Amor

Un ser de luz en un mundo nublado de maldad

La historia de Alain, un rescatista de animales que dedica su tiempo en dar tranquilidad a nuestros compañeros de cuatro patas.

Alain es un joven de 31 que, desde hace cinco años, explora el gran mundo de los perros. Le gustaban todos, sin embargo, sentía, desde el comienzo, un gran apego por aquellos que se encontraban en total abandono en las frías calles de la ciudad, esos seres que, en una sociedad en donde la vida no para y el egoísmo prima, no lograban que alguien volteara a verlos ni siquiera por equivocación.  

A sus cortos 26 años, Alain empezó a trabajar en un hospedaje canino, el cual funcionaba como un albergue pago, es decir, los rescatistas tomaban el caso de algún animal maltratado y los llevaban a estas instalaciones para que fueran cuidados por el personal pertinente.

Este hospedaje se mantenía a flote por las mensualidades que pagaban los rescatistas a cambio de que sus rescatados pudieran recuperarse hasta el momento en el que pudieran ser adoptados. En uno de los tantos casos que llegaban al hospedaje, apareció aquel que alborotó su corazón. Suertuda, una perra maltratada la cual había perdido la fe en la humanidad se convirtió en el nuevo reto de Alain, este consistía en ganarse la confianza, el amor y el respeto de esta desafortunada perrita.

Al pasar las semanas, Suertuda iba recobrando nuevamente la confianza en alguien, pero lastimosamente su rescatista ya no podía solventar la mensualidad de la pequeña. Esta se fue sin dar explicación alguna y la dueña del hospedaje solo tenía una solución: sacrificarla. ¿Sacrificarla?, le preguntó asustado Alain, él no podía creer cómo podían tomar una decisión tan fuerte con tanta tranquilidad, y es que él no pensaba sacrificar todos los esfuerzos que realizó para que Suertuda confiara nuevamente en las personas. Alain, al verse enfrascado en esta terrible situación, contra todo pronóstico decidió adoptarla, darle la oportunidad de sentirse amada, esa oportunidad que todos los animales merecen. 

Semanas después, Alain decidió dejar su trabajo y empezar su propio albergue el cual bautizaría con el nombre “Son nuestros” lugar donde ayudaría a los más afectados a conciliar la confianza con el mundo.

Alain se encarga de recuperar la confianza de estos peludos, rescatarlos de la indiferencia y llevarlos al camino de la reconciliación. La musa de su inspiración fue Suertuda, quien, aunque no podía hablar, le daba grandes lecciones de amor y de vida. Es increíble como tan complicada situación lo pondría frente a lo que Alain más le gusta hacer: brindar amor, seguridad, pero, sobre todo, un nuevo comienzo, uno lleno de lamidas y varios pelos. 

Actualmente Alain tiene 5 años con su pequeño albergue, en el cual mantiene con la pancita llena y el corazón contento a 20 peludos, esto también, gracias a sus madrinas y padrinos los cuales abonan todos los meses una mensualidad de comida y medicina de varios rescatados, hasta que estos sean adoptados con responsabilidad por sus nuevas familias.

Y aunque todo parezca color de rosas la situación vuelve a ser la misma de siempre, el abandono no cesa y por más albergues que se puedan crear, si las personas no concientizan una tenencia responsable, este difícilmente será un problema que tenga fin. 

En el Perú hay 6 millones de animales abandonados y solo en Lima más de un millón, porcentaje que asusta, pero no sorprende, pues en el país la concientización acerca de la tenencia responsable de un animal es casi nula, por ende, las personas se limitan a tenerlos por moda, curiosidad o para el cuidado de algún terreno.

Alain tristemente nos reafirma que en estos 5 años que lleva como rescatista, y a pesar de haber ayudado a varios animales en situación de calle, parece que el abandono animal no cesa, la irresponsabilidad y el poco compromiso del ciudadano cada vez es más preocupante, ver cómo se deshacen de un animal por el simple hecho de haber mordido o roto algo es inaudito, ¿cómo se tiene el corazón para dejar a su suerte a un indefenso animal? Tomando en cuenta que, el comportamiento sociocognitivo de un perro de cualquier edad se asemeja al de un niño de entre 6 meses a casi dos años.

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