatelolco, en el cual se afirma que “la actuación del Ejército (…) se ajustó a un criterio de mesura”. Muchos detenidos fueron torturados, vejados y amedrentados con falsos fusilamientos, según narrarían más tarde los sobrevivientes.

GOLPE USA

El gobierno de Díaz Ordaz responsabilizó a grupos comunistas de la revuelta. La convulsión fue de tal magnitud que la noche del 2 de octubre el embajador de Estados Unidos, Fulton Freeman, le pidió al general García Barragán que declarara el estado de sitio y que asumiera el poder. El militar, según sus documentos personales, lo rechazó y públicamente dijo que no se suspenderían las garantías individuales.

Luego se sabría que Díaz Ordaz y altos jefes militares formaban parte de los cooperantes de la CIA, cuyas oficinas estaban a cargo del agente Winston Scott. Él convenció a Díaz de que los estudiantes formaban parte de una conspiración comunista internacional, incluso informó que los estudiantes tenían armas soviéticas, lo que resultó falso y le costó el puesto.

Los investigadores de la masacre confirmaron que el general Mario Ballesteros Prieto, jefe del Estado Mayor de la Secretaría de la Defensa Nacional, fue el encargado de la Operación Galeana. Con ese fin, desplazó unos 10 mil soldados, pero también decenas de francotiradores en las azoteas de los edificios.

Días antes, Díaz Ordaz les había dicho a los negociadores enviados por el rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Javier Barros Sierra: ‘Miren abogados, hablen ustedes con los muchachos a ver si los entienden. Yo ya, desgraciadamente, no puedo, no me siento con ánimo de entenderlos’.

El mismo 2 de octubre, en la casa del rector, se efectuó una reunión que buscaba desentrampar la crisis, pero no hubo acuerdo. La representación estudiantil planteó tres condiciones previas para el diálogo: la salida inmediata de las tropas que ocupaban la universidad, el cese de la represión y la libertad de todos los presos. Se acordó una nueva reunión para el día siguiente, pero ya no hubo más.

Poco antes de la masacre, el rector intentó persuadir a los dirigentes para que el acto político se realizara en la Ciudad Universitaria y no en Tlatelolco, al que consideraba un espacio poco seguro. “En la medida en que se acentuaba la represión, ellos se arriesgaban. El pueblo acudía en número cada vez mayor; el peligro que esto significaba en cuanto a la posibilidad de provocaciones era enorme. La historia infortunadamente así lo registra. Ellos cometieron el gravísimo error de efectuar el mitin del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas”.

Diez días después de que Tlatelolco se bañara en sangre, se inauguraron Las Olimpiadas, pero México ya no volvió a ser lindo y bonito. Una ola de sangre se abatiría sobre el país por décadas. La violencia y la corrupción habían construido su nido.

UN AÑO DE PROTESTAS

El año de 1968 ocurrieron una serie de protestas estudiantiles en Francia, Checoeslovaquia y Estados Unidos. En ese país había una intensa oleada de protestas contra la guerra en Vietnam, la lucha por los derechos civiles de algunas minorías así como un creciente proceso de liberalización sexual.

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